Descubriendo Seúl

Publicado en Ritmos 21 el 13 de julio de 2016.

Gyeonghuigung

Seúl, bulliciosa y vibrante. Capital de Corea desde la dinastía Joseon (1392), fue destruida casi por completo durante la guerra entre las dos Coreas (1950-1953). Situada a menos de 50 km de la Zona Desmilitarizada, en la actualidad es la capital de la República de Corea (ROK), la segunda área metropolitana más grande del mundo y la cuarta economía metropolitana.


Llegamos a Séul tras un vuelo de 16 horas con escala en Doha. Llevo puesto un catarro veraniego achacable a los aires acondicionados madrileños y he facturado el ibuprofeno. Durante el viaje se me manifiesta una nueva aversión: al olor a comida precalentada y a recipientes de aluminio de los aviones; así que mi estado al pisar tierra es lamentable. En el aeropuerto nos hacen un control de salud, tengo fiebre, y a una amable señorita le falta el canto de un duro para diagnosticarme de alguna oscura y mortal enfermedad mediterránea y mandarme de vuelta o ponerme en cuarentena, pero termina apiadándose.

Sin embargo, la aparente poca tolerancia inicial de los coreanos con la febrícula no consigue empañar el viaje ni la experiencia. Tampoco las numerosas ocasiones en las que estamos a punto de morir desplazándonos en taxi por la ciudad (en una ocasión, embestidos lateralmente por un autobús).

Seúl es una ciudad con mucho que ofrecer. La gastronomía coreana es rica y compatible incluso con los paladares menos intrépidos si uno no innova demasiado. La oferta es enorme, los horarios amplísimos y los precios muy asequibles. Me llevaron a un sitio en Sinchon (el distrito universitario, plagado de restaurantes baratos y love motels) donde tomamos unos deliciosos mandus (y cuya ubicación exacta no desvelaré para que no nos lo pisen los de la Lonely Planet). Podría alimentarme toda mi vida a base de mandus de gogi y del helado Quarterback Crunch de la cadena Baskin Robbins.


Mandus celestiales

La barbacoa coreana es otro de mis favoritos (en Madrid se puede tomar muy buena en el restaurante Maru, en la Calle Reina). Muy rico también el bulgogi, un clásico guiso coreano de ternera algo dulce. Sin olvidar el célebre kimchi (tradicionalmente, las familias coreanas preparaban muchos kilos para todo el año coincidiendo con el final del otoño, el llamado kimjang) y el kimbap.

Resulta especialmente curioso visitar Noryangjin Fish Market, una lonja donde se puede comprar pescado y marisco y que te lo preparen en alguno de los restaurantes situados en el piso superior, y comerlo, fresco y recién hecho, acompañándolo de una Hite o una Cass, las principales marcas de cerveza coreana (personalmente, prefiero la Hite).

Noryangjin Fish Market

Muy cerca de Sinchon se encuentra Hongdae, el barrio trendy y cool por excelencia: Tiendas de ropa, algunas de segunda mano, otras absolutamente industriales pero pretendidamente originales (tipo Camden Town), se entremezclan con cadenas de cosmética coreana a cada paso donde comprar mascarillas de todo tipo (incluso de vino tinto, nuestro aliado, según parece, en esa lucha continua contra los poros abiertos) por menos de un euro, y con bares, clubes y karaokes (norebang).

Si queremos ir de compras, es también una buena idea visitar Myeongdong, una de las zonas más populares de Corea, con franquicias de ropa, puestos de comida en la calle y, de nuevo, la omnipresente cosmética coreana. Algunas de las marcas más conocidas son Etude, To cool for school, It’s skin y Tony Moly (y su célebre crema Tomatox, bestseller de la marca).

En Namdaemun Market se pueden encontrar cámaras de fotos y material fotográfico a buen precio, y un mercadillo, más al estilo español, donde comprar recuerdos, té y ginseng. Otra muy buena opción si es eso lo que se busca, es Yongsan Electronic Market, una gran superficie de electrónica al estilo asiático donde hay mucha oferta y buenos precios.

Y, si se dispone de tiempo, no hay que dejar de visitar Commonground, una especie de Mercado de Fuencarral, un complejo hecho a base de contenedores industriales lleno de pop-up stores y con una estupenda terraza en la azotea donde se puede comer y beber.

Si nuestro interés es más cultural, es imprescindible conocer alguno de los palacios de la ciudad. El más grande es Gyeonghuigung, pero el día que fuimos estaba cerrado y sólo pudimos verlo por fuera, así que visitamos Changdeokgung (Secret Garden incluido).

Hanboks en Changdeokgung

Muy cerca se encuentra Bukchon Hanok Village. Allí se puede alquilar un hanbok (el vestido tradicional coreano) y fotografiarse con él por los alrededores, o bien participar vicariamente de la experiencia haciendo meta-fotos como ésta:

Artística meta-foto en Bukchon Hanok Village
Conviene también acercarse a Insadong (galerías y tiendas modernas), Gwanghwamun (la zona más administrativa) y dar por terminada la jornada cultural con un paseo por el canal Cheonggecheon.

Nadie podrá decir que los coreanos (los latinos de Asia) no saben divertirse. En Seúl se puede cenar hasta muy tarde y compite con Antón Martín en número de restaurantes, bares, y locales en los que picar y beber algo. Destacan especialmente las zonas de Sinchon (ambiente más universitario) y Hongdae, así como Gangnam (Gangnam Style) e Itaewon. En Itaewon se encuentra (de momento) la base militar estadounidense y, de un tiempo a esta parte, viene superando la mala fama que tenía de lugar frecuentado por americanos borrachos y prostitutas. De hecho, el ambiente me pareció de lo más sofisticado.

Desde el punto de vista cultural, Corea del Sur es muy diferente a España y a Europa en general. La herencia confuciana llega hasta nuestros días, lo que supone que tengan especial (y abiertamente reconocida) importancia la posición social y, en consecuencia, el dinero, así como el sentimiento de “pertenencia al grupo”. Además, es el país del mundo con mayor tasa de operaciones de cirugía estética por habitante (la más popular es la blefaroplastia). Aunque las chicas coreanas son muy guapas (no en vano se las considera las asiáticas más bellas), el canon masculino, en mi opinión, dista mucho del occidental.

Fotos de tipos guapos coreanos con los que forrar la carpeta
Por otro lado, la sensación de seguridad resulta evidente: Nadie tiene ningún problema en dejar sus pertenencias desatendidas en la mesa (cartera y ordenador portátil incluidos) mientras se acerca a pedir una bebida a la barra. La tasa de criminalidad en Seúl es bajísima.

Seúl, en definitiva, sorprende. Es diferente. Despierta el interés por querer saber, por conocer más de su cultura, de su historia.

Pero, por favor, no sigan mi ejemplo y eviten hacer preguntas impertinentes a encantadores autóctonos (“Pero, ¿la gente se opera mucho?”, ¿Y lo cuenta o lo mantiene en secreto?”). Una, aunque procura viajar todo lo que puede, sigue siendo un poco catetina.

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