Los libros de mi verano

Publicado en Ritmos 21 el 17 de septiembre de 2016. 

Anna Hamilton.
Este mes de agosto he vuelto a una costumbre que tenía abandonada: Apuntar los libros que he leído. En parte por recordarlos, en parte por poder hacer balance y cómputo al final del año (aunque esté ya bastante menguado) y en parte por alimentar mi perfil de Goodreads (creado muy voluntariosamente y olvidado sin el menor remordimiento).

Hace años ya que no paso todo el mes de agosto en el mismo sitio, pero antes dedicaba mis cuatro semanas de playa al año a pasear, ir al mercadillo, tomar cañas y pan con alioli en el chiringuito y helados en la Jijonenca y a leer. Especialmente a leer. Llegábamos el uno de agosto con nuestra mochila cargada de libros y volvíamos con una maleta repleta de malas ediciones, pésimamente traducidas, o de ejemplares atrasados y de reventa de aquellas colecciones que sacaba El País. Los adquiríamos en lo que, todavía hoy, se conoce con cierta presunción como “La Feria del Libro” (así, entre comillas): Un par de casetas colocadas en el paseo marítimo con libros infantiles, libros de animales, clásicos de ayer, hoy y siempre y algún tesoro fortuito, como la vez aquella en que encontramos, compramos y leímos la novela Pandora en el Congo, de Albert Sánchez Piñol (en la edición de Suma De Letras, descatalogada y, afortunadamente, reeditada por Alfaguara).

Más tarde, con la llegada del ebook a nuestras vidas, nuestros hábitos de consumo cambiaron drásticamente, nunca más tuvimos que lidiar con el terror angustioso de quedarnos sin nada que leer y solventamos el recurrente problema de espacio en el coche en el viaje de vuelta y de almacenamiento en casa. Pero, puede que por nostalgia, puede que porque no hay nada comparable a pasar los dedos por los tomos y a rebuscar en los estantes (ventaja imbatible del papel), nunca dejamos de ir a los puestos a manosear los mismos libros de El País y las mismas malas ediciones que te hacían renegar de los clásicos (recuerdo odiar el Demian, de Hesse y decidir achacarlo a una mala traducción).

Este agosto he leído a Nick Hornby, que es una apuesta segura si se pretende disfrutar de un buen libro y renovar nuestra confianza en la humanidad. Funny Girl no es Alta fidelidad, pero le hace a uno el apaño. También a la ganadora del premio Planeta 2015: Alicia Giménez Barlett y su Hombres desnudos y Un millón de gotas, de Víctor del Árbol, ambos son una buena elección para las tardes de canícula. O Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos, de una ternura un tanto empalagosa a veces. O a Joël Dicker y su adictiva nueva novela: El Libro de los Baltimore. Pero, sin duda, el protagonista incontestable, literariamente hablando, de mi verano, ha sido Jeffrey Eugenides.

Jeffrey Eugenides es un escritor estadounidense de ascendencia griega. Es muy probable que le conozcan, porque es el autor de Las vírgenes suicidas, novela llevada al cine por Sofia Coppola y que tengo pendiente (la novela, no la película). También ha escrito la genial Middlesex.

Sin embargo, La trama nupcial es, con seguridad, el mejor libro que he leído este verano y uno de los mejores libros que he leído este año. El libro que todos mis amigos pueden esperar que les regale, llegada la ocasión, hasta que me nazca la obsesión por otro. No es nada pretencioso, es profundo, es divertido, los diálogos son buenísimos y destilan una inteligencia peculiar. Eugenides confía en la inteligencia del lector, dando por hecho que va a entender sus chascarrillos e implicaciones. Hará las delicias de los fanáticos de las novelas románticas del siglo XIX; aquellos con cierta tendencia a dejarse influenciar demasiado por la lectura y a vivir en un mundo más literario que real se sentirán de lo más identificados con la protagonista, la buena de Madeleine; y encantará, en fin, a todo el que valore una buena historia, con buenos personajes nada planos ni simplistas, con matices y personalidad.

La trama nupcial ostenta el muy prestigioso título de “Mi Libro Oficial del Verano: Edición 2016”, pero hubo otros que le precedieron: La casa de los espíritus, de Isabel Allende; Malena es un nombre tango, de Almudena Grandes; Iacobus, de Matilde Asensi, Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson; La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Jöel Dicker; Plataforma, de Michel Houellebecq…; y tantos que ahora no recuerdo.

A todos ellos, mi eterna gratitud.

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