Narcolepsia

El otro día, en el WOMAD, una amiga de mi amiga Bea dijo que claro que se acordaba de mí. Que yo era "la que se había quedado dormida en el sofá". 

Así es. En la fiesta de cumpleaños de Bea, en una reunión de más de diez personas, después de cenar y mientras tomábamos unas copas, me quedé, literalmente, sopa en el sofá. Sólo me desperté cuando mi novio me zarandeó un poco, justo a tiempo para oír como nos disculpaba diciendo algo como "Bueno, la voy a llevar a casa y a acostarla".

No es que la conversación fuera aburrida o que no estuviera disfrutando de la compañía. Ni muchísimo menos. No es que hubiera zampado tanto que hubiera entrando en ese bendito sopor de las comidas copiosas y el inevitable walk of shame hasta el sofá o cama más cercano, casi arrastrándote, para dormir panza arriba. Tampoco es que hubiera bebido de tal manera que la embriaguez me obligara a dormir la mona en cualquier superficie disponible. Nada de eso.

Esa soy yo: la que se queda dormida en los sitios. No a cualquier hora, afortunadamente. Pero ya he dado aviso de que yo aguanto, infatigable, hasta que aguanto (como diría Rajoy con su lógica implacable) y, a partir de ese punto, de ese momento en el que llego al límite de mi energía, fácilmente reconocible por inaugurar un estado de falta de coordinación en movimientos y de coherencia en el habla, el que haya sido nombrado por el azar designated driver, dispone de, aproximadamente, unos quince minutos para depositarme en mi casa. O llenaré los cojines del sofá, el reposacabezas del coche, la butaca del cine o, incluso, la barra del bar, de gozosas babas de feliz dormilona.

Plaza Mayor de Cáceres durante el WOMAD. Un lugar tan bueno como cualquier otro para echar una cabezadita.

Este fenómeno no es nuevo en absoluto. Hace unos años advertía, justo en la frontera de los quince minutos, con un somnoliento "Tengo sueño". Ahora, ya en la treintenta, por fin he madurado y no molesto a la gente con evidencias de mala educación. Simplemente bostezo, los ojos empiezan a lagrimearme (todo ello de manera involuntaria, obviamente), me vuelvo absolutamente incapaz de concentrarme en lo que se me está diciendo y, cuando por fin empieza a caérseme la cabeza, con oscilantes movimientos, asumo que lo han entendido. No hace falta que añada nada más: Me estoy durmiendo. Y no hay nada que, ni yo ni nadie, pueda hacer para evitarlo.

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