Plenilunio y Manuel Abreu

Nota: Este post lo he escrito íntegro escuchando Arcade Fire. Ya sabéis cómo van estas cosas y lo que os podéis esperar.

Hace unos años me puse a escribir una novela y sé que ya nunca la terminaré porque contarlo aquí es como gafarla. Lo cierto es que no la tenía muy adelantada. Tenía una idea bastante abstracta en la cabeza y empecé a desarrollarla sobre la marcha, lo cual no debe de ser ni muy ortodoxo, ni práctico, ni ninguna garantía de éxito, tal y como además se pudo ver después.

Yo sé que incluso para escribir un post se necesita una estructura, así que imagino que para escribir una novela (y una novela negra, que era lo que pretendía), debería haberme hecho tarjetas de personajes o por lo menos tener claro qué personajes iban a aparecer. Podría decir que era una idea muy embrionaria, pero la verdad es que lo que pasa es que me parece que hacer esquemas y tarjetas le quita toda la gracia a escribir. Sé que así no voy a ningún sitio, pero intuyo que si no disfruto con esto tampoco. Es una paradoja. Un autoboicot bastante diabólico.

El protagonista se llamaba Manuel Abreu. El nombre propio lo elegí porque me gusta. El apellido simplemente es el nombre de una ferretería por la que pasaba en el autobús todos los días cuando iba a la facultad. Así se gestan las grandes obras.

Era un chico de veintimuchos años que después de haber estudiado en Madrid y trabajado allí durante un tiempo, se volvía a su pequeña ciudad de provincias por razones que ni yo tenía muy claras. No sé si insatisfacción personal, frustración, decepción profesional. Lo que tengo claro es que era por un fracaso. El fracaso era el punto central de la novela. Manuel triunfaba y luego, de repente, contra todo pronóstico, fracasaba de una manera que quedaba un poco difusa. Y tenía que volver, y explicarse, y eso yo creo que es lo peor del éxito: fracasar y tener que dar explicaciones. El tono de la novela era bastante sombrío y quería que al menos Manuel fuera irónico, que es el humor de los tristes, caústico incluso. Para compensar. Y creo que lo hubiera conseguido.

Es curioso porque hace poco tiempo un amigo ha publicado una novela (ha dedicado varios años a escribirla, con varios borradores, correcciones y demás, como hace la gente concienzuda y razonable), también sobre abogados, que es mezcla de novela negra e insatisfacción vital, y la verdad es que yo no sé qué es lo que nos pasa a todos.

Que Manuel fuera un perdedor es, de todos modos, lo lógico en una novela negra. Las novelas negras son, por definición, un género de antihéroes. Yo acababa de leer Plenilunio, de Antonio Muñoz Molina, y pensé, y aún pienso, que si tuviera que elegir un libro para haber escrito yo, sería ese. Hay muchas novelas que me han encantado, que me han obsesionado, que puede que me gusten más que Plenilunio. Pero yo sigo en mis trece. Escribiría Plenilunio. Creo que esa es la mayor ambición de mi vida.

Como decía, Manuel era abogado, volvía a su casa y, en parte, si dejé de escribirla fue porque me dio pudor por todo lo que mi novela non nata decía sobre mí. Manuel, aún no sabía bien cómo, terminaba viéndose envuelto en lo que parecía un suicidio por amor de una chica un par de cursos o tres más joven que él del que había tenido noticia desde su vida madrileña universitaria de locales de moda. El típico cotilleo sórdido que te llega cuando estás fuera y que te impacta porque en tu ciudad nunca pasa nada. Ese suicidio era ya agua pasada en los mentideros de su hogar provinciano pero, evidentemente, había dejado bastante tocados a varios de los personajes de la novela. Era una cosa pasada en la que Manuel no había estado implicado de ninguna manera, si acaso recordar vagamente haber visto alguna vez por la calle a la chica en cuestión y que luego alguien le hubiera venido con el chisme; y mi idea era que tuviera que relacionarse con toda la historia por alguna razón profesional (algo relacionado con una herencia, quizás, con una herencia condicional o algo así, aunque no se me terminaba de ocurrir cómo para que pudiera tener sentido jurídico), y que luego se viera un poco atrapado, absorbido, queriendo averiguar la verdad de lo que pasó. Apréciese la nostalgia: Un chico vuelve a su ciudad bastante destrozado y termina buceando en los entresijos del suicidio (dudoso, claro, si no qué sentido tendría todo) de una paisana a la que conocía de vista y que ocurrió mientras él vivía su vida perfecta en otro lugar.

Todo ello estaba aderezado con relaciones personales; lo que implicaba volver; rehacer una vida de forma distinta y posiblemente diferente de la deseada; el resentimiento de los amigos que Manuel había dejado atrás, abandonado prácticamente al irse de allí; el deleite de los envidiosos y enemigos. En concreto, pensaba profundizar en su relación con una antigua amiga, novia o lo que fuera (no lo tenía muy claro). Se supone que a Manuel ella le importaba, o la quería o algo por el estilo. Pero había roto todo contaco. Se había dejado llevar por la vorágine de su vida en otro lugar. No lo sé, la verdad. No tengo ni idea de cómo pensaba desarrollarlo coherentemente, porque para mí era inconcebible que algo así pudiera pasar. Que quieras a alguien y le dejes atrás. Pero sinceramente creía que era algo que mi Manuel Abreu habría hecho. Supongo que lo que pasaba es que yo tenía 24 años y a él le imaginaba ya cerca de la treintena. Creo que eso me convierte en una persona bastante perspicaz. 

Mi novela iba a tratar sobre fracaso, abandono y desamor y el leitmotiv iba a ser un suicidio/asesinato. Si te paras a pensarlo es bastante tremendo todo. Y yo he procurado siempre cuidar mis amistades (y creo que todo esfuerzo es poco en este sentido); en esa época había tenido mis desengaños amorosos como todo el mundo, pero nada especialmente lacerante, lo normal; no fumaba (tenía claro que Manuel iba hacerlo, y como un carretero); acababa de terminar la carrera y me iba razonablemente bien; y para mí mi casa era un refugio tranquilo mientras que para él era una especie de penitencia. Entonces, ¿qué tenía que ver ese hombre de 30 años con esa chica de 24?

Justo ayer estuve hablando por teléfono con mi amiga Anarouss, sabia entre las sabias, y me dijo: "A nadie le gusta fracasar. A ti menos." Así que se ve que convertí mi miedo al fracaso en el tema de mi novela fracasada. 

Comentarios

  1. Amanda, Nunca es tarde para retomar esa novela ¡ánimo! Tampoco lo es para seguir leyendo a Muñoz Molina o... Paul Auster;-) Enhorabuena por la reapertura. Te mandamos un abrazote inmenso!

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  2. Precisamente estoy empezando El Jinete Polaco. Como estoy de vacaciones he vuelto a la sana costumbre de estar leyendo varios libros a la vez y quedarme hasta las tantas viendo pelis. Ah! Pequeños placeres de la vida! ;)
    Un besazo para los dos y muchas gracias!

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