Estrategia para celebrar San Valentín sin tener que renunciar a la pose


Mi novio ya me tiene advertido que "en casa no se celebra San Valentín", así que le he comprado un regalo que le daré antes del 14 de febrero para camuflarlo de "yo te lo demuestro todos los días".

A lo largo de mi vida no he tenido mucho problema con San Valentín y ahora que con la edad soy cada vez más templada y menos hater, no tengo ninguno. San Valentín para mí no ha sido más que una tontería por la que se agobiaban absurdamente los adolescentes de los institutos en las películas y series teen estadounidenses. No me ha generado ni estrés ni frustración.

Recuerdo que el novio que tuve en bachillerato apareció un año con una rosa a la puerta del colegio. En el fondo estaba muy agradecida, pero me escabullí de allí rápidamente porque, aunque un regalo de San Valentín era algo que uno secretamente deseaba (tampoco de manera muy intensa), había que aparentar que no, que de ninguna manera, que menudas ocurrencias, qué adorable.

Recibir un regalo de San Valentín en público suponía un pequeño bochorno. No recibir nada no era ningún drama.

Con el paso del tiempo, superada la adolescencia profunda, quedó claro que celebrar San Valentín era una americanada cateta, igual que celebrar Halloween. Como las muestras de amor en Facebook.

A día de hoy, en vista de que mi novio se opone frontalmente a su celebración, aparentemente me allano y no chisto. Pero, como pienso que toda excusa es buena para cenar fuera y regalar, he elaborado una genial estrategia con la que mantengo mi honor intacto y que me permite conservar la pose de "yo estoy de vuelta de esta chorrada". La de hacer un regalo con un rollito "cultivado".

Con este plan maestro trazado entré yo el otro día en una librería y vi que allí tenían una pila de libros ad hoc para regalar en fecha tan señalada. Títulos como Las cien frases sobre el amor, de Paulo Coelho (me lo estoy inventando) o Amarse con los ojos abiertos, de Jorge Bucay (este libro existe), colocados con primor sobre un fondo rosa palo con corazones rojos. Nunca es un buen momento para regalarle algo de Coelho o Bucay a alguien a quien quieres, pero si además lo haces con la intención de que no te cuelguen el sambenito de "hortera de San Valentín" es un mastodóntico error táctico. Me alejé de allí rápidamente y dirigí mis pasos hacia los libros de la editorial Anagrama.

Hoy, día 13 de febrero (y antes de que se publique este post), le daré a mi novio el libro que le he comprado y le propondré que probemos ese restaurante tan trendy, tan hipster, tan de Guía Gastronómica. Como no me habrá comprado nada, porque "en casa no celebramos San Valentín", se sentirá culpable y no podrá negarse. Y como la cena tendrá lugar el 13, en un lugar que además será un must de guía de ocio, no estaremos infringiendo la regla. Es más, seremos unos modernos.

Y así es como uno consigue celebrar San Valentín sin salirse de los cánones del buen gusto, el estilo y lo socialmente aceptable. De nada. Podéis mostrarme vuestro agradecimiento en forma de cajas de bombones edición especial. Así recibiré regalos y será un San Valentín redondo.

Comentarios

  1. jajaja! Eres muy grande! Pues nosotros esta noche nos vamos al Can Xurrades a cenar carne a la piedra y nos hemos regalado sendos cepillos de dientes bluetooth para mantener nuestra higiene bucal controlada por el iPhone :-) Viva San Calentín! :-*

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    1. Jajajaja, pues yo al final me he regalado a mí misma una cámara de fotos así que ahora, además de sufrir mis posts, tendréis que aguantar mis arrebatos fotográfico-artísticos! :) ¡Feliz San Valentín, preciosa!

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