Marina Keegan, Elena Ferrante y las frenemies recalcitrantes


El hecho de que los relatos y ensayos del libro de Marina Keegan (prometedora escritora y estudiante de Yale que murió en un accidente de tráfico a los 22 años), Lo contrario de la soledad, se recopilaran, editaran y publicaran tras su muerte genera un cierto morbo irremediable que incomoda a los lectores más sensibles.

Su discurso de graduación, que da título al libro, se convirtió en un fenómeno viral y no es para menos. Está lleno de energía, de esperanza en el futuro, es ágil, fluido, divertido. Contiene frases tan lúcidas e inspiradoras como éstas: “Pero debemos tener presente que todavía podemos hacer lo que nos dé la gana. Podemos cambiar de parecer. Podemos empezar de cero. Hacer un posgrado, o probar a escribir por primera vez. La idea de que ya es demasiado tarde para hacer cualquier cosa, la que sea, resulta cómica. Qué disparate.”

Sin lugar a dudas, mi favorito indiscutible es el relato Cold Pastoral.

Es poco frecuente leer narraciones en las que se plasmen tan bien emociones de las que nos sentimos culpables y que sabemos que nos hacen poco atractivos como los celos, la inseguridad, la envidia. Historias en las que nos reconozcamos, con las que nos sintamos identificados, acompañados, en todos esos sentimientos mezquinos que nos golpean a veces. Esos vicios deshonrosos, como stalkear perfiles de Facebook ajenos. Y es que escribir sobre todo eso, supone un enorme ejercicio de honestidad. Después de todo, si uno lo puede contar es porque lo conoce y, si lo conoce, es que lo ha sentido, lo ha hecho alguna vez o, al menos, ha estado tentado.

En Cold Pastoral, la protagonista, Claire, habla en primera persona de cómo vive la muerte de su novio, Brian. Sin embargo, lo que verdaderamente impacta es cómo describe su relación con Lauren, ex novia de Brian, y todo lo que siente respecto a ella. “[…] me di cuenta de que ella era más delgada que yo, una cualidad que hizo que inmediatamente me gustara menos”. “La cosa es que Lauren Cleaver y yo no éramos amigas porque Lauren Cleaver y yo teníamos todo eso en común.”

Elena Ferrante es el seudónimo con el que se ha firmado la absolutamente adictiva saga napolita Dos amigas. He pasado semanas enganchada a ella y me ha proporcionado horas de gozosa lectura, dichosamente ajena a todo lo que no fueran las aventuras y desventuras de Lenù y Lila, hasta el punto de que el tedioso trayecto en metro de todas las mañanas, a la ida y a la vuelta, se convirtió en una media hora, de ida y de vuelta, feliz, y cada día contaba las horas que faltaban para poder tumbarme a leer en el sofá. Tengo pendiente el cuarto libro y estoy conteniéndome para ver si así consigo seguir adelante con mi vida.

Elena Ferrante plasma, como si los conociera bien, como si casi los confesara, todos esos sentimientos desagradables. Todos los entresijos y las intrincadas relaciones que las mujeres son capaces de construirse a base de sentimientos tan dispares como el amor, la ciega admiración, la frustración, o, de nuevo, los celos y la envidia.

El fenómeno de las frenemies siempre me ha intrigado mucho. Célebres frenemies del ideario popular son, por ejemplo, Carolin y Berta, de la Trilogía de las sombras, de Maria Gripe (la buena, no la de Grey); Malena y Reina, de Malena es un nombre detango, de Almudena Grande (aunque éstas eran hermanas); o Blair y Serena, de Gossip Girl. Es un tipo de relación que se nutre de fascinación y rivalidad y que, por lo que yo sé y he visto, parece que es poco frecuente en hombres. Las frenemies se quieren, pero compiten. Se encandilan, pero se odian.

Me parece un tema apasionante: como para escribir una novela. Y es esa – escribir una novela sobre todo este asunto, un relato al menos – una ambición que yo tengo. 

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