El yoga redentor

Publicado en Ritmos 21 el 22 de abril de 2016.



Foto de Julia Caesar (Unsplash)


Por fin he decidido iniciarme en la milenaria disciplina del yoga y considero que eso salvará muchas vidas.

Coincidiendo con el comienzo de la primavera y, en parte, debido a la insoportable, por continua, presencia en las últimas semanas del fútbol en nuestros televisores y en nuestras vidas (que ni el consuelo de ver por las noches a Jessica Jones pegando mamporros le queda ya a una), todo ello unido a un ambicioso proyecto mens sana in corpore sano que espero me habrá convertido en Gisele Bundchen para comienzos de verano, me decidí por fin a iniciarme en los rudimentos de la milenaria disciplina del yoga.

Por supuesto, lo primero que hice fue contarlo: “He decidido hacer yoga”. Lo segundo, un exhaustivo análisis de la oferta de establecimientos en los que se puede practicar, y una buena criba, eliminando los de precios desorbitados y los que me parecieron excesivamente espirituales. De todos modos, de mi búsqueda en Internet deduje que debía estar preparada para lidiar con un cierto grado de misticismo, o incluso para neutralizarlo, así que me impuse el ser bastante laxa en ese sentido. Lo tercero, (y como la mayoría de los españoles, no os atreváis a negarlo) equiparme en el Decathlon más próximo (en mi caso un Lots Of Colors) con todo lo necesario para la práctica de una actividad que, a priori, no podía saber si iba a gustarme, lo que demuestra que no he aprendido nada de mi breve experiencia con el buceo y de los trescientos euros que me gasté para conseguir ser un fracaso total del mundo subacuático.

Con todos los deberes hechos me dirigí, animosa y esperanzada, a mi primera clase, deseosa de conocer a mis compi yoguis. En la clase éramos pocos (por lo que el profesor nos dedicó a cada uno de nosotros mucha atención) y torpes, todo lo cual contribuyó probablemente a que volviera a casa ebria de la autoridad moral que me brindaba el haber pasado hora y media intentando posturas imposibles mientras inhalaba, exhalaba y decía “oooooommmmm”, y el llevar dos semanas alimentándome fundamentalmente de pavo bajo en grasa y purés de verduras.

Por supuesto que me costó; que los músculos me tiraban; que llevo con agujetas desde entonces. Pero mi interpretación al respecto es como con el alcohol (de curar): Si escuece es porque está haciendo efecto.

Esa noche no me importó nada el fútbol tres veces por semana, ni pasarme el día soñando con carbohidratos chiquititos (o, al menos, con la representación que me hago de ellos) danzando alrededor de mi cabeza. Ni siquiera el haber llegado a anhelar ahogarme en una tarrina de helado gigante como muerte dulce, fin de tanta tortura de edulcorante e infusiones apestosas.

Incluso perdoné a esa colega del trabajo que el último afterwork, al rechazar un cuenco de patatas fritas y explicarle que no quería comerlas porque estaba a dieta, me contó, con todo lujo de detalles, que su metabolismo era tan rápido que nada de lo que comiera le engordaba y que, de hecho, su problema era que tenía que estar picando algo a todas horas.

Creo que el yoga va a salvar muchas vidas.

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