Reivindicando la vida sencilla (aunque pueda no parecerlo)




Hubo un tiempo, al principio, en el que los blogs personales eran otra cosa. La gente escribía bajo seudónimo, casi a diario y le contaba  su vida a un grupo, de número y composición indeterminados, de perfectos desconocidos, en ocasiones en un tono bastante emo.

Ese tipo de blogs se está perdiendo, desplazado por otros con temáticas más centradas, incluso especializados, de nicho, fundamentalmente sobre viajes, moda, coaching y el petulante lifestyle. Y lo cierto es que, por muy bien que te caiga el autor (que a veces es sinceramente mucho), tienden irremediablemente a parecer un poco "vendevidas". Parece que te dicen dónde y cómo tienes que viajar (es más, que lo que deberías estar haciendo ahora mismo es viajar, pringao, estás tirando los mejores años de tu vida), vestir, sentir, pensar y vivir. Dónde deberías comer y abrevar.

No tienen nada de malo. A todo el mundo le gusta ver unas cuantas fotos de Bali mientras sueña con, o incluso planifica, su próximo viaje. Yo, que soy fan declarada de Pinterest, no puedo sino reconocer y admirar la paz espiritual y el bálsamo de evasión que supone mirar blogs de moda, de los que, en ocasiones, se extrae alguna enseñanza. Todo el mundo necesita de vez en cuando que se le diga que existe una forma mejor de planificar su tiempo o incluso (menudo hastío) que salga de su "zona de confort". Yo también quiero saber dónde se comen las mejores pizzas de la ciudad, qué música debo escuchar, los libros que tengo que leer (e incluso dónde debo comprarlos).

La verdad es que no hay vida para tanto vitalismo. El día a día de la mayoría de las personas no consiste en una sucesión de viajes exóticos, alocados maratones de compras, lugares de moda, eventos culturales, momentos casi místicos de epifanía trascendental y de conocimiento de uno mismo.

Sin embargo, a quién le interesa una vida así de gris, ¿verdad? Pues a mí.

Echo mucho de menos esos blogs personales en los que, una desconocida de nick más o menos ocurrente, me contaba que había ido a clase, lo que había comido, cómo se había sentido al perder el autobús, que estaba agobiada porque tenía exámenes, o que el chico que le gustaba no le hacía caso ninguno. Aunque todo pudiera no ser más que una sarta de mentiras. Esos míticos diarios del tipo "hoy me he hecho unos espaguetis", estaban mucho más cerca de la realidad que las vidas trepidantes que se han puesto tan de moda en internet, o que las listas de las diecisiete cosas que hacer antes de cumplir los veintinueve y medio, y las quince cosas que aprendí sobre la amistad mientras me tomaba mi quinto Mai Tai en Tahití (este post sí que quiero verlo, que alguien lo escriba pronto).

Pero, lo que realmente echo de menos es escribirlos. Porque hay días en los que, como todo el mundo normal, lo más interesante que he hecho ha sido poner una lavadora de color. Hay días en que no tengo ya ninguna otra serie de la que hablar, ningún otro libro, simplemente porque no he tenido tiempo de ver o de leer nada nuevo. Semanas en que no he conocido ningún restaurante porque, admitámoslo, el andaluz de debajo de mi casa es muy económico y la verdad es que lo que me gusta es que me pregunten al entrar que si quiero lo de siempre. Porque hay un límite de bromas autoparódicas que una puede hacer de sí misma y su ineptitud para usar un lápiz de ojos.

Yo no quiero venir avasallando, arruinaros el domingo por la tarde. Sólo digo que es posible que la semana que viene no os ocurra nada especialmente excitante (si no es así, por favor, ¡venid aquí y contadlo!). Que no viajéis a Nueva York, ni os paséis por el Festival de Cannes. No montéis vuestra propia start-up, ni os sea revelada la verdad toda de vuestra existencia. Lo que sí que es probable es que haya muchas pequeñas cosas que os alegren días de una vida sencilla que, por otro lado, es la de la mayoría de las personas.

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