Roma

Foto:  Del blog de Ricardocineman

Yo creo que la ciudad favorita de uno depende mucho de cómo sea esa persona. Las mías son (que conozca, claro, dentro de la información que uno tiene siempre muy limitada, y siempre muy particular, como decía Serrat en ese concierto), Lisboa, Estambul y Roma. Hay que ir más a Roma. Hay que ir a Roma constantemente. Hay que quedarse en Roma, y empaparse de Roma, y enamorarse en Roma, y beberse una Peroni tras otra en cualquier terraza del Trastevere como si no hubiera un mañana.

Hace algunos días terminé de leer Historias de Roma, de Enric González. No había leído nada suyo antes y elegí este libro porque prometía ser un conjunto de anécdotas un poco desordenadas, tratadas con cariño, recuerdos mezclados con reflexiones, curiosidades. Cine, música, pizza, café, casquería, arte, amor y memoria. Todo lo que es Roma. No me ha decepcionado en absoluto.

Cuando me iba para allá alguien me dijo que, al tener que aprender italiano, ese era justo el momento perfecto para aprender de ópera. No fui capaz: La Traviata y poco más. Sin embargo, me aficioné un poquito a la música y al cine italiano. Un po. Un pochino.

Me hubiera gustado que mi Roma fuera la de La Dolce Vita, de Fellini, de Marcello (sobre todo la de Marcello), pero era más bien la de Luciano Ligabue, Elisa, Manuale d'amore y Tre metri sopra il cielo. Recuerdo que en esa época lo de Tre metri sopra il cielo era todo un fenómeno. Ya habían hecho la película e incluso leí el segundo libro (Ho voglia di te, que suena un poco mejor que Tengo ganas de ti, pero sólo por la musicalidad del "gli" italiano, pronunciado casi como "lli") estando allí. Una mañana fui a la Feltrinelli a comprar un libro en italiano para practicar. En mi ignorancia iba buscando uno de los pocos libros escritos en italiano que me sonaban, Va' dove ti porta il cuore (Donde el corazón te lleve), de Susanna Tamaro. No lo tenían (y nunca he llegado a leerlo), así que compré Rispondimi, de la misma autora, y me volví a mi habitación, en una residencia al lado de Santa Maria Maggiore. Casi me abro las venas allí mismo. Esa misma tarde volví a la Feltrinelli, me acerqué al estante de libros más leídos, encontré una novelita sin pretensiones de adolescentes y la cogí. Voy a romper aquí una lanza a favor de Federico Moccia y de Iker Casillas por extensión. Yo sólo he leído dos novelas suyas, las dos en italiano, con lo cual puede que no aprecie la calidad narrativa y bla bla, pero he de decir que Tre metri sopra il cielo me pareció un libro juvenil más que digno. Me recuerda mucho a esa de Jordi Sierra i Fabra, La estrella de la mañana. Ho voglia di te es ya otro cantar. Canto de cisne, si me apuras.

No he visto completa ninguna de las películas, pero estoy convencida de que la versión italiana de Tres metros sobre el cielo gana por goleada a la española. Simplemente por la presencia de Riccardo Scamarcio. Que nuestro Riccardo Scamarcio sea Mario Casas es algo que me ha hecho cuestionarme el buen gusto español en numerosas ocasiones. Así que no he visto la película italiana nunca completa, pero sí trozos, porque Scamarcio es el típico hombre que resulta mucho más atractivo en movimiento. Es algo que le pasaba también a Mastroianni, y debe de ser algo propio italiano. Los galanes italianos son muy de decirles eso de parole, parole sin terminar de estar muy convencida. Queriendo creer que las milongas que te cuentan son de verdad.

Roma es como en ese momento en el que Anita Ekberg exclama "My goodness!" al dar con la Fontana di Trevi por casualidad. Todo el tiempo. Roma es decadente y excesiva y es como si los romanos hubieran asumido que hubo un tiempo pasado que fue mucho mejor porque de hecho es cierto: Roma fue lo máximo y es entre imposible e increíblemente improbable que vuelva a ser algo parecido. Es esa también una cosa muy del carácter italiano de la que nosotros, casi con los mismos motivos, no participamos. Roma es marrullera; desordenada; bulliciosa: pecadora y pía; una incongruencia constante; pura contradicción. Los italianos desconfían de los españoles porque entienden como nadie nuestra picaresca, pero son aún más orgullosos, así que se la toman mucho peor. No les gusta que les engañemos y, respecto a nosotros, oscilan entre la manía y la atracción. Un poco como amantes desdeñados y rebotados pero sin que tengamos muy claro quién ha dejado a quién.

Roma, como dice Enric González, es la bellezza. En italiano, bello se dice igual que bueno, y feo igual que malo. No importa que esa bellezza sea un poco decadente porque precisamente los románticos nos regodeamos en esa clase de nostalgias. No pasé mucho tiempo en Roma pero sí el suficiente para pateármela de arriba abajo y para dejar de sorprenderme cada vez que veía a lo lejos el Coliseo, o llegaba las escaleras de Piazza Spagna, que yo creo que es cuando uno se da cuenta de que ha vivido una ciudad: cuando deja de sorprenderse con sus maravillas. Sin embargo, nunca se me quitan las ganas de volver y la sensación de que es una ciudad inasible, que es imposible conocer bien. Después de leer Historias de Roma la tengo más que nunca. Hay que ir más a Roma. Hay que ir para quedarse.

Comentarios

  1. Bonita entrada. Me ha gustado mucho leerla. Este año pasé mi Erasmus allí y me ha entrado bastante nostalgia al leerlo. Historias de Roma, bonito título

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  2. Hola Koke. Muchas gracias, me alegro de que te haya gustado :)
    Si tienes oportunidad te recomiendo que leas el libro. Al tener el recuerdo mucho más reciente seguro que lo disfrutas más que yo incluso :)
    Un abrazo!

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