El peor masaje de mi vida me lo dieron en Gili Trawangan

Mi historia con los masajes comienza en el Haman de Cemberlitas, en Estambul (aunque, más que un masaje consistió en una "refriega" con jabón lagarto, y atención al juego de palabras, que me ha llevado varios minutos), y termina con un masaje thai en Kuala Lumpur. Podría dejarlo así, y quedar de cosmopolita y viajada, pero la decencia me obliga a añadir que es que a mí, en España, donde paso la mayor parte de mi tiempo y tengo incluso mi domicilio fiscal, no se me ocurren estas ideas excéntricas y estrafalarias (léase, los masajes).

Como resultado del rifirrafe de Estambul me quedaron varios arañazos y dos certezas. La primera, que con las matronas turcas no se juega. La segunda, mi reticencia a que me toquen desconocidos.

Varios años después, recientemente, hemos viajado a Asia, y como yo no quiero ser la turista que come en el Hard Rock, decidí volver a someterme a lo que allí es un clásico: El masaje. En concreto el balinés que, bien dado, me dejó roncando en una camilla inmaculada, flotando en el perfumado aroma del aceite de cítricos.

Pero también es justo decir que el peor masaje de mi muy limitada experiencia en el mundillo me lo han dado a mí (y a otros pobres damnificados) en Gili Trawangan.

Gili Trawangan es, de las tres islas Gili, la mayor y la de la juerga y el desenfreno. Es a los australianos lo que el Pink Palace en Corfú a los italianos ebrios. Además de por la marcha y por unas condiciones sanitarias más que laxas, imagino que en todos los sentidos, se caracteriza por el buceo (mi segunda actividad favorita después de fregar un water ajeno con un cepillo de dientes), y por unos pocos kilómetros de estupendas y desiertas playas que se pueden recorrer en bici (yo me caí, claro).

Diría que hubiera sido un sitio divertidísimo para un "yo" distópico localizado en el año 2002. En realidad exagero. Diría que es un sitio muy molón para el que quizás se me ha pasado la edad, pero que me alegro de haber conocido.

Y es que, Gili Trawangan es esto:

Creative Clinic, tranquilidad máxima

Pero también es esto:




En cualquier caso, el masaje.

Después de una espectacular experiencia en Seminyak nos las prometíamos muy felices. Pero, ah, amigos, ¡no todo el monte es orégano! Como los pardillos amateur que somos, elegimos el establecimiento que nos pareció que tenía mejor pinta de la calle principal de la isla y nos introdujimos en sus tortuosas profundidades. Tras conducirnos a unas camillas separadas unas de otras por ligeras cortinillas,  desprendernos de casi todos los bienes terrenales que llevábamos encima, y un poco también de nuestra dignidad, comenzó el show.

Mi masajista procedió a embadurnarme de un líquido que rascaba y que yo, en mi ingenuidad, identifiqué mentalmente con algún tipo de exfoliante. En realidad no era más que el aceite de costumbre mezclado con arena de playa. Mientras, la música de los garitos contiguos sonaba atronadora, y la chica aprovechaba los bajos para hacerme cardenales frotando la piel de mis pobres brazos contra la camilla de cuero, y sin la supuesta protección higiénica (más ingenuidad) de la sabana protectora.

Desde mi evidente situación de inferioridad, yo miraba el suelo, con la cabeza metida en el agujero de la camilla deseando muy fuerte que todo aquello acabara pronto. De repente, me fijé en los pies de la chica y me pareció ver que llevaba puestas las chanclas que yo me había quitado al entrar. "No es posible", me dije. "¡Anda que no habrá chanclas negras en el mundo!" Pero otro vistazo fugaz reveló que las que calzaba le quedaban grandes varios números. Sin saber muy bien qué hacer, petrificada de espanto, me pasaron por la cabeza las mil advertencias de mi madre sobre hongos en piscinas, hoteles y centros estéticos donde le hacen a una la pedicura, y me vi irremediablemente condenada. O volvía caminando descalza hasta la villa y me cogía el tétanos o alguna variante de hepatitis, o me ponía mis chanclas y me encomendaba a los dioses fungicidas. 

Así cavilaba yo cuando la chica me indicó que podía darme la vuelta para continuar con el masaje de frente, oportunidad que aproveché para advertirle, muy amablemente, por si ella no se había percatado, de que llevaba puestas mis chanclas. "Ah, sí, tus chanclas las tengo yo!", respondió con toda naturalidad. Y yo, obviamente, no repliqué.

A los veinte minutos salí de allí con mis moretones, mi espalda arañada con arena de playa y mis potenciales hongos, después de dar las gracias y abonar las rupias correspondientes.

Comentarios

  1. Respuestas
    1. Totalmente indemne! Ni hongos, ni secuelas en forma de dolores musculares ni nada de nada :)

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