La doctora y los extraterrestres

A mi amiga María. Con seguridad uno de los terrícolas más dulces.


María estaba rotando en pediatría y esa noche estaba de guardia. A las cuatro de la mañana entró en la consulta una señora con su hija de seis o siete años. Lucía.

“No somos capaces de que la niña se duerma”, explicó la madre. “Dice que tiene miedo de los extraterrestres.”

María se agachó y le habló con su voz más dulce lo cual, tratándose de María, es dulcísimo. “Pero, ¿Por qué tienes miedo, Lucía? Si los extraterrestres no existen…”

“¡Sí existen!”, replicó Lucía entre sollozos, “¡los he visto en la tele!”

Intervino entonces la madre y le contó a María que, hacía unos días, la niña había estado viendo una película de extraterrestres con sus primos. Que, en su momento, parecía que le estaba gustando. Esa noche ya, sin embargo, no había podido dormir, y llevaba sin hacerlo desde entonces. “No para de gritar y llorar en toda la noche”, añadió la madre. “¡Mire, mire, doctora! ¡Lo tengo grabado en el Iphone!”, y le dio al botón de reproducir mientras le mostraba la pantalla.

María pensó en ese momento dos cosas. La primera fue qué tipo de madre graba con el móvil a su hija gritando y llorando en lugar de consolarla. La segunda, que Lucía tenía, simple y llanamente, terrores nocturnos, pero que se encontraba ante la típica madre histérica que no iba a parar hasta que el psiquiatra de guardia la viera.

Siguió ésta contándole que lo habían probado todo: Dejar la luz de la mesilla encendida, quedarse con ella hasta que se durmiera… Nada había dado resultado. En cuanto Lucía se despertaba, se ponía a llorar y gritar despertando a toda la casa. Incluso habían dibujado un extraterrestre en una hoja de papel, habían hecho con él un gurruño, lo habían arrojado al retrete y tirado de la cadena.

“Vale”, pensó María. “Hay que cambiar de táctica. Los extraterrestres existen.” Se volvió a dirigir a la niña con expresión amorosa: “Claro Lucía, ¿ves? Ya no hay extraterrestres. Mamá los ha tirado por el wáter”, le explicó sonriendo de oreja a oreja.

“¡Pero no era un extraterrestre! ¡Eso era un papel!”, protestó la pequeña, que puede que fuera pequeña pero no tenía ni un pelo de tonta.

María intentó entonces convencer a la niña de que los extraterrestres eran buenos y que no tenía nada que temer. Lucía, sin embargo, se mostraba escéptica acerca de la bondad marciana y seguía llorando a moco tendido.

María reflexionó un instante. De pronto se le ocurrió una idea genial. Descolgó el teléfono que había sobre la mesa, hizo como que marcaba un número imaginario, se puso el auricular en la oreja y protagonizó el siguiente monólogo:

“Hola, soy la doctora. ¿Podría hablar por favor con los extraterrestres? Sí, eso, que se pongan. ¿Hola? ¿Son los extraterrestres? Soy la doctora María. Estoy aquí con Lucía que dice que no la dejáis dormir. Yo ya le he dicho que sois buenos y que no le vais a hacer nada, pero ella lo que quiere es que la dejéis en paz. Ajá. Sí, sí. Vale, muy bien. ¿Quedamos en eso entonces? ¿Estamos de acuerdo? Mirad que si no me voy a enfadar yo… Vale, vale, muy bien. Venga, un beso. Sí, sí, hasta luego.”

María colgó y se volvió hacia la madre y la niña. La señora la miraba espantada y visiblemente molesta. Lucía había dejado de llorar y sonreía encantada, por fin conforme con esta solución.

Comentarios

  1. :-) algunos tienen hijos como el que se compra una bicicleta. Es horripilante la idea de grabar a un hijo mientras lo pasa mal...

    Te toca el corazón la decisión de la doctora. Que jefa.

    Un abrazote.

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