La gran farsa extremema*

Hace unos días aterrizo mi hermana en Madrid. Este año empieza la carrera (¡qué rápido crecen!) y por aquí la tengo, danzando, parloteando y alegrándome la vida. 

Ayer me dijo que se iba a Metropolitano a ver las novatadas, encantada porque a ella nadie podía hacérselas y le tocaba todo lo bueno (las cervezas y el jolgorio) sin nada de lo malo. Yo he intentado hacerle entender que, en verdad, yo soy su veterana y ella es mi novata, y para ello la mando a hacer todo tipo de recados. A la farmacia, a comprar ibuprofeno ("¿De cuánto?" "¡De lo más que tengan!"); al banco, a sacar dinero; al súper, a comprar comida de subsistencia (pavo, coca cola light y chocolate Nestlé). Ella se pierde en la gran la ciudad (en la urbe), y cada dos por tres me envía su localización para que le explique por dónde tiene que ir, así que no estoy tan segura de que tenerla de lacayo me ahorre tiempo pero, eh, que nadie nace aprendido. Y yo soy una veterana bondadosa: no voy a pedirle que se le declare a un muchacho en el Parque de la Almudena o en la puerta del Donfri ni nada por el estilo. Así que eso que lleva ganado.

Con todo esto me he puesto a pensar en cuando yo llegué aquí. Recuerdo que, poco después, mientras daba un paseo por la Gran Vía, me encontré con una amiga de la playa y su madre y me preguntaron qué hacía tan lejos de casa (de casa de Madrid, se entiende). Yo les contesté que estaba dando una vuelta y la madre me respondió: "Claro, es que estarás entusiasmada: con tantas tiendas, tanta gente ¡y con Zara!" Por un momento se me ocurrió explicarle que allá, de vuelta al pueblo (al terruño), también había Zara. Incluso decirle que yo había estado en ciudades más grandes que esa. Pero enseguida se me pasó.

A partir de ahí, siempre que alguien me hacía un comentario por el estilo, yo impostaba mi ruralismo. Hablaba de mi vida en Extremadura como una sucesión de ovejas pariendo, como si yo misma fuera la que cortara el cordón umbilical con los dientes (que no lo corta nadie, lo cortan ellas, y luego se comen la placenta). De vacas ordeñadas, apilamiento de excrementos para abono y alimentación a base de entrañas y calostros. Exagerándolo todo muchísimo, casi con regodeo. Y ya sabéis vosotros que yo soy de campo, pero sutilmente. Era la misma ignorancia y el mismo prejuicio de siempre, y venía de lejos, como cuando, varios años antes, estando en Oxford con un amigo, los ingleses de mi casa nos preguntaron si nuestros padres (¡los pobres benditos!) "nos iban a casar". Y nosotros con nuestro inglés de academia y nuestros "pardon?" en lugar de "WHAT?!", que hubiera sido lo lógico y comprensible en un caso así. Nos costó muchísimo trabajo convencerles de que en España hacía ya mucho tiempo que cada uno se casaba con quien le daba la gana. Sólo que en el momento aquel no era Extremadura sólo, era toda España y, además, en el momento este lo estaba disfrutando. Gonzándolo.

Tanto duró y tanto se me fue de las manos la broma que al final me emocioné de más, y terminé cambiando mi rol, sublimándolo. Ya ni ordeñaba ni asistía a animales parturientos, sino que me paseaba por las (miles) de hectáreas de nuestros dominios (nuestros latifundios), cabalgando en un caballo blanco, graciosamente tocada con un sombrero vaquero y supervisando los trabajos de nuestros aparceros (poco menos que vasallos) como la heroína de una gran saga familiar. Parecía aquello Downton Abbey, sólo que en versión castúa y que aquí había alguien que trabajaba las tierras (no yo, obviamente). Llevando el mito extrememo al paroxismo sin sonrojo ninguno.


N. del A: Es posible (posible sólo) que, hacia la mitad aproximadamente del post, haya inventado un poco y no sea totalmente real (totalmente) que me paseara por Madrid como Norma de Pasión de gavilanes. Pero también puede que sí, y que ahora esté reculando para librarme de la defenestración bloguera. Your choice.

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