Pablo o la historia más surrealista de mi vida (hasta la fecha)

Se llamaba Pablo y se daba un aire a Paul Newman. Mandíbula cuadrada, nariz recta, labios carnosos y ojos pequeños. Se acercó a mí una noche en una macrodiscoteca madrileña y me dijo: “Tú coges el 27, ¿verdad?” Se refería al autobús en el que los dos íbamos cada mañana a la universidad. “Sí…”, contesté yo. “Te tengo fichada”, me explicó, supongo que esperando que cayera rendida a sus pies ante semejante deferencia. Era guapo a dolor y un capullo integral.

Hablamos un rato, con las cabezas muy juntas, nuestras voces amortiguadas por el bakalao atronador­. Quiso invitarme a una copa y yo decliné la invitación porque ya entonces tenía la manía de no dejar pagar mis whiskies a los desconocidos; me pidió el teléfono y se lo di, fascinada por su mandíbula, su nariz y su desenvoltura de chico mayor.

El lunes nos encontramos en el autobús y me pidió que me sentara a su lado. Pasó los veinte minutos que duraba el trayecto explicándome cómo había aprobado tal examen, casi sin estudiar, simplemente por su inteligencia portentosa. La vocecita cínica que me alerta frente al cretinismo quiso entonces decir algo, pero quedó eclipsada por sus ojos color miel. Desde aquí le mando, desde el cariño, una colleja a la Amanda pasada.

Nos enviamos unos cuantos mensajes y, un par de semanas después, quiso que nos viéramos un viernes por la noche. Quedamos en un bar que hay en los bulevares y donde seguro que todavía se acuerdan de mí.

Yo no tenía costumbre de quedar a tomar copas con desconocidos, y menos aún con la intención evidente de enrollarme con ellos. Así que, antes de mi cita, me recorrí Juan Bravo con un par de amigas y nos tomamos unos cuantos minis desinhibidores. Creo que ron con limón y Martini con limón o algún tipo de brebaje por el estilo. Parece un detalle baladí pero, creedme, tiene su importancia.

A la una y pico o dos de la mañana llegué al local en el que habíamos quedado, y allí estaba Pablo, apestando a Carolina Herrera, fumando un cigarrillo rubio en la puerta. Nos saludamos, entramos en el bar, nos acercamos en la barra y me preguntó qué quería beber. “Un whisky con coca cola”, contesté. “¿Quieres un cigarro?, me dijo entonces. “Claro”, repuse alegre y despreocupadamente.

Nos sirvieron las copas, estuvimos hablando un rato de banalidades y, a medida que Pablo se iba poniendo cariñoso, yo empecé a encontrarme fatal. Él seguía con su rollo, su codo en la barra y su displicencia de pijo madrileño y yo con mi Martini, mi ron, mi whisky y mi cigarro en todo lo alto. Un totum revolutum que me llevaba, indefectiblemente, hacia el desvanecimiento.

“No me encuentro muy bien”, le dije. “¿Quieres que nos sentemos?”, inquirió, caballeroso. Cogimos nuestras copas y nos sentamos en un banco junto a la ventana, pero la revoltura no remitía.

“¿Estás bien?”, me preguntó. “Creo que estoy un poco mareada”, contesté yo al borde del colapso, deseando que callara ya y me dejara en paz de una vez.

En lugar de eso, me sonrió muy ufano y me dijo: “¿Sabes cómo se me pasa a mí el mareo?” “¿Cómo?, contesté con desgana. “Con un beso”, y me besó, confiando en el poder de sus labios sanadores.

Al sacar su lengua de mi boca y apartar sus labios de los míos no pude ya reprimir una arcada tremenda. Me aparté y vomité sobre el tapizado del banco el ron, el Martini y, por supuesto el whisky. En el bar aquél todo el mundo flipaba. El camarero flipaba. Pablo estaba en estado de shock. En la mesa contigua una chica exclamó mientras me señalaba con un índice acusador: “¡Mirad! ¡Esa chica ha potado!”

En defensa de Pablo he que decir que se levantó, raudo y veloz, a la barra a por servilletas de papel. Regresó rápidamente, yo intenté arreglar el estropicio como mejor pude y salimos escopeteados de allí.

Ya en la calle, me dejó a buen recaudo en un taxi y enfiló para But, donde estaban sus amigos. Imagino que a la búsqueda de otra chica que no le vomitara encima cuando la besara.

Sin embargo, esa no fue la última vez que besé a Pablo. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.


(Continuará...)

Comentarios

  1. Me fascina esta historia. De principio a fin. Queremos los demás besos, aunque exijas rescate.

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  2. ¡Es verdad! ¡Que no sabía quién eras! :P
    La segunda parte está ya escrita. ¡En cualquier momento la publico a traición! (Bueno, hoy ya no).
    Un beso!

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  3. Se libró por poco :-) aunque he de reconocer que hubieras ganado lectores tomándote la pequeña licencia literaria de llenar de vómito su camiseta xDDDD.

    Voy a por la segunda parte. Me encanta leerte.

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  4. Jajaja, ¿y quién dice que no ha sido todo esto una licencia literaria? Ni confirmo ni desmiento que sea la verdad :P
    Muchísimas gracias!!!
    Un beso!

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