La Chorbolista

El otro día, leyendo un artículo de Jorge Bustos ("Adopta (a) un tío") me acordé de cuando, en 3º de la ESO, hicimos en clase La Chorbolista. Fue, por supuesto, en represalia por una indignante e infamante clasificación perpetrada por los siete u ocho chicos de nosotras, las (digamos) treinta y seis chicas. Los niños no contaban ni con medios ni con maldad, así que resultaba de lo más inocente: Un nombre asociado a un listado de atributos (obviamente ahí se hablaba de tetas), con una nota para cada concepto. No recuerdo si era lo suficientemente sofisticada como para llevar media. No todo era superficialidad, pobrecitos míos, creo que había una casilla para inteligencia y otra para simpatía.

Alguno de ellos cantó, en abuso de nuestra apabullante superioridad numérica exigimos ver la tabla aquella inmediatamente y, lejos de enfadarnos, nos frotamos las manos, gozosas, plenamente legitimadas, pensando en la pedazo de lista que íbamos a hacer nosotras. La Lista Definitiva. La Chorbolista

Angelitos, en buena hora se les ocurrió poner nota a los culos en una servilleta de papel o en cualquier hoja arrancada de un cuaderno escolar. Porque nosotras, armadas de regla, escuadra, cartabón y rotuladores de colores, les sometimos a un feroz escrutinio. Nada de generalidades; ahí se evaluaba la inteligencia linguístico-verbal, la inteligencia lógica-matemática, la espacial, la musical, la corporal-cinestésica, la intra e interpersonal, e incluso la naturalista. Nada de si el muchacho era simpático en una escala del uno al diez; se le ponía nota en sensatez, amabilidad, optimismo, sencillez, comprensión, tacto, dominio de sí mismo e incluso puntualidad. Y, por supuesto, en culo. Tenía aquello más variables que el Eurostat.

No recuerdo bien cómo terminó todo. Supongo que algún profesor descubrió en algún momento las listas, movió la cabeza con tibia reprobación a la vista de la de los chicos y leyó con espanto y estupor nuestra Lista Definitiva. Quizás los chicos se chivaron (gallinas) y nosotras nos defendimos con que habían empezado ellos (y quizás añadiéramos que no era culpa nuestra que fueran más torpes). El caso es que, a día de hoy, nos encontramos, chicos y chicas, en las Navidades Cacereñas o tomando copas cualquier fin de semana en el Mastropiero, y todos nos saludamos sin rencor. Y eso que me pusieron una nota superinjusta en piernas.

Comentarios

Entradas populares