Oona y Salinger (y Holden Caulfield)



“−Usted tiene un sentido del humor muy particular ¿no es así? −dijo con un deje nostálgico−. Papá decía que yo no tengo ningún sentido del humor. Solía decir que no estaba preparada para afrontar la vida porque me faltaba sentido del humor.
Encendí un cigarrillo sin dejar de mirarla y dije que no creía que el sentido del humor sirviera de algo en una situación verdaderamente apurada.
−Papá decía que sí.
Era una declaración de fe, no una contradicción, de modo que en seguida cambié de opinión. Asentí con la cabeza y dije que seguramente la visión de su padre era de largo alcance, mientras que la mía era de corto alcance (fuera lo que fuera lo que esto significase).”

Para Esmé, con amor y sordidez. Nueve cuentos. J.D. Salinger.

Hace algunas semanas terminé de leer Oona y Salinger (Anagrama, 2016), del escritor francés Frédéric Beigbeder. Puede que este nombre les resulte familiar, puesto que es autor de títulos tan sugerentes como El amor dura tres años o 13,99 euros; amigo de otro francés terrible, Michel Houellebecq; el creativo detrás de un popular eslogan de la marca Wonderbra (“Look in my eyes. I said in my eyes!”) y, además, la revista Jot Down Smart le dedicó una interesante entrevista en su número de marzo.

El escritor Frédéric Beigbeder. Anagrama.

En 2016 publicó ésta, su última novela, que trata sobre el romance que vivieron en su juventud Oona O’Neill, hija del dramaturgo y Nobel de Literatura Eugene O’Neill y que fue esposa de Chaplin (y, en consecuencia, abuela de Oona Chaplin, principalmente conocida por su papel de Talisa Maegyr en Juego de tronos, aunque, por lo que más quieran, no dejen de verla en la serie británica Dates) y Jerome David Salinger, autor de El guardián entre el centeno.

La novela es, en palabras de Beigbeder, faction, lo cual quiere decir que parte de hechos reales, amplia y trabajosamente documentados, para rellenar con suposiciones, imaginación, en ocasiones lógica y, en definitiva, elucubraciones, fabulaciones y un poco lo que a él le gusta imaginar que pasó, la historia de amor de los protagonistas.

Y, aunque el personaje de Oona resulta fascinante (prueba de ello es el vídeo de Youtube que insertamos a continuación y al que el propio Beigbeder nos conduce en el mismo libro), me sigue pareciendo Salinger el más misterioso, el más intrigante; alguien a quien merece la pena conocer, leer y releer. Uno de los más grandes escritores estadounidenses de todos los tiempos, a pesar de la escasa producción literaria a la que tenemos acceso.

Oona O’Neill. Screen Test. Hollywood, 1942.

Beigbeder nos abre el apetito para bucear en las numerosas biografías publicadas sobre un autor tan controvertido: respetado, idolatrado, ampliamente leído y estudiado, odiado y criticado (incluso por los más cercanos, como es el caso de su hija Margaret que, en 2013, publicó El guardián de los sueños, unas memorias en las que llega a decir que se bebía su propia orina.)

En un artículo publicado el 22 de septiembre de 2013 en El País y, a propósito de la relación del escritor con la jovencísima Joyce Maynard, Elvira Lindo contaba que la tesis de los autores de una de las biografías escritas sobre él, la de Salerno y Shields, hacía hincapié en que “el trauma de la Segunda Guerra Mundial llevó al autor a detestar el corrompido mundo y a buscar sin descanso la pureza. La pureza se encontraba en chicas de 14 a 18. Y duraba poco. Una vez que el autor se saciaba de ellas y apreciaba las primeras señales de madurez o corrupción, las ponía de patitas en la calle.”

Salinger, dedicado al contraespionaje militar durante la Segunda Guerra Mundial, participó en el desembarco de Normandía y en la liberación del complejo de campos de concentración de Dachau. Sufrió de estrés postraumático, se internó voluntariamente por sus problemas psicológicos, se casó en Europa (el primero de sus tres matrimonios) y, finalmente, regresó a los Estados Unidos. Publicó El guardián entre el centeno en 1951 (se cuenta que llevó con él los seis primeros capítulos durante todo el tiempo que pasó en el frente) y la novela fue un éxito casi inmediatamente. Se fue recluyendo cada vez más en una existencia de eremita que alimentó el misterio y de la que esta popular fotografía es especialmente ilustrativa.

J.D. Salinger, cazado, saliendo del supermercado en los años ochenta. Paul Adam.

Jerome David Salinger murió el 27 de enero de 2010, a los 91 años de edad. Dejó tras de sí su “gran obra”, unos cuentos que nada tienen que que envidiarle a Holden Caulfield, algunos relatos y la promesa (la esperanza casi) de material inédito que vería la luz tras su muerte. De momento, seguimos esperando a su publicación oficial.

Dicen que nunca dejó de escribir.

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