Maribel y un señor de Cuenca

MARIBEL.- Pero tienes que disculparlas. Son mis amigas y me quieren. ¡Y se han llevado tantos chascos en la vida y tantos desengaños, que desconfían de todo el mundo! Yo en cambio, no. Creo en la gente. Y creo en mí. En mi suerte. No es que haya tenido mucha, pero me basta con la que tengo… Y también creo en ti… Aunque a veces… Dime una cosa. ¿Cómo era Susana? 
Maribel y la extraña familia, Miguel Mihura.
Estos días y hasta el 1 de diciembre, se representa en el Teatro Infanta Isabel de Madrid, en la calle Barquillo, Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura. Fue Mihura un putero sentimental que les preguntaba a las chicas el apellido la noche de antes para, a la mañana, entregarles el dinero en un sobre con su nombre, en vez de en mano, diciéndoles “Ha llegado esta carta para ti”; y que enamoró, ya cuarentón y cojo, a una jovencísima Sara Montiel que se iba a esperarlo a la puerta de el Abra como una loca para asegurarse de que él no fuera a salir de allí con alguna pilingui de postín.

Decía don Miguel que había nacido en Madrid porque era lo que le cogía más cerca de Chicote y declaraba, sin reparo ninguno, su amor por los bares y sus gentes:

“Soy un escritor que ha vivido mucho en la calle, en las barras de los bares y en los cafés. Pero sin tertulias. A mi aire. A pecho descubierto. Prefiero conocer al pueblo sencillo, a los hombres y a las mujeres de toda condición social y escuchar sus problemas, antes de perder el tiempo charlando con un señor que a lo mejor me suelta una palabra en latín y me habla de humanidades.”

En Maribel y la extraña familia, una tía y una madre animan a un señorito de provincias a que busque una esposa moderna y divertida en Madrid, y el buenazo de Marcelino se lanza a la calle con tan buen tino que regresa a casa con una prostituta.

Es una obra con un texto inteligentísimo, con un humor amable, llena de personajes entrañables que le reconcilian a uno con el género humano. Los espectadores, que somos malpensandos porque el mundo nos ha hecho así, igual que a Alaska rebelde, esperamos que en cualquier momento salte la liebre y un personaje se descuelgue con alguna maldad. Entramos en ese teatro de adorable anacronismo, nos sentamos en sus bonitas butacas tapizadas de rojo e inmediatamente comenzamos a reír, pero siempre con la mosca detrás de la oreja. Temiendo, pero también deseando, que se confirmen nuestros temores. Sencillamente porque, que todo el mundo sea tan bueno, no es normal. No nos resulta creíble.

"El humor es una postura comprensiva hacia la humanidad.” Decía Mihura. “Es estar de vuelta de todo y disculparlo todo y perdonarlo todo. Un resentido, un fanático no puede ser humorista. El humor no es reírse de nadie ni reñir a nadie, sino tener para todos una sonrisa cariñosa de indulgencia, de comprensión y de piedad. No puede haber humorismo sin piedad.”

El teatro me encanta, pero opino, como ya he comentado en alguna ocasión, que una obra mal representada es mucho peor que una mala película. No me preguntéis por qué. No me preguntéis que ya os lo cuento yo. Supongo que porque, cuando uno está actuando mal, lo sabe, se da cuenta. Así que allí estamos todos pasando un rato pésimo: los pobres actores hundiéndose en el fango de una mala interpretación, y nosotros mismos sin poder levantarnos, con ganas de acabar no se sabe ya si con su agonía de ellos (es que estoy leyendo mucho a Camba) o con la nuestra.

Y es que tengo una regla de oro (otra): No levantarme jamás del teatro. Una vez salí de Romeo y Julieta queriendo suicidarme yo también, pero con el honor intacto. Desconfiad de la gente que se levanta y se va en el teatro. Es una falta de respeto y una ruindad nivel “tratar mal a los camareros”. Por mi parte, penalti y expulsión.

Dicho ésto, sigamos con Maribel. No es ese un problema que vayáis a tener si os decidís a ir. Todos los actores están espléndidos, empezando por la tía Paula y doña Matilde, señoras entrañables y absolutamente abrazables; continuando con la propia Maribel, desenvolviéndose en el escenario con el acento y la gracia chulapona (dentro audio) de la misma Saritísima (que no era de Madrid, sino de un pueblo de Ciudad Real); o Marcelino. Y sin olvidar, por supuesto, a Niní, Pili y Rufi, las amigas de Maribel.

Os aseguro que salí de ese teatro repartiendo besos y abrazos y queriendo mucho más a todo el mundo.


Fuentes: Si queréis saber más sobre Mihura podéis echar un vistazo a estos artículos. Las citas de este post pertenecen al borrador de su discurso de entrada en la Real Academia: El ocupante del sillón K.(El pobrecito murió antes de poder llegar a darlo). No tiene desperdicio si os interesa el humorismo.

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Comentarios

  1. Gracias por la recomendación, la tendré en cuenta.

    Todas las obras que he ido a ver hasta la fecha me han gustado bastante, por suerte todavía no me he encontrado ninguna con una interpretación tan pésima que tirase para atrás aunque supongo que tienes toda la razón, una obra de teatro mal interpretada es peor que una película mala.

    Un abrazo.

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