Te lo dije

Cóctel Jar Fly en The Rabbit Hole, en Williamsburg (Nueva York). Al fondo, vaso de agua (para rebajar). Foto: Ángela P.


La otra noche, tomando unas copas por la Latina, terminé hablando con mi amiga Jara de filosofía. Hablar de filosofía (básicamente ella me instruye y yo escucho y demuestro mi ignorancia supina con un comentario por aquí y otro por allá) es uno de nuestros pasatiempos favoritos, rivalizando muy fuerte con "Hoy, en señores que nos gustan...", juego magnífico que le debemos a mi querida amiga Rocío, que casualmente también estaba con nosotras bebiendo cubatas, pero se perdió esta conversación portentosa. Jara mencionó en concreto el prólogo de Fenomenología del espíritu, de Hegel que, según parece, tiene frases larguísimas (de quince líneas, por ejemplo). Yo le hablé entonces de un ejercicio que había hecho para un curso de la Escuela de Escritores. El tema de la semana era la escritura experimental, y el ejercicio consistía en escribir una historia (o lo que se quisiera), de 800 palabras de extensión, con una sola oración. Yo tengo un gusto que raya el abuso por las frases largas, prolijas, divagatorias, con ramificaciones infinitas (por eso se me da tan mal Twitter), pero aún así me costó trabajito completar el encargo.

Escribí esto. Y hoy lo comparto con todos vosotros. No tenía título, pero al releerlo he decidido llamarlo Te lo dije.
Te lo dije la primera vez que hablamos, aunque tú pensaste que era un cuento y yo un donjuán y un casanova, justo después de que nos presentaran en aquella fiesta, mientras yo pedía un gin-tonic de Tanqueray con una tónica que no fuera, por favor, Nordic y tú un whisky con Coca Cola light para compensar las calorías vacías del alcohol, tal y como me explicaste, a modo de chascarrillo, haciéndote la simpática, aunque la verdad es que, ni entonces ni ahora te sobrara un gramo, estabas y estás estupenda, y sin poder imaginarte, a esas alturas, que no necesitabas hacerte la simpática conmigo, que yo ya estaba entregado desde el minuto uno, desde el momento en que me confesaste que la verdad es que le habías cogido cierta manía al whisky, pero que no querías ser “obvia” y pedir una “bebida de chica”, como el martini o algún licor dulzón de algún color artificial de esos que tomaban tus amigas que, por cierto, no paraban de cuchichear mientras hablábamos y me estaban poniendo nervioso, aunque más nervioso me puse cuando conocí a tus padres aquella vez en que nos los encontramos a la salida del cine y nos tuvimos que parar y me presentaste, y nos preguntaron que qué película habíamos visto y tú les dijiste la verdad, que la nueva de Batman, y seguro que pensaron que la había elegido yo, y eso que fue cosa tuya, y que era un niñato y un inmaduro, aunque lo cierto es que siempre han sido muy amables conmigo, pobres, y nunca me han hecho sentirme incómodo, ni siquiera en la boda de tu prima Cristina, que yo no sabía que era una cosa formal y de postín, que iba todo el mundo emperifollado, con sus tocados y sus pamelas y sus trajes y sus zapatos lustrados y sus cosas, y me presenté con chaqueta, sí, pero en vaqueros y sin corbata, y todo el mundo me miraba de lo más extrañado, algunos incluso levantando un poco la ceja, como si estuvieran molestos, aunque nunca entendí tampoco qué les importaba a ellos, hasta el punto de que le hubiera pedido a un camarero que me echara un cable si no hubiera sido porque llevaban pajarita en vez de corbata y todavía iba a cantar más, y entonces sí que tu prima Cristina me hubiera terminado de aborrecer del todo porque, por mucho que insistas en que no es así, yo creo que desde ese día por lo menos, si no antes, me tiene una manía terrible y pretende dejarme mal en las reuniones familiares comparando todo el tiempo mi trabajo con el de su marido, los partidos de paddle de su marido con mis pachangas de futbito, que ya sabes que me dan toda la vida, con esa Mahou bien fresquita que nos tomamos después los amiguetes en el bar de Pepe, que siempre nos pone unas tapas que casi se diría que son raciones, y eso que es majete el marido de Cristina (Pepe también, pero eso se da por descontado), aunque un poco insulso, si quieres saber mi opinión, pero no se le puede reprochar al pobre, que bastante tiene con esa mujer, que ya sé que es tu prima, que creciste con ella y que pasabais los veranos en el campo, bañándoos en el río con zapatillas cangrejeras e intentando que las gallinas os empollaran los huevos de codorniz, aunque nunca os salieran guarnigones, porque así es como se llaman los pollos de las codornices, por supuesto lo he buscado para impresionarte, porque ya sabes que haría casi cualquier cosa para impresionarte, aunque mucha atención al matiz del “casi”, que creo que es lo que me distingue del marido de tu prima Cristina, que él sí que está dispuesto a hacer cualquier cosa por tener a tu prima contenta y el pobre ha terminado perdiéndose a sí mismo y me temo que para nada, porque en el fondo a nadie le gustan los tibios ni los pusilánimes y a tu prima Cristina tampoco, menos que a nadie, y lo ha anulado para nada, para dejar de quererlo, y espero de verdad que eso nunca nos pase a nosotros, aunque no veo por qué tendría que pasarnos, si mis padres llevan juntos más de treinta años y todavía se cogen la mano cuando ven una película o una serie en el sofá, y se ríen con las bromas de Sobera y con los personajes que desfilan por el programa ese suyo de First Dates, y a veces discuten y se enfadan, pero al final siempre se arreglan y vuelven a cogerse la mano y a reírse, y me gustaría que, dentro de muchos años, cuando seamos viejitos, si llegamos, que espero que sí y, en cualquier caso, espero morirme yo antes, porque si te vas antes tú me iba a parecer todo una mierda, me mires como mira mi madre a mi padre, como miraba mi abuela a mi abuelo. Te lo dije la primera vez que hablamos y te lo vuelvo a decir ahora: voy a casarme contigo.

Comentarios

Entradas populares