Todo lo haría otra vez

Por las noches de aquel mes de septiembre, previo a que se reanudará el curso en la universidad, íbamos muchos, como otros años que fueron y serían, al recinto ferial a hacer botellón. Un verano incluso colocaron una carpa, pusieron música, una pista de baile, barras donde servían copas; pero los de los bares del centro protestaron porque ya nadie bajaba allí, después de ir al ferial, ni consumía en sus locales y al año siguiente se decidió no hacerlo. La gente de fuera siempre se sorprende cuando lo cuento, pero es cierto: En Cáceres el Ayuntamiento ponía un autobús gratis que salía desde la Cruz de los Caídos y llevaba al ferial. Se hizo así para sacar el botellón (el Botellón) de la Parte Antigua y los pises de las piedras medievales.

No sé si fue ese mismo día, o sería otro y se me han superpuesto los recuerdos para dotarlo de más relevancia, como si pasara todo junto y por ello la fecha fuera aún más señalada; pero en una ocasión, unos cuantos no conseguimos tomar el autobús de vuelta y tuvimos que volver caminado. Yo llevaba unas alpargatas de dedo con cuña que, una vez que sus tiras se habían hundido bien en la piel, cercenándola, y la piel había cicatrizado, resultaban de lo más cómodo y volvía al lado de una chica que se quejaba, enfadadísima, de que su novio (que daba la casualidad de que era un ex novio mío) iba hablando, consolando en realidad, a otra, y de que los zapatos de tacón le hacían daño.“¡Pero es conmigo con quién va a dormir esta noche!”, me dijo finalmente, aunque más parecía que lo decía para ella, dispuesta a zanjar definitivamente el asunto y su propia crispación. Yo le ofrecí entonces que intercambiáramos nuestros zapatos durante el resto del trayecto.

Como digo, no sé si esa misma noche, aunque lo recuerdo como si así fuera, una amiga me presentó al amigo de su novio. Yo llevaba una falda azul larga, vaporosa, y una camiseta sin mangas también azul, mis cuñas de esparto y acababa de protagonizar un discurso maternalista, toda cargada de razón, ante una audiencia formada por un único espectador borracho, un chico que, a mi modo de ver, no se había comportado justamente conmigo, como si no fuera yo la damnificada y estuviera allí para sentar cátedra. Es increíble la de cosas inútiles en las que empleamos nuestra energía a veces.

Al volver de tal encomiable misión a la seguridad del grupo, mi amiga me propuso acercarnos al lugar en el que solían estar su novio y sus amigos y fue allí donde le vi por primera vez. Llevaba una especie de polo sin botones, abierto hasta bien empezando el pecho, en una gama indefinible de ocres y que me pareció horroroso, una sonrisa de lado, lobuna, y parecía muy satisfecho de sí mismo. Hablamos durante unos minutos sobre la universidad y el tipo de gente que allí estudiaba. Me llamó pija, me dijo que “daba el tipo”. Bromeó conmigo. Yo me puse seria, le miré y le contesté que no me conocía y que no sabía absolutamente nada de mí. Me di la vuelta y me marché muy digna. Y así confluyeron, en esa noche, pasado, presente y futuro.

Diez años después, mientras escribo ésto, está sentado a mi lado jugando a la Playstation leyendo un libro.

Y son para él todas las palabras.

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