Un poco de lo que pienso yo sobre los casinos

Ayer fuimos a cenar al restaurante japonés del Gran Casino Aljarafe. La comida fue estupenda y lo pasamos fenomenal. Pero no he venido a hablaros hoy aquí del sashimi de atún ni del teppan-yaki de solomillo, platos por lo demás deliciosos. Hoy he venido a hablar de los casinos.

Los casinos son un horror, lo mires por donde lo mires. He estado tres veces en un casino y en tres casinos en toda mi vida.

La primera vez fue en la República Dominicana. Aunque estoy segura de que el viaje a Punta Cana tuvo sus momentos y es cierto que nos ha dejado grandes recuerdos (momentos y recuerdos que, por otro lado, podríamos haber tenido y atesorado perfectamente en otro sitio, como en Fuengirola o Benidorm), no lo considero, ni mucho menos, como uno de los viajes de mi vida, sino más bien como una mezcla confusa de cargo de conciencia y falta de pertenencia. Y la visita al casino no es que fuera precisamente el culmen del viaje: Gasté cinco dolares en la ruleta y lo encontré aburridísimo.

La segunda vez fuimos a celebrar un cumpleaños al bufé del Casino de Torrelodones y aprovechamos para jugar un poco. Aunque tengo un buen recuerdo de esa noche, esta vez ya me quedó bien claro que el ambiente casinero no es para mí. Supongo que tolero mejor los vicios de los demás cuando los comparto y, a lo largo de mi vida, no he ganado lo suficiente en juegos de azar (no he ganado NUNCA NADA, para ser exactos) como para verle la gracia. La imagen de un montón de rusos y asiáticos enmoquetando las mesas con fichas de 100 euros me pareció triste e inmoral, aunque supongo que no es mucho peor, en una escala más humilde, que gastarse los dineros alocadamente en las rebajas. No sé si fue sugestión, pero el ambiente me pareció decadente (y no "decadente" de un modo bonito y romántico, como Roma o Lisboa). Los hombres demasiado panzones, las mujeres demasiado pintadas y todos ellos entre el arrebato y la desesperanza.

Ayer fue la tercera vez y la noche fue tan perfecta que ni siquiera la breve visita al casino pudo empañarla. Afortunadamente perdimos a los diez minutos y pudimos marcharnos de allí, ponerle el "checked" a ir juntos al casino, y asegurarnos así de que nunca jamás tendremos que volver (al menos a jugar, porque la verdad es que el japo merece mucho la pena).

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