Loa al aperitivo



La hora del aperitivo vista desde una terracita cacereña.

Mientras siga saliendo comida y se sigan tirando cañas, seguirá siendo viernes, sábado, domingo, un martes de agosto o una fiesta de guardar.

Confieso que cuando me puse a pensar en un posible nombre para esta sección me encontré bloqueada en la pertinaz obstinación de que incluyera la palabra aperitivo. O gin-tonic. El gin-tonic del aperitivo.

Sin embargo, mi madre y algunos amigos me indicaron sutilmente que quizás lo prudente era evitar toda referencia al alcohol. Al menos en el título. Mi novio me sugirió entonces que la llamara El ambigú, que es una palabra que le gusta mucho y que, desgraciadamente, ha caído en desuso.

Pensé que era una buena idea puesto que el ambigú es, entre otras cosas, el lugar al que uno va a tomarse una cervecita en los descansos del teatro. De manera que el nombre de mi sección no iba a contener la palabra aperitivo, pero en un ambigú te puedes tomar uno, y además también estaría presente el alcohol sin necesidad de citarlo. Con la ventaja añadida de una cierta pátina de cultura por ser vocablo poco común y una referencia a las salas de cine, teatro y espectáculos.

Con esta información no solicitada que les he brindado en un momento considero que he dejado clara mi posición: lo que yo siento es una devoción sin par por esta costumbre; mucho más auténtica y castiza que el brunch, mucho menos cursi que el almuerzo. Yo sustituiría todas las comidas de mi vida por aperitivos.

Como sabe cualquier fan del aperitivo, la franja horaria para disfrutar de esta tradición inestimable abarca desde las doce del mediodía hasta que cierren los bares. Tengo una amiga que asegura que, durante el fin de semana, a las doce y media empieza a ponerse nerviosa si no tiene ya delante una cañita bien tirada y un platito de aceitunas. Y es que nunca hay que subestimar la importancia del concepto tapa dentro de ese concepto más amplio, casi omnicomprensivo, que es el aperitivo.

Incluso si se ha llegado tarde al turno de mañana, puede colarse hábilmente un aperitivito antes de cualquiera de las comidas principales del día (incluida la merienda).

Para muchos el aperitivo es un acontecimiento por lo que tiene de social, pero los grandes amantes del aperitivo sabemos que puede ser un acto íntimo, un retiro “en la paz de estos desiertos”, y que el rito mejora si uno se acompaña de algún libro, docto o no.

Hay aperitivos para todos los gustos. Los hay sólo con bebida, pero qué menos que unas patatitas. Los hay ligeros y refinados, aunque un mundo de aperitivos gourmet diminutos es uno en el que no me interesa vivir. Los hay pantagruélicos, ideados para verdaderos heliogábalos temerarios y sin mesura ninguna. Son mis preferidos, pues te evitan la angustia de sentir que eso que llevas esperando toda la semana va a acabar demasiado pronto. Mientras siga saliendo comida y se sigan tirando cañas, seguirá siendo viernes, sábado, domingo, un martes de agosto o una fiesta de guardar.

Y es que la hora del aperitivo es libertad, por eso conviene que se alargue lo máximo posible. La de un viernes es el portal místico al fin de semana, la frontera que separa los días repletos de agobios y responsabilidades del tiempo que nos debemos a nosotros mismos.

Feliz fin de semana. Vayan a tomar el aperitivo a mi salud.

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