Disney y la niñez

A mí me gustaría poder decir que mi afición por las películas y las bandas sonoras de Disney me viene de que tengo una hermana mucho más joven, pero la cruda realidad es que esto me sirvió de parapeto para poder cultivar mi vicio impunemente. Era yo la que llegaba a casa con la música de Hércules, o le regalaba un muñeco de Woody, o le proponía que viéramos El Rey León por millonésima vez.

Muchos momentos de mi niñez los asocio con películas de Disney, como esos cumpleaños en casa de mi amiga Dol (que además tiene un aire a Meg) en los que siempre comíamos tarta de chocolate y galleta casera y veíamos un VHS de Disney. Siempre uno, siempre distinto.

Probablemente la primera película que vi en el cine fue El libro de la selva. Un cine de verano con sillas de metal tan incómodas que teníamos que llevar de casa los cojines para sentarnos. Íbamos todos los primos como en peregrinación, acompañados de nuestros padres o tíos, y primero traíamos los sandwiches de jamón y queso de casa y nos daban dinero para una bolsa de pipas pero, cuando nos fuimos haciendo mayores, nos comprábamos allí mismo un pepito de ternera y una coca cola y veíamos la película, felices, entre ruido de papel de estaño, con los pies llenos de cáscaras rechupeteadas y con sal en los labios. Era un gran acontecimiento. Volvíamos a casa con el entusiasmo de los niños y comentábamos la película durante días.

La noche que vimos La Sirenita me la pasé entera entre pesadillas, temiendo que la Medusa convirtiera a mi padre en un alga-gusano asqueroso. Varios años después, mi tío aún tenía la cinta con la banda sonora en el coche y, cuando una de mis primas hablaba con un muchachito moreno y enjuto de la urbanización, le cantábamos bajito y entre risas la canción aquella de Bésala.

Para mí la edad de oro de Disney empieza con La bella durmiente y culmina con El Rey León. Después de eso hay todavía algunas muy buenas, como Hércules que me encantó (me sabía todas las canciones y aún me acuerdo bastante, lo que evidencia lo absurdamente y mal gestionada que está mi memoria), no sé si porque por fin alguien prestaba un poco de atención al tema de los dioses griegos, que fue mi monomanía durante años.

Hércules tiene un malo menos malo y mucho más divertido e irónico que Scar, que es el malo Disney por antonomasia; un héroe simplón y bondadoso y una heroína con carácter. Toda la película es medio en broma. Un musical en clave de soul. El mito está simplificado pero se nota que estudiado y no le chirría a la fundamentalista de la mitología griega que hay en mí y que, en este caso, está dispuesta a hacer alguna que otra concesión.

Me veo muchos años después perpetrando a voz en grito canciones de Disney en el coche de Eseque, universitarios hechos y derechos, Castellana arriba, con la música a todo volumen. Por aquel entonces el sueño de su vida era trabajar en el Walt Disney World Resort o ser el tenor en La Traviata. Eseque es ahora un ejecutivo de provecho, pero no ha perdido nunca del todo la inocencia (espero que la conserve para siempre), y sus "Obsesiones de la Semana" pasarán a los anales de la historia por habernos alegrado a todos la existencia con su ingenuidad de niño perdido.

Yo por mi parte todavía hoy pongo a veces la canción de Bésala cantada con el acento latino del cangrejo Sebastián (pero latino de verdad, no en latino-cubano impostado de la versión redoblada al castellano), que es como la escuché por primera vez, y bailo como una tonta cuando llega la parte del "shalalala..."

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