El Vips Club

Uno de los ritos iniciáticos de la vida madrileña es, sin duda, hacerse la tarjeta del Vips. Se puede hacer individual o de uso compartido pero, en este caso, la gente lista se asegura de figurar como socio titular y no asociado. Esto es como la separación de bienes y la sociedad de gananciales, que todo son risas y lo mío es tuyo al principio. Además una chica tiene que conservar su independencia.

Como decía, uno no puede vivir en Madrid sin ser socio del Vips. El Vips es el epicentro de la vida madrileña.

Atravesar la puerta de un Vips en cualquier rincón de Madrid, incluso en el barrio más alejado y peligroso es como acogerse a sagrado. Proporciona la tranquilidad de lo conocido y de lo homogéneo. Es como Zara. Pero, al igual que Zara, presenta diferencias en función de la ubicación. El Vips de Cubos no es exactamente igual que el de Ortega y Gasset, o que el de Goya, o el de Fuencarral. Tienen otro ambiente, otro espíritu. La gente también es diferente, pero entras en cualquiera de ellos, ves esas mesas de madera, esa luz tenue y anaranjada de las lámparas rojizas y bajas que cuelgan del techo, las baldas con la prensa y los paquetes de chicles en el mostrador de caja y ya te sientes inmediatamente reconfortado.

Ah, las tiendas Vips. ¡Toda una colección de objetos variopintos e inútiles la mayoría de las veces! La última vez que estuve en un Vips, con un par de vinos en todo lo alto (eso sí, al Vips es mejor venir bebido de casa, que el alcohol es regulero y caro), salí de allí con la Glamour, una tableta de chocolate Cadbury, dos paquetes de chicles de sabor exótico, un absurdo auricular verde fosforito para conectar al móvil, una moleskine y Los enamoramientos, de Javier Marías. El balance perfecto entre banalidad y trascendencia, pienso yo. En el Vips se puede encontrar de todo.

Tienen muchas revistas en Vips. Y muchos libros. La mayoría son de autoayuda, pero también hay normales. De hecho, yo todo lo que sé sobre libros de autoayuda lo he aprendido esperando mesa o a alguien en un Vips. Me imagino perfectamente a un ejecutivo saliendo del edificio de Barclays de Colón para ir a comer a Vips, pasar por la tienda, comprar El arte de no amargarse la vida, o Tus zonas erróneas o Rompe con tu zona de confort  (un beso, Angiealquezar y Mandarina) y, acto seguido, dirigirse al Starbucks de al lado, pedir un café latte con leche de soja y sentarse en un sillón cómodo a poner en orden su vida. No sin antes preguntarle al chico de caja por la clave del wifi.

El Vips resulta muy útil para llevar a alguien a quien se conoce poco o de quien no se sabe bien qué se puede esperar. Es aséptico y tiene todo tipo de comida. Además, uno puede hacerse una imagen bastante aproximada y bastante buena de cómo es una persona en función de lo que pida en un Vips. Pedir una ensalada César, o un batido, o una hamburguesa, dice mucho de alguien. Incluso, profundizando, se ha desarrollado toda una teoría sobre las diferencias entre los que piden la tarta de queso, a secas, o la New York Cheesecake. Diríais que es lo mismo, ¿verdad? Para nada. Mis favoritos indiscutibles y universales, por si os lo estabais preguntando, son el Vips Club, el sandwich Philadelphia, las patatas Vips y el brownie. Desafortunadamente la mayoría de las veces pido una ensalada porque la vida es así de perra.

Yo he tenido primeras citas en Vips. He preparado exámenes de Contabilidad Financiera, tomado el brunch, debatido sobre amor y relaciones hasta las tres de la mañana, desayunado. He parado a comer durante una jornada maratoniana de compras. He llorado en un Vips. He consolado. Han roto conmingo en un Vips. He celebrado un cumpleaños. Suspendí una asignatura para la que hice un trabajo sobre el Grupo Vips.

Parecerá una cursilada y no es, desde luego, una declaración ni hipster ni muy de molar, pero el Vips está inevitablemente ligado a mis años madrileños. Puede que penséis que más me valdría haber elegido un sitio con algo más de personalidad. Eso querrá decir que no habéis entendido nada. Yo llegué a Madrid, puse un pie en el suelo de la antigua estación de Conde de Casal y el Vips se coló en mi vida sin darme tiempo a pedir cuentas. A los pocos días rellené diligentemente el formulario procedente y a las dos semanas tenía mi tarjeta en casa.

Comentarios

  1. Leí el otro día este post y me hizo mucha gracia, porque es verdad, Madrid está plagado de Vips. El otro día había quedado para una excursión con unos alumnos y resulta que era muy temprano, no había nada abierto, excepto el Vips y allí estuve, mirando las chorradicas que tienen y oie, menos mal.

    A lo mejor nos hemos cruzado en un Vips y no lo sabemos!

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  2. Jajaja, pues ahora voy mucho menos, pero hubo una temporada en la que iba casi todas las semanas, así que seguro que nos hemos cruzado, sí :)

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