Roma para iniciados



Nunca se ha estado en Roma demasiadas veces.

Calle romana 

Roma, inabarcable, inacabable y, obviamente, eterna. Nunca se ha estado en Roma demasiadas veces, entre otras cosas porque el número de helados de San Crispino que uno comería gustoso a lo largo de su vida tiende, en potencia, a infinito (pero más de seis al día empieza a ser un consumo peligroso). Delicioso el de pistacho y el de crema de limón.

Desgraciadamente, el tiempo y el dinero son bienes escasos, por lo que se impone priorizar y conocer los “imprescindibles romanos”; a título meramente enunciativo, el Colosseo, el Foro Romano, el Vaticano, la Piazza de Spagna o la Fontana di Trevi (una moneda para volver, dos para enamorarse).

Pero, si uno se queda con ganas de más (y pasará), siempre puede coger un vuelo low cost y plantarse en Ciampino o Fiumicino, dispuesto a dar otra “vuelta de tuerca” a su conocimiento de la Città Eterna.

Puede, por ejemplo, disfrutar de una auténtica pizza romana (la de masa finita) en la Pizzeria Baffetto; tomar una Peroni bien fría por un euro y medio en el Bar San Calisto, en la Piazza del mismo nombre en Trastevere; o saborear unos inolvidables spaghetti cacio e pepe en Da Enzo (también en Trastevere pero al otro lado de la Viale di Trastevere). Salivo cual perro de Pavlov solo de pensar en ellos. Y pedir postre, por supuesto.

Pero no sólo de pan vive el hombre y no sólo de gastronomía vive el viajero de pro. Las Catacumbas de San Calixto, en la Via Appia (un poco a desmano pero el desplazamiento vale la pena), bien merecen una visita. Los cinéfilos pueden aprovechar para conocer la Iglesia de Santa María delle Piante, también llamada Domine Quo Vadis. Se cuenta que San Pedro, una vez liberado, escapó de Roma. En el lugar de la Via Appia en el que se encuentra la Iglesia se le apareció Jesucristo y San Pedro le preguntó, “Domine, Quo Vadis?”, a lo que Jesús le respondió que iba a Roma para ser crucificado. San Pedro, avergonzado de su cobardía, regresó entonces a la ciudad para asumir su papel como primer Papa de la Cristiandad. Más tarde, San Pedro sería martirizado y crucificado cabeza abajo (a petición suya, para no morir de la misma manera que Cristo).

Santa Maria delle Piante o Domine Quo Vadis 

Si al visitante no le han impresionado las Catacumbas, puede forzar los límites de lo macabro en la Iglesia de Santa Maria della Concezione dei Cappuccini. Su interior alberga una cripta en la que huesos de monjes, colocados a modo de inquietante ornamento, sirven de decoración.

Y, ya que se empeña en la oscuridad, por qué no hacer una visita a la Iglesia de San Luis de los Franceses (San Luigi dei Francesi) y a las pinturas de Caravaggio que se alojan en la Capilla Contarelli: La vocación de San Mateo, La inspiración de San Mateo y El martirio de San Mateo.


La inspiración de San Mateo, de Caravaggio (1602)

Si está interesado en la mitología grecorromana, la Galleria Broghese en Villa Borghese es, con seguridad, un buen lugar al que acudir. En ella podrá disfrutar de más pinturas de Caravaggio (entre otras Baco enfermo, de la que se dice que es un autorretrato del pintor un tanto perjudicado), de la escultura de Paulina Borguese Bonaparte como Venus Victrix, de Canova (se ve que Paulina no tenía problemas de autoestima) y, por supuesto, de las maravillosas esculturas de Bernini.

Paulina Borguese Bonaparte como Venus Victrix, de Antonio Canova (1805-1808) 

Mi favorita de todos los tiempos es Apolo y Dafne. Según el mito, Apolo y Eros se enzarzaron en una trifulca muy masculina por ver quién era mejor lanzando flechas. Eros, molesto porque Apolo era un soberbio que además iba de guapo, le lanzó una flecha de amor a él y otra de odio a la ninfa Dafne. Apolo, herido de arrebatada pasión, se dedicó entonces a perseguir a Dafne que, obviamente, se dedicó por su parte a huir de él hasta que, agotada de tanto lance amoroso, le pidió a su padre, el río Peneo, que la ayudara. Y a éste no se le ocurrió otra cosa que convertir a Dafne en laurel. Por eso a Apolo se le representa con una corona de laurel en la cabeza.


Apolo y Dafne, de Gian Lorenzo Bernini (1622-1625)



Detalle de Apolo y Dafne, de Gian Lorenzo Bernini (1622-1625) 


Detalle de Apolo y Dafne, de Gian Lorenzo Bernini (1622-1625). Atención a las uñas de Dafne convirtiéndose en las raíces del olivo 

Mención especial merece también El rapto de Proserpina y su historia. Plutón se enamoró de Proserpina y decidió raptarla, práctica que era muy habitual entre los dioses del Olimpo y se ve que también entre los del inframundo. La madre de la criatura, Ceres, diosa de la agricultura, montó, como es lógico, en cólera y convirtió la tierra en un desierto. Júpiter intervino y se llegó al acuerdo de que Proserpina pasara seis meses en el Hades y otros seis en la tierra, y por eso el año se divide en estaciones.


El rapto de Proserpina, de Gian Lorenzo Bernini (1621-1622) 


Detalle de El rapto de Proserpina, de Gian Lorenzo Bernini (1621-1622) 

Hay mucho más que ver en la Galleria, y mucho que hacer en el parque del mismo nombre. Pero, si al explorador le golpea la alergia traicionera, siempre puede bajar hasta Piazza del Popolo, continuar por la Via del Babuino y girar a la izquierda en la Via Margutta (donde, por cierto, vivía Fellini). Allí se encuentra Il Margutta, un restaurante muy mono de cocina vegetariana con una cierta vocación artística. El brunch (bufé libre) de los sábados y domingos cuesta 25 euros.

Reponga fuerzas el viajero como guste (comida vegetariana, pizza al taglio, pasta, o la célebre casquería romana que nunca he tenido el arrojo suficiente de probar) pero, por lo que más quiera, no renuncie a caminar simplemente por Roma, pues es una ciudad que hay que pasear.

Y es que nunca se ha paseado demasiado por Roma: Prácticamente a cada momento puede uno asombrarse con una nueva maravilla y deleitarse con un nuevo sabor de helado.

Hace apenas un par de semanas esperaba turno a la puerta de un restaurante romano vestida de ángel (es una larga historia), cuando un anciano con un bastón y tocado con un sombrero, se detuvo frente a mí, me miró interesado y me preguntó “Ma che sei?”. “Sono un angelo”, le respondí. “Un angelo?”, me dijo sorprendido; “E fai miracoli?”, preguntó riendo. Le contesté que desgraciadamente no, que lo sentía mucho. Me tendió la mano, dijo que se llamaba Dimitri, y quiso saber de dónde era yo. “Spagnola”, respondí. “Io sono greco”, me dijo; “E siamo in Italia!”, concluyó riendo de nuevo como si se tratara de una extraordinaria casualidad. Me contó entonces que, al doblar la esquina, había un restaurante griego; que si iba y decía que era amiga de Dimitri me darían un trato especial. Me miró por última vez, se despidió con una inclinación de cabeza y se marchó, perdiéndose en la noche con su bastón y su inusitado sombrero.

Esta escena, más propia de La dolce vita o de La grande bellezza que de la vida real, sólo pudo ocurrir en Roma.

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