"...y en todas partes dejé memoria amarga de mí"


"Por dondequiera que fui, 
la razón atropellé, 
la virtud escarnecí, 
a la justicia burlé 
y a las mujeres vendí. 
Yo a las cabañas bajé, 
yo a los palacios subí, 
yo los claustros escalé 
y en todas partes dejé 
memoria amarga de mí. 
Ni reconocí sagrado, 
ni hubo razón ni lugar 
por mi audacia respetado; 
ni en distinguir me he parado 
al clérigo del seglar. 
A quien quise provoqué, 
con quien quiso me batí, 
y nunca consideré 
que pudo matarme a mí 
aquel a quien yo maté." 

Como las tradiciones son importantes, desde el pasado me he autoimpuesto la de ir a ver el Tenorio por estas fechas todos los años. Es una tradición reciente y tierna, pero en algún momento y de alguna manera han de comenzar. Aparte, hay que reconocer que no es para nada original.

A mí el teatro me gusta mucho, pero hay veces en las que la representación se me hace densa e insoportable y entonces caigo en una angustia inconcebible porque me sabe fatal levantarme sin más e irme, que sería lo que haría en un cine. Lo considero una enorme falta de respeto, salvo que la cosa sea increíblemente sangrante. Así, he tolerado estocaicamente atentados a La vida es sueño (como ese Segismundo que olvidó el texto), o al mismísimo Shakeaspeare en Como gustéis, porque soy una gran defensora de practicar la compasión y la compresión en previsión de que se me tenga que aplicar a mí.

Leí el Don Juan hace muchos años, casi niña, en una edición muy bonita de tapas en verde y dorado, una tarde en el campo (lo bueno de leer teatro es que se hace en un suspiro), y me quedé mucho con esa parte tan célebre del "¿No es cierto, ángel de amor...?" Sin embargo, con el tiempo han llegado a gustarme mucho más otras, como los versos que he citado al principio de esta entrada, o aquellas en las que aparece Brígida, que no sé si me gusta tanto por el texto mismo o por lo estupendamente bien que actuaba la actriz que hacia de ella las dos ocasiones en que la he visto y que, curiosamente, resulta ser la misma, porque se trataba de la misma Compañía (¡Oh, sorpresa! Qué imprevisible!).

Dicen los entendidos que el texto del Tenorio adolece de ripioso (que es una cosa muy mala), y cuenta la leyenda que Zorrilla escribió la obra en una noche. Yo creo que el Don Juan es una buena obra para aficionarse al teatro porque el ritmo del texto lo convierte enseguida en familiar, que es la clave para que a alguien le guste algo, pues uno sólo puede querer lo que conoce. Además, tiene de todo lo importante: Amor, traición, vino y espadas.

En conclusión, y si me lo permitís, me voy a tomar la licencia de recomendaros el Tenorio como Introducción al Teatro 1.0. Y, si os parece, ya me contáis qué tal.

Comentarios

Entradas populares