Abundando en el eyliner

He de decir que, respecto al asunto del eyeliner, he recibido efusivas muestras de apoyo que desde aquí aprovecho para agradeceros. Desde "Ya verás como lo consigues" a "Mejorarás con la práctica". Tanto es así que estoy planteándome incluirlo entre mis propósitos para el 2015.

Pero la pregunta relevante es ¿cómo he llegado a mi edad sin saber hacerme la raya del ojo? Para responder a esta cuestión trascendental tengo que remontarme a mis tiernos quince o dieciséis años. Escenario: El cuarto de baño de mi casa de Cáceres. Situación: Unas cuantas amigas reunidas, preparándonos para una de esas míticas fiestas adolescentes en La Ventana, el Rita o similar. Situación: Mi amiga Ampi, pidiéndome que la pintara, que yo era "la que mejor lo hacía". Diferenciándome, erigiéndome, coronándome como la reina teenager del make-up, a pesar de mi incapacidad casi biológica para delinear una simple raya en el párpado, justo encima del nacimiento de las pestañas. Supongo que en ese momento pensé algo como "la raya no importa".

Cuatro o cinco años después. Escenario: La residencia universitaria de mi amiga Amaia, por la zona de Reina Victoria, Madrid. Situación: Amaia, Reque y yo arreglándonos para salir después de haber pasado la tarde con algún tedioso trabajo de grupo. Por esa época la moda eran los ojos ahumados, así que yo protagonizaba la primera intentona de raya negra de mi vida. Una vez superado el trámite me vuelvo hacia mis amigas. Amaia, pobrecita mía, intuyo que por no soltarme a bocajarro que parezco un oso panda trasnochado, me dice con mucha sutileza:  "A mí me gustas más con los ojos menos pintados." Y , obviamente, confío en el criterio de Amaia, como todo el mundo debería hacer, por otro lado. Así que yo interiorizo su comentario y me rindo con alivio a la certeza autocomplaciente de que no necesito aprender a pintarme la raya porque, de todos modos, estoy más guapa sin ella.

Reflexionado sobre ello, tengo que admitir que comentarios de amigos y familia me han ido dirigiendo estéticamente a lo largo de mi vida. Recuerdo en concreto esa vez en la que me dio por hacerme ondas en el pelo, armada de agua de peinado y un difusor. Una noche, viviendo en casa de mis tíos, vestida para salir, pasé por el cuarto de mi primo y le pregunté qué tal iba, a lo que él respondió (un poco caústico, la verdad): "Bien. Si te peinas..." Algo de razón debía de tener, sin embargo, porque unos días después un amigo me dijo que le había parecido verme en la puerta de Cats, pero que había pensando que era imposible que fuera yo "por el pelo que llevaba la chica".

En otra ocasión al presentarme ante mi padre con una falda vaquera corta de tablas, medias tupidas negras y botas altas pidiéndole su opinión sobre mi atuendo, el pobre, que jamás en la vida ha criticado la forma en la que visto ni ha utilizado nunca esa frase tan de padre de "así no sales de casa", simplemente me miró y me dijo: "Pareces El Gato con Botas."

Pero, nada como el día aquel en el que me despedí por Messenger de mi querido Mundichu explicándole que me tenía que arreglar para salir y él me deseó suerte de todo corazón.

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