Los karaokes

Parecía una noche como cualquier otra, pero terminamos en un karaoke. Así dicho suena misterioso, incluso excitante. Lo cierto es que no llegamos a arrancarnos con ninguna canción.

Mi experiencia en el mundo del karaoke y derivados comienza en Cáceres, con unos 16 ó 17 años, entonando canciones de Sabina con muy poca pericia, mucha desafinación y en infame falsete. Miento, empecé, muy precozmente, cantando Hilario Camacho con mi tío Toni. Precozmente y mal, aunque el pobre me animaba mucho.

Continué mi exitosa andadura cantando It's not unusual de Tom Jones a voz en grito con mi amiga Marina una Nochevieja de hace eones en una fiesta en una casa. Años después, volvería a vocear canciones de Shakira en casa de mi amigo Antoñito junto con Reque mientras los demás gritaban por el balcón artículos de la Ley 30/1992, de 26 de noviembre, del Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiendo Administrativo Común porque así era como nos las gastábamos. Siempre hemos sido unos macarras conflictivos.

Recuerdo, por ser particularmente curioso a la luz de cómo ha resultado todo, una fiesta en casa del que es ahora mi novio y otro karaoke. Canté, hermanada con su prima Lucía (un beso si me estás leyendo, bonita), Voy en un coche, más mal que bien porque confieso que no me sabía la letra. Christina Rosenvinge para mí, bueno, bien, pero nunca he sido megafan ni nada.

Percomo y yo llevamos años pergeñando planes de karaoke con exiguo éxito, por no decir inexistente. El karaoke de verdad (y no hablo del SingStar o sucedáneos) necesita de un estado mental determinado, de una disposición nostálgica e incluso viejuna. De un espíritu decadente.

Yo no sé cuántos karaokes quedan en Madrid y mucho menos en Cáceres, pero pondría la mano en el fuego por que todos son más o menos como aquel en el que tuvimos el valor de adentrarnos el fin de semana pasado.

Todos los karaokes han de tener (obvio) una pantalla, micrófonos, el equipo en el que sea que se reproduzcan las canciones enlatadas, videoclips deprimentes, un listado manoseado de temas en archivadores con fundas perforadas transparentes con manchas de gotas petrificadas de bebida y polvo de quicos, panchitos o pipas sabor barbacoa. Madera por doquier. Los baños, ni impolutos ni asquerosos.

Todo karaoke necesita, al menos, una pareja de chinos. En Cáceres los chinos escasean, pero apuesto a que todos los disponibles se concentran en el karaoke (si es que el karaoke existe). Los chinos enlazan canciones sin descanso, ajenos al desaliento y a las burlas de los parroquianos.En ocasiones resultan un poco acaparadores pero, por lo general, adornan y ambientan.

Todo karaoke precisa también de algún señor, un poco mayor, un poco perjudicado, acodado en la barra pidiendo brebajes fuertes y pasados de moda, tipo whisky con coca cola o Beefeater con tónica (y no un gintonic florido de los de AHORA) y haciendo por ligar. A veces viene acompañado de sus esbirros, pero otras no y, en esas ocasiones, daría hasta un poquito de lástima si no fuera porque el machismo se masca en el ambiente si uno se acerca a un par de pasos de distancia.

A un karaoke de los de antes (y no hablo, como digo, del SingStar) hay que ir algo borracho porque si no todo resulta, irremediablemente, un poco triste y un poco penoso. Pero no demasiado porque entonces se corre el riesgo de rozar el patetismo.Yo siempre he sido muy partidaria de los karaokes, pero en su justa medida y con la justa tasa de alcohol en sangre.

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