Nostalgia de "veraneo"

Publicado en Ritmos 21 el 1 de julio de 2016.


Garrucha, Almería.

El verano entonces le permitía aburrirse a uno, que es el estado ideal para ser creativo y para querer saber. El aburrimiento es, al fin y al cabo, el mayor aliado de la cultura.

El viernes vi por fin en Corazón el posado de Ana Obregón (con un bañador rojo de inconfundible estética Baywatch, para que vean que no les miento), con lo cual doy por inaugurado el verano. Yo a Ana Obregón la quiero desde A las once en casa, uno de los puntos álgidos de la experiencia televisiva de mi adolescencia, junto con Farmacia de guardia y Médico de familia.

Cuando llega el verano (que no el “veraneo”, desgraciadamente) es inevitable ponerse melancólico y recordar la infancia, con ese estío tan lejano y tan distinto de este de “Tour de Francia”, de un mes de duración en el mejor de los casos, que nos toca vivir de adultos.

El verano entonces le permitía aburrirse a uno, que es el estado ideal para ser creativo y para querer saber. El aburrimiento es, al fin y al cabo, el mayor aliado de la cultura.

Como puede que ya sepan, soy una gran defensora de la lectura masiva, desordenada y sin criterio. Al fin y al cabo, todo lo que se hace con método resulta mucho menos divertido. Los veranos de entonces daban para las lecturas recomendadas del colegio; para devorar aventuras de Los Cinco, en tomos ajados, desencuadernados y con las páginas amarillentas, heredados de nuestros padres y tíos y guardados con mimo como verdaderos tesoros en la casa de la playa de nuestros abuelos; para buscar gangas con traducciones infames en los puestos de libros del paseo marítimo; o para ir a la biblioteca de Salamanca a documentarse para participar en El juego más difícil del verano; compatibilizando todo lo anterior, por supuesto, con los ineludibles cuadernos de Vacaciones Santillana.

Nuestros veranos de ahora, si uno es superafortunado y se lo puede permitir, consisten, como sabiamente apuntaba Mateo Sánchez en aquel artículo en GQ, en colocarnos en la otra punta del mundo tras más de quince horas de vuelo en clase turista; conocer el país de manera muy auténtica, huyendo de la muchedumbre, del turisteo y del “todo incluido”; pasar el mayor número de penurias posibles; asegurarnos de documentar nuestro viaje convenientemente en Instagram; y apurar hasta el último minuto, de manera que el taxi nos lleve directamente del Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas a la puerta de la oficina (treinta euros) el lunes de reincorporación al trabajo. Al fin y al cabo, hay que honrar el wanderlust, a la vez ambición y bandera de nuestra generación.

Por eso, pasada la noche más corta del año y satisfecho el necesario trámite del posado de la bióloga más célebre de España, con los niños por las calles, liberados de sus obligaciones escolares y con las mochilas cargadas de achiperres de camino a la piscina, algunos nos tropezamos sin remedio con la nostalgia de veraneos interminables. Sin presión.

Y echamos de menos el calor pegajoso de las siestas del mes de julio, los inútiles ventiladores, los libros malos, el Tang sabor naranja, que nos rieguen con una manguera para refrescarnos, el enorme lujo de poder ser perezosos, el granizado de limón de La Jijonenca, las noches perdidas chuperreteando un helado sentados en una escalera, no bajar a la playa hasta la una, las comidas a las cuatro de la tarde, la ensalada de pasta y el gazpacho casero, meternos en la piscina de manera clandestina sin pasar por la ducha para quitarnos la arena y la sal, las canciones de Radiolé; incluso las infames fiestas infantiles de disfraces. Y, sobre todo, el bendito aburrimiento.

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