El último pío

Lo encontramos en la terraza de la casa del pueblo de mis abuelos. Una casa que ya no existe como tal en un pueblo costero que ya no es el que era. Era un gorriato, pequeño y maltrecho y allí se habían leído demasiados libros de Gerald Durrell, así que nos hicimos con una caja de cartón, la agujereamos, y nos lo llevamos de vuelta a la urbanización en la que pasábamos nuestros veranos, apenas a unos pocos kilómetros.

En esa época no sentía esa repulsa visceral, principalmente estomacal, que ahora me hace torcer el gesto cada vez que veo un pájaro pequeño. Tan frágiles, con tanto peligro ante unas manazas torpes y poco delicadas como las mías. No me gustan los pájaros como no me gustan todas las cosas que parece que puedo romper, y este miedo me viene de la idea arragaidísima que tengo de ser una patosa impenitente. Totalmente justificada, por otro lado. A mí dadme cosas resistentes, como perros grandes y vasos de duralex.

El caso es que mi prima y yo cargamos con el gorrión, decididas a ejercer de madres dedicadísimas del pobre pájaro huérfano. Y en esta tendencia nuestra a recoger animalitos desamparados que perpetramos durante nuestra infancia, especialmente aves, tuvo mucha culpa una leyenda urbana que circulaba en nuestra familia. Se contaba que una tía mía había recogido un gorrión y lo había adiestrado, hasta el punto de que el pájaro campaba a sus anchas, volando suelto por el jardín, y se posaba en sus dedos como si fuera aquello La Bella Durmiente de Disney.

La realidad es que los gorriones, de cerca, son unos bichos bastante asquerosos, y que las crías tienen un buche que se llena con comida, y que se hincha y, para abrirles el pico, tienes que apretar con la uña en unas pequeñas protuberancias amarillas colocadas a ambos lados y que creo recordar que se llaman boqueras. Llegamos a casa con el animal a las ocho o nueve de la noche y a las diez y media ya estábamos preguntándonos quién nos había mandado a nosotras meternos en semejante follón, aunque ninguna se atrevió a decirlo en voz alta porque allí las dos éramos muy amantes de los animales.

El gorrión durmió en la caja, en el cuarto que compartíamos, y al día siguiente tuvimos que abrir la tapa con un palo porque sí, éramos muy aventureras y muy minibiólogas, pero ninguna queríamos ver un pájaro muerto y menos saber que había muerto durante nuestro sueño. El pájaro seguía vivo por la mañana así que tuvimos que pasar por el trance ese horrible de las boqueras, el buche y todo lo demás, y yo no pude ni desayunar ya del asco que me estaba dando todo.

Más tarde quisimos que tomara un poco el aire, así que lo sacamos a un patio interior que había en la casa,  con unas cuantas jardineras, porque no queríamos llevarlo al jardín donde estaba nuestro perro, cazador, para más inri. Intentamos eso que contaban de mi tía de que para enseñar al pajarillo a estar suelto había empezado atándole un hilo a la pata para que así se pudiera mover con cierta libertad. Así lo hicimos, en esas canillas escuálidas que tienen, y el animal no hacía más que tirar y tirar, tanto que parecía que se iba a descoyuntar. Como teníamos que irnos a la playa, y estaba claro que lo del hilo iba a ser muerte segura por desmembramiento, decidimos que ya que no podíamos tenerlo semisuelto al menos era conveniente que estuviera al fresco. Y dejamos la caja cerrada, con sus agujeritos, en el patio aquel.

Creo que se me ha pasado contar que la caja era negra y que nosotros veraneamos en Almería en agosto, que somos de playa tardía, y que ese día regresamos a casa a eso de las tres y media o cuatro de la tarde. No quiero extenderme mucho, que parece que me recreo en la sordidez o algo. La caja, negra, ya ataúd, estaba expuesta a la solana mediterránea en un patio interior en el que no corría ni una brizna de aire. En nuestro descargo he de decir que nosotras lo dejamos a la sombra. Cogimos la caja, la movimos un poco, y sonó como si dentro rodara una piedra de un lado al otro. Espantadas, sintiéndonos unas absolutas y negligentes homicidas, decidimos darle cristiana sepultura echándolo al contenedor de la calle. Mi prima aún jura que al arrojarlo escuchó un último pío.

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