Más Pablo y más surrealismo

N. B.: Esta es la segunda parte de la historia de Pablo. Puedes leer la primera aquí.

Evidentemente, después de casi vomitarle encima a Pablo estaba horrorizada. Escribí a mis amigos y organizamos un Gabinete de Crisis al día siguiente.

En el metro, de camino, iba dándole vueltas a la historia en la cabeza, intentando encontrar un remedio a mi humillación. Empezó a parecerme todo cada vez más cómico. Recordaba la cara estupefacta de Pablo, la voz de la chica de la mesa de al lado, como quien recuerda una comedia. Yo era una especie de jovencita Bridget Jones hecha carne y todo aquello era una locura inmensa.

Cuando llegué, mis amigos me esperaban alrededor de una mesa llena de tabletas de chocolate y gominolas a modo de bienintencionada comfort food, y me miraban con extrema gravedad, expectantes.

Me senté y comencé a desgranar mi historia. Al poco de comenzar no pude reprimir una carcajada al igual que el día anterior no había podido reprimir el vómito. Fue como el pistoletazo de salida de un cachondeo generalizado que se extiende hasta nuestros días. Todavía hoy, cuando me dispongo a contarle todo esto a alguien, si mi amigo Antonio está presente, él se frota las manos y se acomoda mientras exclama “¡Ay, qué bien! ¡Me encanta esta historia!”

Aún así, el lunes cogí el autobús con ciertas reservas. Caminaba por la universidad con mi amigo Eseque temiendo encontrarme con Pablo. “¡Qué vergüenza, qué vergüenza!”, repetía sin parar. “¡¿Vergüenza tú?!”, me contestó Eseque. “¡Vergüenza él! Qué le va a contar a sus amigos, ¿eh? ¿Qué? ¡¿Qué el viernes besó a una tía y ella potó?! ¡Menudo estigma!”, se solidarizaba.

Tuve suerte y todo esto pasó cerca de Navidad. Entre eso, una manita del azar y un ligerísimo cambio en mis rutinas mañaneras para coger el autobús un poco antes, no volví a cruzarme con Pablo hasta después de las vacaciones.

Una mañana de enero en que andaba yo despistada con los exámenes me di de bruces con él en el 27. A pesar de mis temores, sus ojos no mostraban el miedo a que le vomitara encima a la primera de cambio, sino un genuino interés. Supuso un subidón de autoestima brutal. “Jo, este tío es claramente muy tonto y sólo pretende llevarme al huerto. Pero realmente debe de desearlo mucho si aún quiere después de que casi le vomito en la cara.”

Después de nuestro encuentro Pablo no mencionó el incidente (Año Nuevo, vida nueva) y continuó con sus requiebros, con tanta fortuna que volvimos a quedar, esta vez de esa forma tan casual que consiste en que el tío le pregunte a la tía por dónde va a salir el fin de semana, la tía se lo diga y el fulano se presente allí.

Ese viernes protagonizamos Pablo y yo una danza extraña que consistía en que él se acercaba a mí, me deleitaba con un par de segundos o tres de su presencia y se marchaba a hablar con alguna admiradora o algún amiguete mientras yo seguía plantada allí, como un pasmarote, mirando a mi alrededor como un cachorrillo desamparado. Al día siguiente me juramenté que nunca, jamás en la vida, volvería a tolerarle a ningún hombre algo semejante.

Por fin Pablo terminó su ronda y regresó junto a mí. Apenas habíamos comenzado a besarnos un poco cuando, de repente, una chica le tocó en el hombro.

“Pablo”, le dijo “perdona que te interrumpa. Sólo quería decirte que eres un ser despreciable. ¿Tú aspiras a formar una familia? ¿Tú quieres tener hijos?”  Era la segunda vez que Pablo flipaba en mi presencia pero en esta ocasión flipaba yo en colores también. Automáticamente evalué mis posibilidades en una eventual lucha cuerpo a cuerpo si acaso a ella le daba por dirigir hacia mí su ira. Ah, el instinto de supervivencia. Me tranquilicé enseguida cuando constaté que la chica morena y menuda me ignoraba por completo, demasiado ocupada en discutir acaloradamente con el trasunto de Paul Newman con cara de bobalicón.

Por fin ella se marchó y él se volvió hacia mí, indignado. “¿Has oído lo que me ha dicho?” “No, no”, mentí yo con ojillos inocentes. “¡Que si quiero tener una familia! ¡Si pretendo tener hijos!”, exclamó. “Es que esta chica es amiga de una con la que estuve yo saliendo en Navidad…” me explicó. “Bueno saliendo… ¡de rollo!”, puntualizó (Inciso 1: Ejemplo práctico de la importancia de que vuelva la pregunta “¿Quieres rollo?” La pobre no-novia de Pablo vivía en la ilusión de que lo era y todo degeneró en esta escena de vodevil.) (Inciso 2: Lo de las amigas vengadoras me parece tremendo. Amigas mías, nunca, jamás, montéis un pollo por mí. Mis batallas las libro yo. Gracias. Os quiero.)

“Mira, déjalo”, le dije. “No me tienes que explicar nada. Si yo ya sé lo que hay…”, repuse desenvuelta, con aire de mujer de mundo que se las sabe todas. “No, no”, insistía Pablo. “¡Es que QUIERO explicártelo!” “No sé, es que ella tiene un poco de razón… ¿no?” añadí yo conciliadora, a ver si acaso ahí hacía todo el mundo las paces.

No las hicieron. Yo por fin pillé la sutil indirecta del universo y volví junto a mis amigos. Está claro que lo de Pablo y yo no estaba de Dios, como se dice en mi casa.

Comentarios

  1. Oh...y nosotros que esperábamos un romance a lo Casablanca...¡Esto no se hace!

    La técnica de Pablo de dejarte sola mientras aletea por ahí con otras/otros se conoce como la de "el gato y el cordel". Que no es que yo te esté llamando gato (me estoy metiendo en un berenjenal ¿verdad?)

    En fin. ¿Una amiga de una ex que se le acerca? es la peor excusa que alguien le haya puesto a otro en mi vida y mira que he escuchado excusas... ¿No sería ella la ex? yo es que soy de naturaleza desconfiada.

    Un abrazooote.

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  2. "El gato y el cordel", ¿eh? Me lo apunto!
    Jajaja, bueno, yo creo que ya, al pobre muchacho ¡¿qué más le daba decir que era la ex si es que lo era?! :D
    Muchas gracias por tus comentarios, Oski!!! Un abrazo!

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