Garrucha y el veraneo


En Garrucha deja uno de tener obligaciones y cambia el horario. Uno sabe que está en Garrucha porque se sienta a comer a las cuatro de la tarde y encontrar un libro en los puestos del Malecón se convierte en prioridad.

Nada más bajar del coche, le golpea el bochorno como un mazazo y sólo se lo puede quitar de encima dándose cuatro duchas seguidas y despojándose de todo lo superfluo, lo que supone pasarse los días enteros en chanclas y bañador. A mí me baja tanto la tensión que, cuando despierto por las tardes, no sé si ha sido de la siesta, de la hibernación o de la criogenización. Y no precisamente por el frío.

A media tarde, los comerciantes comienzan a desplegar sus bolsos, vestidos ibicencos, bisutería con el motivo del indalo y cremas hechas a base de aloe vera en el paseo, y los veraneantes paseamos entre ellos, toqueteando un año más la misma mercancía, comprando cosas inútiles que desecharemos al final del mes de agosto.

Por las noches llegan a la terraza de casa, mucho más nítidamente de lo que sería deseable, las voces y la música de la feria. 

El tiempo se detiene, y es asunto de vital importancia el precio de las copas en el Club Naútico y la gitana que los viernes vende en el mercadillo los mejores bikinis.

Decir Garrucha es como decir cualquiera de nuestros pueblos de veraneo del Mediterráneo, y veranear es a la vez despectivo y una secreta ambición.

Los veraneantes de largo recorrido, de alta alcurnia, "de toda la vida", desprecian un poco a los que hacen espetos en la terraza de sus apartamentos de alquiler (porque, además, los espetos ni siquiera son típicos de aquí), y van al cine de verano a ver Del revés armados con su cojín y su bocadillo de jamón y queso. Los veraneantes "accidentales", ajenos a esta jerarquía, a estos "estamentos del veraneo", pasean tan tranquilos en camiseta de tirantes por la calle Mayor. Los hijos de unos y otros confraternizan en la carpa de la feria, amigados en torno a minis de calimocho y cerveza.

Los lugareños aprovechan el tirón de los meses estivales, vocean gallopedros y jureles en las pescaderías, suben los precios de los aparcamientos, y no se explica cómo la demanda de este pueblo puede absorber la oferta de un Lidl y un Mercadona.

La vida sabe aún a caracoles del Cristóbal y panchitos del Pósito.

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