El vestido de novia

Usnplash- Photo by Brandon Morgan

El peregrinaje de cualquier novia por las tiendas de vestidos suele dar para varias historietas cómicas, así que creo que puedo darme con un canto en los dientes por tener, de momento, sólo una para contar.

Hace un par de meses concerté una cita, entre otras muchas, en una conocida casa de vestidos de novia. Como a veces soy la típica clienta puñetera que va de que tiene muy claro lo que quiere y, además, si pudiera lo compraría todo por internet, examiné exhaustivamente toda la colección en la web e insistí mucho a la señorita que me atendió por teléfono en que quería probarme especialmente dos modelos que ella, con (aparentemente) mucho trabajo, consiguió tener en la tienda en la fecha señalada. Quedamos para un sábado con al menos un mes de antelación.

Aunque pensábamos estar el viernes en casa, por azares del destino tuvimos que salir de viaje el mismo sábado por la mañana, muy temprano. Se tarda unas dos horas y media o tres en llegar, así que nos despertamos, mi novio que conducía y yo, a eso de las seis.

En destino me esperaban mi suegra y mi madre. La cita era a las diez. Llegamos a las diez menos cinco. Llamamos al timbre y una señorita salió a decirnos que enseguida abrirían, que esperáramos fuera. Era diciembre así que, a pesar del cambio climático, nos pareció una exigencia un tanto extraña, pero la acatamos sin protestar. A las diez y diez por fin las dos chicas que despachaban esa mañana tuvieron a bien hacernos pasar.

Nada más entrar por la puerta, una de ellas, mi "señorita asignada" me preguntó que cuántos vestidos me quería probar, si sólo los dos que le había dicho por teléfono. Le contesté que, ya que me había levantado a las seis de la mañana y venía desde Madrid sin desayunar siquiera, esperaba probarme, si era posible, alguno más. La gente suele percibir la amenaza velada que supone el que yo advierta de que tengo hambre, pero esta chica ni se inmutó. Nos tuvo de pie sin invitarnos a que nos sentáramos mientras encendía el ordenador que, providencialmente, se colgó. La chica dijo que no importaba, que de todos modos no tenían la mayoría de los vestidos que aparecían en la web, así que lo mejor era que me probara directamente lo que hubiera. A pesar del hambre me pareció muy espontáneo y muy bien todo y que, con esos comienzos, ya todo era mejorar. Una ingenuidad.

La "señorita asignada" era una persona rezongona, de esas que refunfuñan por lo bajini, que te entran ganas de gritar "A ver, a ver, ¡dilo en alto si es que tienes lo que hay que tener!". Pero hay cosas que una no puede hacer subida en una tarima, con tacones de ocho centímetros, y en paños menores y con un cancán.

Empezamos por los dos vestidos que tenía ya mirados. Eran bonitos, pero la desidia de la "señorita asignada", que se suponía que tenía que ser mi maestra jedi en el asunto, le quitaba mucha gracia al circo aquel. Y es que probarse vestidos de novia tiene un componente muy emocional. Esperas salvas de aplausos, loas y odas.

Como allí habíamos ido a jugar, le sugerimos entonces que nos sacará otro vestido, uno pegado, por probar. Después de eso, agotadas ya de tener que llevar nosotras todo el peso del entusiasmo, le preguntamos amablemente si se le ocurría algún otro que pudiera quedarme bien. La chica me miró, bajó los ojos, replegó todo el cuerpo, y me dijo con un hilillo de voz, como disculpándose: "Ummm, no, no, creo que no".

En otras circunstancias me habría ido de allí deprimidísima por haber dado sólo con dos vestidos que me quedaran medianamente bien (tampoco ninguna locura) de entre un catálogo de cientos. Sin embargo, me sentí enormemente aliviada. Sólo podía pensar en las tostadas con aceite, tomate y jamón y en el café con leche que en pocos minutos estaría tomando en el Gran Café.

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