Mi experiencia con el buceo: ¡Ah, El Horror!

Hace un par de semanas, viajamos hasta el mar con el objetivo principal de obtener un certificado que te permite bucear con botella hasta 18 metros de profundidad y sin instructor. Ahí es nada.

El curso está ideado para poder hacerse en un fin de semana muy intenso: Hay que estudiarse un librito, pasar un examen y hacer una serie de ejercicios en aguas confinadas y abiertas a satisfacción del instructor si es que este es concienzudo y profesional, algo que es de agradecer teniendo en cuenta que el buceo es, potencialmente, una actividad harto peligrosita.

Vaya por delante que yo, en la vida, hay varias cosas que hago relativamente bien y una serie de cosas que hago francamente mal que son, como muchos sabéis, arroz, pintarme la raya del ojo y, aunque no os lo haya contado antes, nadar. Qué sorpresivo.

Así es. Soy una nadadora mediocre (siendo benevolente). Diría que es porque soy de secano pero, para alguien que se ha pasado todos los veranos de su niñez y juventud en Almería, eso no parece excusa. Lo cierto es que soy mucho peor nadadora de lo que sería razonable.

Os voy a decir una cosa: Bucear no es fácil. Podéis confiaros, como me pasó a mí, pensando que hasta el más tonto bucea. Pero, como ya he comentado en alguna otra ocasión, es increíble la cantidad de cosas que el más tonto hace mejor que yo (conducir, probablemente).

Personalmente, bucear me parece increíblemente jodido. Para empezar, el equipo es una especie de locura pseudoespacial, lleno de tubitos y moviditas que hay que saber encajar bien bajo amenaza de muerte. Y no hay que olvidar (que no os pase como a mí) que el buceo consiste en estar sumergido bajo el agua unos 30-50 minutos. Esto, si eres un mutante en Waterworld, va de suyo, pero para el resto de nosotros es algo bastante antinatural.

Dejemos las divagaciones y pasemos a mi experiencia. Ese jueves había tenido evento Team Building en el trabajo y había hecho tirolina por primera vez en mi vida sin morir en el intento, con lo cual me sentía imbuida de un espíritu aventurero muy impropio de mí. Además, me había encargado de contarle a todo el que quiso escucharme que el fin de semana me iba a bucear. Como si estuviera a punto de protagonizar un extreme adventure weekend largo. De ese modo, me aseguré a priori de que mi fracaso resultara bien conocido y especialmente frustrante.

Todo fue bien con la teoría. Aquello parecía un capítulo de 1000 maneras de morir, pero nada que no pudiera sortearse, por ejemplo, haciéndole una señal a tu compañero a 18 metros de profundidad para que se acercase a ti, agarrándote a él, retirando tu regulador de tu boca y tomando su pulpo de su pecho, y respirando con toda tranquilidad. Todo ello sin dejar de soltar burbujitas.

Lo complicado llegó con la parte práctica. Por mucho que el neopreno me favorezca, al poco empecé a darme cuenta de que aquello no era lo mío. Para empezar, nada más colocarme el regulador, rompí la boquilla. Al rato, rompí la tira de las gafas. Fool me once... Por último, me estalló un latiguillo al lado del oído izquierdo, que aún se me resiente en las noches calurosas de aire acondicionado. Como dice mi amiga Jara "NO TENÍAS QUE BUCEAR".

En cualquier caso, todas estas incidencias se dieron en tierra, en un entorno controlable y dentro de mi zona de confort (que, por cierto, pretendo abandonar lo menos posible en el futuro). La broma llegó en el agua. 

Como decía, el certificado te habilita para bucear por tu cuenta, por lo que tienen que asegurarse de que estás preparado para resolver cualquier imprevisto que pueda pasarte bajo el agua (y que, aunque de la lectura de este post pueda deducirse lo contrario, NO TIENE POR QUÉ PASAR). En cualquier caso, eso supone que estén obligados a colocarte en situaciones que no son agradables. En el curso no estás ahí a tu rollo, viendo pececitos (al menos no al principio), sino aprendiendo, por ejemplo, cómo reaccionar si pierdes las gafas o se te acaba el oxígeno. Hay gente a la que todo esto se le da naturalmente bien, (no a mí, obvio) pero, de todos modos, no lo calificaría como una actividad fácil. Sigamos.

Respirando bajo el agua descubrí una cosa: Que no me produce ningún placer. Descendiendo 5 metros (lo más a lo que llegué) aprendí otra: Que 18 metros son mazo de metros.

Ahí estaba yo, una criatura protestona, llorosa y torpe que, frustrada, increpaba al monitor, una especie de Hansel el de Zoolander, buenrollista, que todo el rato me repetía "Está en ti" y "Sólo por estar aquí ya eres muy valiente", lo cual sólo me generaba más deseos de ahogarle. "¡¿Pero cómo se me pudo ocurrir que esto era una buena idea?!", clamaba yo, indignada conmigo misma, odiando a todo el mundo, sorbiéndome los mocos e intentando mantenerme a flote, todo a la vez.

Long story short: I quitted. Lo dejé. Arrivederci. Au Revoir. Y tengo que decir, haciendo honor a la verdad, que fui la única. Todos mis compañeros superaron el curso y lo disfrutaron incluso.

En fin. ¿Cuál es la moraleja de todo esto? Son dos: Conócete a ti mismo. Y no uses frases hechas para consolar a chicas al borde de un ataque de nervios si no quieres despertar sus latentes impulsos homicidas.

Por mi parte me dedicare al snorkel.

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