El amor dura tres años, de Frédéric Beigbeder


“Escuchar que el amor dura tres años no es agradable; es como un truco de magia fallido, o como cuando el despertador suena a mitad de un sueño erótico. Pero hay que acabar con la mentira del amor eterno, sobre el que se fundamenta nuestra sociedad, artesano de la infelicidad de la gente.”

Confieso que compré El amor dura tres años porque lo recomendaba Holden Caulfield/Javier Aznar en su Instagram y porque, además su autor, Frédéric Beigbeder, ha escrito un libro que se llama Oona y Salinger y que, por supuesto, también tendré que comprar y leer.

Ese señor es un escritor atractivo al estilo de Jabois (también con pelazo aunque, al parecer, bastante más descarriado), mediático, que ha confesado haber tomado drogas mientras escribía (aunque empeora su escritura, se queda con el vino y la cerveza, como yo), le echaron de la agencia de publicidad en la que trabajaba por satirizar el mundillo en su novela de inspiración autobiográfica y finalista al Premio Goncourt 13,99 euros (también pendiente de compra y lectura) y con una educación elitista de señorito bien.

Como el título sugiere, la novela, escrita en plena crisis sentimental, trata de manera bastante cínica, pero no exenta de humor, el tema del amor y sus fases; que, según el protagonista, Marc Marronier, son básicamente tres: La pasión (primer año), la ternura (segundo año) y la desilusión (tercer año).

“A menudo nos dicen que, al cabo de cierto tiempo, la pasión se convierte en "otra cosa", más sólida y más hermosa. Pero esa "otra" es el Amor con A mayúscula, un sentimiento menos excitante, es cierto, pero también menos inmaduro. Me gustaría ser absolutamente claro: esa "otra cosa" me toca los cojones, y si el Amor es eso, entonces dejo el Amor en manos de los gandules, de los descorazonados, de la gente "madura" que vive varada en su comodidad sentimental. Mi amor, el mío, lleva una "a" minúscula pero tiene amplitud de miras; no dura demasiado pero, por lo menos, cuando está allí lo notas.”

Aunque el tema pueda parecer triste (¿no existe el amor para siempre?) y provocar el que los inseguros se replanteen muchas cosas, el libro resulta muy divertido, arrancando medias sonrisas al lector incluso mientras el lector hace uso del trasporte público madrileño (acreditado), lo que no deja de tener su mérito. Los diálogos son ingeniosos y contiene reflexiones que yo no puedo deciros si son o no acertadas, pero sí bastante graciosas.

Reconozco que es una novela curiosa para comprarse un par de meses después de haberse uno casado, pero, para la tranquilidad de todos, os aseguro que no ha hecho mella en mi ánimo ni en mi espíritu.

Es un muy buen libro, bastante cortito, inteligente, con una prosa ágil y ligera, pero con todo en su sitio (como los artículos de Camba). Yo incluso releía frases, párrafos y capítulos enteros, deleitándome en cómo encajaba todo de bien, sin aspavientos ni pretensión.

Su maridaje natural sería, en mi opinión, una cerveza bien fría y unas aceitunas en una de las terrazas con las que todavía nos obsequia el otoño madrileño. Y, todo ello, sin tomarse muy en serio al bueno de Marc/Frédéric.

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