La dulce vida de barrio

Madrid desde el Lago de la Casa de Campo

Nadie que viva en Madrid me ha dicho nunca que el tiempo le cunde muchísimo. El tiempo en Madrid vuela, se esfuma, se evapora; y este hecho indiscutible resulta más doloroso aún para los que no somos de Madrid y tenemos una medida del tiempo distinta al tiempo de Madrid con la que comparar. A nosotros Madrid nos drena la vida (esto suena mucho a cartas Magic). Se levanta uno a las siete de la mañana y parece que a los diez minutos ya se está acostando.

Por eso cuando los foráneos, los de provincias, volvemos a casa, el tiempo se nos antoja de repente flexible, maleable, elástico. Los días parecen más largos; los planes más factibles; el metro, el recuerdo de una experiencia pasada y desagradable.

Madrid tiene mucho que ofrecer, pero es tramposa y a cambio nos exige que nos dejemos la vida (y la bolsa) en taxis, trayectos eternos en el suburbano y atascos demenciales en la M-30.

Yo cada vez estoy más entregada a la vida de barrio. Para ello hace falta tener un buen barrio, por supuesto; y os aseguro que el mío es el mejor. También hay que cultivar una rutina de compras, paradas técnicas a repostar, lugares donde cenar: en ese ponen la mejor tortilla, las bravas de aquel están exquisitas, la tarta de queso del otro lado es un pecado, en este los perros son bienvenidos.

Se trata de reproducir en un espacio que nos resulte asumible nuestra plácida vida de provincias. En ocasiones, algún amigo te hace la mala jugada de no vivir en el barrio. Ese tipo de afrentas, que sólo se superan con mucha tolerancia ante los defectos ajenos y sosegadas conversaciones en los que ellos exponen sus peregrinas razones (que no te convencen, pero tú haces como si sí porque, después de todo, sois amigos), obligan a embarcarse en odiseas interminables y uno sólo puede aplacarse un poco recordando los célebres versos de Cavafis: “Cuando la travesía emprendas hacia Ítaca, pide que sea largo tu camino, lleno de aventuras, pleno de saberes. […] Ten siempre a Ítaca en la mente. Llegar allí es tu destino. Pero sin prisa alguna en el viaje.”

Otras veces uno se siente aventurero (como si, de repente, hubiera adquirido ese gen del que se habla en los blogs de viajes) y decide desplazarse hasta La Central de Callao, por ejemplo. No es que en el barrio no haya librerías, y por supuesto que cualquier libro puede ya comprarse por Internet, pero por momentos se descubre intrépido. Se apareja debidamente: coge el abono transporte, reparte el dinero entre el monedero y esa faltriquera que le compró su madre cuando tenía trece años y se iba a estudiar inglés a Cambridge, bebe agua, hace pis, se toma un café para despertar los sentidos y estar atento a todos los nuevos estímulos, vuelve a hacer pis porque con el café le han entrado ganas de nuevo, escribe unas cuantas cartas a sus seres queridos y, por fin, se siente preparado para emprender el viaje. Sale de casa, cierra con doble llave, alcanza el metro, y se lanza a la vorágine de lo inexplorado.

Comentarios

  1. Supongo que es culpa de las distancias y del tiempo que se tarda en recorrerlas o del ritmo de vida frenético que llevamos. Yo he nacido en Madrid y cuando viajo a cualquier otro lado de repente el reloj parece correr más despacio, tal vez es que nos adaptamos a lo que vemos y si la ciudad va más pausada, nosotros también.

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    1. Sí, yo creo que es una mezcla de las dos cosas: de las distancias y de que nos adaptamos al ritmo de la ciudad :D
      ¡Muchas gracias por tu comentario, Óscar!

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  2. Este artículo es muy bueno. Enhorabuena y que viva la vida de barrio. No soy un bot.

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    1. ¿Y quién eres, si puede saberse? ;) ¡Muchas gracias!

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