James Rhodes, 'Instrumental' y música clásica para todos los públicos

James Rhodes tocará próximamente en Murcia (19 de enero de 2017), Madrid (22 de enero de 2017), Barcelona (24 de febrero de 2017) y Bilbao (15 de marzo de 2017).

Publicado en Ritmos 21 el 13 de abril de 2016

"Me violaron a los seis años.
Me internaron en un psiquiátrico.
Fui drogadicto y alcohólico.
Me intenté suicidar cinco veces.
Perdí la custodia de mi hijo.

Pero no voy a hablar de eso.
Voy a hablar de música.
Porque Bach me salvó la vida.
Y yo amo la vida."
  
Eso pone en la contraportada de Instrumental, el libro de memorias del pianista británico James Rhodes. Editado en España por Blackie Books (sus Cuadernos de actividades para adultos son un must para las vacaciones de verano), la publicación en Reino Unido fue precedida de un proceso judicial en el que recibió el apoyo, entre otros, de su buen amigo Benedict Cumberbatch, actor que interpreta a Sherlock Holmes en la popular (y fabulosa) serie de la BBC, y cuyo Hamlet ha sido un éxito clamoroso, agotando las entradas en el Barbican de Londres (con largas colas cada noche para comprar las reservadas para vender en taquilla) y emitiéndose en cines de todo el mundo de la mano del genial proyecto National Theatre Live.

De Cumberbatch dice Rhodes lo siguiente en su autobiografía:

“Benedict Cumberbatch, enemigo de todos los correctores ortográficos, que me ha brindado consejo, amistad, películas, cenas, compañía, asesoramiento estilístico poco recomendable, tiempo y energía, muchísimas veces mientras estaba en medio de la filmación de otra maldita película épica de Hollywood de cien millones de dólares de presupuesto. Cuando lo conocí en el colegio era bajito, un gran lector, un poco empollón, tranquilo, de voz suave y bueno. Menos bajito, sigue siendo todo eso. Es un gigante entre los hombres y el actor de mayor talento de su generación.”

En las memorias de Rhodes se entremezcla la crudeza del relato de los abusos que sufrió de niño, con la desesperación, con el humor, con momentos de exquisita ternura, con el amor por la música clásica, con la admiración que despierta lo lejos que ha llegado, con tan sólo cuarenta y un años, en su carrera como pianista (y que abandonó totalmente durante casi diez). Al hilo de esto último, merece muchísimo la pena leer el artículo que escribió para el blog de cultura de The Guardian de 26 de abril de 2013, Encontrad lo que os encanta y dejad que os mate. “Yo estuve diez años sin tocar el piano. Una década de una muerte lenta en la que trabajé en la City llevado por la codicia, en pos de algo que nunca llegó a existir (seguridad, autoestima, ser Don Draper aunque un poco más bajito y sin tantas mujeres alrededor). Solo cuando el dolor de no estar tocando se hizo mayor que el dolor imaginado de sí estar haciéndolo, tuve los cojones suficientes para dedicarme a lo que realmente quería, a lo que me había obsesionado desde los siete años: ser concertista de piano. […] Escribe tu puto libro. Apréndete un preludio de Chopin, ponte en plan Jackson Pollock con los niños, pasa unas horas redactando un haiku. Hazlo porque importa, incluso si la fanfarria, el dinero, la fama y las sesiones de fotos para la revista Heat a las que todos nuestros hijos creen hoy que tienen derecho porque Harry Styles ha salido en ella.”

La historia de James Rhodes, aunque terrible, es una historia de esperanza, un libro fenomenal en el que alguien que ha vivido cosas horribles más allá de lo imaginable, declara abiertamente su amor por la vida. Dice que la Chacona de Bach le salvó.


Cuenta cómo se ha embarcado en una cruzada personal de llevar la música clásica, el refugio que esta puede suponer, a todo el mundo. Quitarle la pátina anquilosada, pedante y elitista y ponerle zapatillas deportivas, y salir al escenario y comentar las piezas antes de tocarlas, contextualizarlas. Abaratarla, tanto desde el punto de vista económico como intelectual, en el buen sentido. Incluso ha creado su propio sello discográfico.

Cada uno de los capítulos del libro lleva por título un tema importante para él, y contiene una breve introducción en la que habla de la pieza o del compositor. Explica, de una forma sencilla, sin ínfulas, quién era Bach, o Schuman, o Beethoven, en una prosa ágil, fluida, simpática, entreverada de maldiciones; y lo que significa cada tema para él, por qué le emocionan. De esa manera, nos hace partícipes, nos invita a que nosotros también nos emocionemos; a que le encontremos un sentido, un significado, una situación; a que creemos recuerdos con la música, usándola como banda sonora de nuestras vidas; o a que revivamos fragmentos de ellas, y los dulcifiquemos, los magnifiquemos, los hagamos tolerables, según los casos, sirviéndonos de ella.

Creo que para los legos en música clásica (entre los que me incluyo) el que alguien nos prometa que existe algo con la fuerza suficiente de rescatarnos, de tranquilizarnos, de darnos reposo, tan al alcance de la mano, resulta muy tentador. Yo he pasado de no escuchar apenas música clásica a escuchar durante las primeras semanas desde que leí el libro, movida por la pasión del principio del enamoramiento, entre tres o cuatro horas al día. En concreto los discos de Rhodes. Y me ha dejado poso; sigo escuchándolos, aunque con algo más de sosiego.

Rhodes ha despertado en mí el interés de querer saber, de querer aprender, de desear llegar a disfrutar y a emocionarme con algo con lo que sentía poca o ninguna cercanía, poca o ninguna familiaridad. Algo que, simplemente, estaba ahí, como en un segundo plano. El hilo musical de hoteles, grandes almacenes y de cada mañana del 1 de enero.

Desde luego, si la música clásica es capaz de darle a uno todo lo que Rhodes asegura, su esfuerzo es encomiable. Su libro y su vida actual de una absoluta generosidad. Y él, un personaje entrañable, un genio simpático, que escribe con buen gusto, con palabrotas, con humor. Que emociona sin buscarlo deliberadamente.


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