Desmitificando los viajes

Vista de Cartagena de Indias desde el avión.
Hemos estado de viaje tres semanas y tengo que reconocer que, a mediados de la última, mi mayor afán era lavar toda la ropa que llevaba en la maleta en mi propia lavadora. Y es que, viajar está muy bien, pero casa es casa.

Reconozcámoslo: Los viajes se han mitificado hasta el extremo. Parece que no se puede estar en un lugar mejor que de viaje; y que la situación vital ideal sería un viaje continuo por el mundo. Minimalista, con un Macbook Air, un Iphone, y permanente y estable conexión a Internet.

Y la realidad es que los viajes tienen muchas ventajas, pero también algunos inconvenientes que se obvian en Facebook o en Instagram en apoyo de la tesis oficial (que viajar mola más que nada) y que yo siento el deber moral de traer a colación.

No quiero ponerme excesivamente escatológica, pero los viajes llevan consigo, indefectiblemente, una serie de molestias estomacales que, sinceramente, no me creo que a ni uno solo de vosotros le sean ajenas. Acidez, diarrea o estreñimiento son peajes que sabemos que tendremos que pagar desde el momento en el que tenemos la tarjeta de embarque en la mano. Viajar suele suponer tener que comerse la comida de los aviones, que es una de las cosas más asquerosas que existen en la tierra y, si uno se niega, como poco se verá abocado a soportar el olor a recipientes de estaño recalentados en el microondas. Solo el recuerdo me despierta la náusea. Viajar, en el mejor de los escenarios, engorda; el peor escenario es una infección intestinal.

Estar de viaje no es ese nirvana, ese priority boarding a través de un portal místico, que nos intentan vender. Viajar es, en ocasiones, incómodo e, indudablemente, cansado. Por lo general, significa madrugar todas las mañanas, agobiado por la cantidad de lugares que hay que visitar, todos los “tics” que hay que poner, todas las fotos que hay que hacerse, editar y subir a las redes sociales.

Es, en definitiva, lo contrario a ociar, puesto que supone obligaciones constantes: Levantarse temprano para aprovechar el día, amortizar el bufé de desayuno del hotel, hacer fotografías incluso cuando no apetece nada, informarse sobre el lugar que se visita, integrarse, relacionarse con los autóctonos. Estar todo el tiempo preocupado por si se diera el caso de que no se estuviera disfrutando al máximo de todo eso. Ir al baño rápidamente cuando el guía, benévolo, te concede “cinco minutos para hacer pis”.

Con esto no quiero decir que no haya que hacerlo. Opino que hay que procurar viajar todo lo posible. Pero, como todas las cosas de la vida, presenta claroscuros que, de vez en cuando, conviene puntualizar en beneficio de la salud mental de los que se han quedado en casa.

En cualquier caso, me alegra informaros de mi regreso (a casa y al blog).

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