Los Juegos del Hambre

Nota: Pensaba escribir una entrada con tantos spoilers como palabras pero al final creo que, si no eres una de esas personas que prefieren no saber absolutamente nada antes de leer el libro o ver la película, puedes seguir leyendo con tranquilidad. Ah, y dale al play, anda, que nos pongamos en situación.

Foto: Murray Close.

Una ventaja de obsesionarse con las cosas es que, si eres capaz de hacerlo a capricho o al menos de manera un poco dirigida, tiene la paz mental asegurada durante un cierto tiempo. Intentaré explicarme. Hay veces que los pensamientos nos arrollan y nos incapacitan. Podríamos estar todo el tiempo pensando en algo, lamentándonos, alegrándonos o lo que sea. Sin embargo, el mundo sigue girando y hay que hacer cosas, tenemos obligaciones. Es entonces cuando ha llegado el momento de agarrarse a una obsesión manejable como si de eso dependiera nuestra vida, refugiarnos en ella y seguir adelante. Las obsesiones cómodas son el bálsamo de los que pensamos demasiado las cosas.

Como el último mes de mi vida ha sido bastante tumultuoso, he tenido que buscarme un apaño de estos que me ha llegado en forma de la trilogía de Los Juegos del Hambre. Así, sin anestesia. Decidí obsesionarme con Katniss Everdeen y, en mi propio tormento, me consolaba pensando que al menos yo no tenía que dejar mi hogar para irme al Capitolio y luchar hasta la muerte en la Arena. Todo muy maduro pero EH, cada quién es cada cual, y baja las escaleras como quiere.

Así que me leí los tres, uno detrás de otro. Del tirón. Sin solución de continuidad. El primero me pareció que partía de una premisa bastante original hasta que internet lo fastidió todo cuando descubrí que existe un libro japonés, y también una peli que se llama Battle Royal, y pensé que Suzanne Collins me había timado un poco. Aún así yo ya estaba entregada a mi empeño de ofuscarme, había disfrutado bastante el primer libro y allá que me fui a por el segundo, el tercero y la película. 

Cuando cualquier pensamiento indeseado amenazaba por colarse hasta la superficie de mi conciencia, Katniss lo empujaba hacia abajo con fuerza y esa es una deuda de gratitud que tengo con ella. Reflexionaba sobre cuál de los dos, Peeta o Gale, le gustaba más y apostaba conmigo misma a quién elegiría. Por cierto que la película es bien tramposa en este sentido. Está ahí, Jennifer Lawrence, mirando alternativamente a Peeta y a Gale con cara de "me la habéis liado", y ninguno de los espectadores puede albergar la más mínima duda de por quién se decidiría. La pobre.

En mi opinión Los Juegos del Hambre barre en valores a lo primero que se me ocurre como término de comparación, que es la saga de Crepúsculo. Si tuviera que elegir para una hija mía una u otra no tendría ninguna duda. Es verdad que, en la primera, un montón de chicos se aplastan (literalmente) la cabeza en una suerte de parque temático de la muerte mientras el mundo lo ve desde su televisión como en un Gran Hermano (o Masterchef) macabro. Sin embargo, yo encuentro eso preferible un millón de veces a que mi hija quiera emular a Bella Swan y crezca mustia, soberbia y desdeñosa, pero luego se arrastre por un fulano de torso pétreo y pase olímpicamente de su familia, y renuncie a su tiempo y a su vida por amor (por AMOR, con mayúsculas, anda Stephenie, que vaya pájaros...), que dan ganas de decirle eso de "pero qué guantá que tienes, niña".

Katniss puede parecer fría en ocasiones, pero es que está a lo que tiene que estar. Es independiente, aguerrida, sacrificada; aunque es verdad que todo le viene un poco dado, un poco como le pasa a Harry Potter, a Meredith Grey o a Alicia Florrick. La situación es complicada, a veces directamente trágica, pero tienen algo que no se sabe muy bien de dónde ha salido, y que supone una ventaja competitiva respecto a los demás. Y ni siquiera tienen que esforzarse demasiado.

Pero la principal ventaja de Katniss sobre Bella es que la primera se toma mucho menos en serio a sí misma. Suzanne Collins parece más inteligente que Stephenie Meyer. Ironiza sobre la importancia (relativa si acaso) de un triángulo amoroso en lo que termina siendo una distopía con tintes políticos donde la gente casca poleo sin parar. Francamente, Katniss, por aquí tenemos problemas mayores que con quién te terminas enrollando, parece que piensa Collins. Y eso hace a los personajes más ricos, y más reales, porque en el mundo de verdad las Bellas terminan muertas de asco y más solas que la una después de haber despreciado a todo el mundo por sentirse muy especiales, mientras el chico de turno huye despavorido y por su bien ante la amenaza de un amor tan desorbitado y tan hueco. Con tan poco fundamento.

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