Arreglarse es agotador

En mañanas de domingo perezosas como esta, es cuando tomo conciencia de lo increíblemente agotador que es arreglarse. Se trata de un empeño que no termina nunca porque, una vez que por fin te has hecho la manicura, exfoliado la cara, lavado el pelo, echado la crema, secado el pelo y maquillado, alcanzando la ilusión de que la tarea está completada, prácticamente se puede decir que ya ha empezado a levantársete la laca de uñas del dedo índice derecho. Resulta descorazonador.

Yo me jacto y me precio de haber conseguido llevar al límite la ley del mínimo esfuerzo en este asunto. Combino con la mayor eficiencia una serie de tareas muy estandarizadas al término de las cuales parece que he dedicado un tiempo socialmente aceptable a acicalarme. En el camino he ido eliminando gestos que empezaron a parecerme superfluos, como echarme máscara de pestañas (salvo en ocasiones especiales), simplemente por la pereza anticipada de tener que retirarla por la noche.

Envidio (y mucho), y lo he reconocido siempre, a las chicas que saben hacerse la raya y se ahúman los ojos diariamente, y estoy convencida de que han desarrollado la misma pericia que he desarrollado yo para mis dos rutinas y media de maquillaje "natural" (que en verdad es el maquillaje de la desidia), y que probablemente no le dediquen ni cinco minutos más al día.

Ahora mismo estoy sentada en mi cama, con mi café de pasadas las doce, escribiendo esto y pensando en la tarea que he de acometer en apenas media hora, y que se me antoja faraónica (es decir, convertirme a mí misma en una persona presentable), y considero que si tuviera que ondularme el pelo, por mucho que fuera con una GHD superprofesional, rompería a llorar ahora mismo.

El fenómeno no es precisamente nuevo, pero se ha intensificado en la última época, e incluso transferido a otros ámbitos de la vida (afortunadamente no trascendentales, como supongo que se deduce del tono general).

Este hastío ha estado siempre presente en el terreno de los complementos. Ya hace tiempo que tomé una resolución al respecto, lo cual proporciona mucha paz. Puesto que el simple hecho de decidir cada mañana qué collar pega con qué camiseta, o qué pendientes son apropiados para qué ocasión suponía un ejercicio de voluntad tal que, a los dos días de habérmelo propuesto muy fuerte, me sorprendía llevando durante semanas los mismos pendientes y pasando de todo lo demás (y creo que sólo porque tengo muy interiorizada la máxima de "una niña sin pendientes es como unas lentejas sin chorizo"), decidí que sólo iba a comprar (o sólo iba a pedir como regalo), colgantes, pendientes y pulseras que me gustaran mucho y que no tuviera que quitarme. Esto ha supuesto un ahorro considerable en el tipo de bisutería que se pone verde al contacto con el agua, simplemente porque no cumple la segunda de las premisas y me la tendría que quitar para el 67% de las actividades de la vida, lo cual, obviamente, me generaría una pereza indescriptible.

Con los bolsos y zapatos me ocurrió algo parecido, pero puede que eso sea más bien achacable a lo que se corresponde en términos de moda con madurar, que me comentan que es invertir en bolsos y zapatos atemporales, duraderos y de calidad. Lo sé, suena deprimente y hace que comprar sea la mitad de divertido, pero es incontestable que es un método de ahorro eficaz.

Lo de la ropa es una novedad, y yo no sé si estoy mutando en una moderna minimalista de esas, pero espero que al menos se me compense en mundo interior. Últimamente no compro más que camisas y camisetas de algodón de colores neutros fácilmente combinables, y ni recuerdo la última vez que me marché de una tienda con el mítico vestido o la típica falda imposible que nunca me pondré. Todo esto empieza a parecerse mucho a algo de lo que preocuparse.

Ya está. Me informan de que ya voy tarde a la tediosa tarea de arreglarme.

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