Niños cochinos y veranos eternos

Durante los veranos largos de niños felices nuestros padres nos despachaban para el campo con los abuelos y una tía soltera y allí pasábamos al menos el mes de julio, en estado semi-salvaje. Lo recuerdo como un tiempo larguísimo, la frontera entre el colegio y las vacaciones en el mar, todo lleno de mañanas alborotadas y de tardes perezosas. Un campo extremeño achicharrado y achicharrante; pantalones cortos; baños en el río o en una piscina de agua verdosa de lona que mi abuelo nos montaba en el jardín, con las patas de acero; duchas con jabón cada dos días y zapatillas Victoria hediondas. Las zapatillas quedaban tan maltrechas al final del mes que no se llamaba al Servicio de Enfermedades Infecciosas o incluso a los artificieros de puro milagro. Nuestra abuela les echaba talco por dentro por las noches y aún así esos cuartos compartidos nuestros olían a una mezcla de crío, sudor, queso de cabrales y estío. Por las mañanas metíamos los pies otra vez en las zapatillas y aún tengo vivísimo el recuerdo del talco frío y sedoso y de la fina capa de polvo blanco que se rebosaba un poco por los lados. Por las noches era aquello una pasta informe de talco y barro.

Éramos un grupo de primos con un abanico de edades amplio pero bastante bien avenidos que inventábamos juegos fantásticos, construíamos campos de balón prisionero con piedras y palos para poder darnos pelotazos unos a otros a gusto y con una cierta impunidad, imaginábamos casas e incluso palacios en los canchos y amagábamos la cría de diferentes animales con más pena que gloria. Un verano encontramos unos huevos de codorniz y, azuzados por mi tía, le pintamos cada uno al nuestro una señal con un rotulador y los colocamos en el gallinero para que las gallinas los incubaran. Cada día nos levantábamos e íbamos a ver cómo estaban los huevos, cuál habían pisoteado las gallinas a lo largo de la noche, condoliéndonos por el dueño empáticamente pero secretamente regocijados, como en una especie de eliminatoria terrible. A ninguno se nos ocurrió preguntarnos si los huevos estarían fecundados hasta que, dieciséis días después, de los supervivientes no salió ave alguna.

Mi tía, hermana de mi abuelo, siempre fue muy miedosa y nunca supo cocinar así que, cuando mis abuelos se iban para la ciudad, de martes a jueves, nos pasábamos tres días comiendo espaguetis con queso y sin poder salir hasta las seis de la tarde para que no nos dieran una insolación. Cada noche, antes de irnos a dormir, echaba llaves y cerrojos en todos los portones y miraba debajo de todas las camas, como si fuera a salir de allí el hombre del saco. A nosotros lo que de verdad nos aterraba eran unos cuadros bien malos de escenas religiosas firmados por pintores desconocidos que copiaban a Zurbarán y que mi tía tenía en la habitación. Uno tenía que dormir bajo esas miradas desquiciadas y esas escenas tímidamente truculentas, más insinuando que amenazando con las penas del infierno y yo creo que es esa la razón de que ya de adultos seamos especialmente difíciles de amedrentar.

Mis primas mayores cada verano tomaban la determinación de dedicarse a alguna actividad productiva. Uno les daba por la pintura, otros por la escritura, otros por las labores y así íbamos quemando años, ellas decidiendo y las pequeñas imitando. Recuerdo con especial horror uno que les dio por el petit point y yo hice que mi madre me comprase un kit de esos, con sus agujeritos, su aguja y su hilo que, por supuesto, nunca llegué a terminar. El petit point me sigue pareciendo hoy algo bastante afectado e inútil, así que agradezco no haberle dedicado más del tiempo estrictamente necesario para descartarlo como afición. Yo he sido siempre muy negada para todo lo manual que requiera paciencia, porque para otras cosas la tengo casi ilimitada, pero para eso diría que es prácticamente inexistente. Cuando coso, tejo, hago pulseritas de hilo o cualquier cosa parecida pongo además una cara muy de esforzada que yo llamo mi "cara de hacer integrales". Bizqueo un poco y saco la lengua por el lateral mientras sudo a mares hasta el punto de que, entre integral e integral, o entre vuelta y vuelta, o entre fila y fila, tengo que enjugarme la frente y beberme un vaso de agua.

De libros siempre terminábamos andando escasos porque yo entonces no era tan previsora como ahora pero los devoraba de manera igualmente pasmosa, con un ansia con la que hago pocas cosas más en mi vida, un poco como transportada o incluso traspuesta, y además no había kindles. Así que al final tenía que mendigárselos a mis primos, que eran de lectura más reposada y creo que alguno llegué incluso a leer a escondidas para que no supieran que de rato en rato y cuando se despistaban lo leíamos a medias. Cuando ya no me quedaba más remedio me rendía y rebuscaba por la casa, y fue así como leí sobre los Milagros de Fátima, el 23-F y esos libros de Luisa María Linares en los que todos los hombres eran apuestos y anchos de espaldas (pero no guapos, que eso debía de resultar casi afeminado) y todas las mujeres bonitas, recatadas y de belleza natural sin artificios y cara lavada.

Esos veranos gozosos son uno de los mejores recuerdos de una infancia ya de por sí plagada de buenos recuerdos y creo que lo que más echo de menos es esa sensación de que el tiempo era infinito, de estar hasta un poco hastiada de que los días pudieran durar tanto. Ahora, que se me pasan en un suspiro, añoro esas horas eternas de niño desasosegado, siempre anhelante, siempre a la espera de lo que estuviera por llegar.

Comentarios

  1. Jajajajajaja, me ha encantado, de principio a fin! Menudos recuerdos, y anécdotas tenemos tropecientas. Lo de los polvos de talco y las zapatillas Victoria que se pasaban las noches en las ventanas para airearlas y las pobres casi que acababan andado solas. Hemos pasado unos veranos estupendos, tenemos mucha suerte.

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