La vida real y la vida en las redes sociales

Desde hace un par de semanas, por indicación de mi prima, sigo en Instagram a una bloguera que se llama Bea (bei_uri). Su blog Algo pasa con Uri, quedó finalista en la categoría de Mejor blog de salud y vida sana en la X Edición de los Premios 20 Blogs de 20 minutos.

Bea es célebre por sus simpáticas (la verdad es que son simpáticas, nada de ir de hater) parodias a conocidas blogueras de moda. Su favorita es la mítica Chiara Ferragni, autora del blog The Blonde Salad.


bei_uri parodiando a chiaraferragni

Y fue precisamente mi prima la que me sugirió que escribiera un post sobre la vida “Instagram” en contraposición a la vida “real” aunque el tema se puede extrapolar al resto de redes sociales (básicamente Facebook y Twitter, que son las que yo consumo.)

Es de sobra conocida la teoría (manejada desde hace años en mi grupo de amigas) de que las manifestaciones de amor en Facebook son un claro indicio de crisis en la pareja. Y seguro que todos hemos leído últimamente un millón de artículos que sostienen que la actividad de uno en las redes es inversamente proporcional a su felicidad en la vida real.

Yo no voy a ir tan lejos: Facebook me parece una forma perfectamente legítima de mantener el contacto y tener al día de tu vida a gente que, por circunstancias, se encuentra lejos, o ves menos de lo que quisieras. Por supuesto que podrías enviar las fotos con un enlace de Googledrive, pero lo cierto es 1) que somos vagos, 2) que así podría participar mucha menos gente. Todos esos likes, todos esos comentarios, se perderían, y la interacción resultaría mucho menos “social”.

Por otro lado, Twitter e Instagram muchas veces sirven para promocionarse (desde un punto de vista más profesional) o, simplemente, para compartir con el mundo cosas que nos gustan, nos pasan o hemos leído por ahí.

Pero qué digo: Me parece estupendo que la gente publique todo lo que le dé la gana. Y punto. No hace falta buscar justificaciones.

Por supuesto que se le puede reprochar a las redes (aunque más bien a nosotros, que somos quienes las usamos), que muestran una imagen a veces no sólo edulcorada, sino directamente retocada de lo que es nuestra realidad. A mí en Instagram, por ejemplo, me salen en sugerencias de búsqueda cuatro tipos de imágenes (lo cual me tiene algo preocupada, porque debe de existir algún criterio, en función de a quién sigo o lo que miro): Preciosas imágenes de bodas, libros junto a tazas de café en acogedores entornos, imágenes de bellos y paradisiacos lugares y chicas Kayla. De todo esto, lo que más se acerca a la realidad pueden ser las chicas Kayla, pero normalmente su transformación física es tan increíble que termino por sentirme mal por mi falta de constancia en el ejercicio.


Super cozy todo. Foto de Unsplash.

Es evidente que las redes sociales nos pueden contagiar de insatisfacción. No sólo es que sean una ventana directa a la vida de otros (que puede ser, obviamente, mejor que la nuestra). Es que, además, esos otros, muchas veces se esfuerzan por que su vida resulte, a ojos de los demás, perfecta. Pero, lo cierto, es que nadie sabe por lo que pasan. Y antes de decidirnos a envidiarlos, habría que conocer todas sus circunstancias. Yo, por si acaso, no me cambiaría por nadie.

Y es cierto que puede que, por un momento, crea que me gustaría ser una bloguera de moda y que me inviten a saraos todo el tiempo, pero luego pienso que qué pereza. Puede que, por un instante, desee estar todo el día viajando por ahí, pero luego reflexiono sobre los contras de viajar, y se me pasa. Es posible que se me ocurra que lo que yo quiero es poder dedicar todo mi día a escribir en El Retiro o en agradables cafeterías con toques vintage, pero luego me doy cuenta de lo incómodo que me resultaría eso. De hecho, siempre escribo en casa, nunca fuera. Pienso que me gusta la seguridad que me proporciona mi trabajo. Que una foto de Instagram es sólo un instante de vida y yo quiero ser feliz por muchos años. Y yo, para ser feliz, necesito seguridad. Pero eso depende de la persona.

En cualquier caso, me parece muy bien que la gente cuelgue fotos bonitas en Instagram y Facebook, porque yo no entro para ver cosas feas. Y, por supuesto, no hago cosa distinta.

Y, como no hago cosa distinta, sé que todo lo que se publica en redes pasa por un proceso previo de cribado, idéntico al que yo someto a mi vida. Porque imagino que a nadie le interesará que lleve dos días en casa con gastroenteritis, ni ver fotos de mis comidas de estos días (nada y yogur natural). No puedo hablar de los libros que he leído, porque la verdad es que me sentía tan mal que me he pasado los ratos muertos viendo series malas en Netflix. No he hecho yoga, ni he corrido, porque bastante tenía con arrastrarme hasta el baño a vomitar (vale, ahora estoy exagerando). Eso sí, espero que se me quede un tipito Kayla total.

Hace años se llevaba lo de ponerse muy “emo” en los blogs. Hoy, lo que se lleva, es ser muy feliz todo el tiempo. Ninguna de las cosas son 100% real. La mayoría de la gente, ni es Sylvia Plath, ni vive constantemente en Disneylandia.

Este post me está pidiendo una moraleja final: Sacad el máximo provecho a vuestra vida real y luego colgad las fotos que os apetezca. Todos sabremos que corresponden sólo a una parte de vuestra vida Y, ¿sabéis qué? Que no pasa nada, está bien. Nadie está feliz, ni guapo, ni delgado, ni alcanzando su sueño todo el tiempo. A veces uno está tirado en el sofá con gastroenteritis.

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