El móvil

Hace algunos meses decidí cambiar de móvil. A mí me pasa algo extraño, que es que las cosas me dan absolutamente igual hasta que de repente me obsesiono completamente con ellas. Un momento no quiero para nada un ebook, es más, los ebooks son una cosa bien poco romántica, aséptica, sin el encanto de los libros en papel. Al rato necesito uno desesperadamente. Amazon me manda ofertas de kindles a 59 euros por San Valentín y yo llego a tenerlo dos os tres veces en el carrito y al final tengo que cerrar el ordenador y prometerme a mí misma que no lo voy a volver a encender hasta que den las doce de la noche. Y así con todo.

Con el móvil me pasó igual. Ni siquiera me ofendía cuando la gente me preguntaba cuándo iba a cambiar la Blackberry por un smartphone. Vamos a ver, la Blackberry ES un smartphone. ¿No lo es? En fin. Yo estaba tan contenta con mi Blackberry 8520 que, aunque tardaba eones en cargar un enlace, lo mismo me servía para mandar un mensaje por WhatsApp que para usarla a modo de martillo para montar un mueble de Ikea hasta que, sin previo aviso, no pude soportarla ya por más tiempo. Bueno, estoy exagerando. Empezó a funcionar mal. A misfuncionar. Comenzó a apagarse en momentos críticos y escuchaba la voz de la gente metalizada, en plan robótica.

Eché cuentas, calculé mi presupuesto, los modelos disponibles en mi operadora y me puse a buscar información en internet sobre cuál de las alternativas era la mejor. El ser humano es una cosa curiosa. Una semana atrás me daba absolutamente lo mismo qué móvil tenía y ahora quería el mejor que pudiera comprar con el dinero del que disponía. Y yo, en concreto, soy una cosa que hay que dar por perdida. Empecé a navegar por foros de Android como si no hubiera un mañana. Leí todas las opiniones, comparativas, reviews habidas y por haber. Llegó un punto en que maneje como criterio a tener en cuenta para la compra la facilidad para rootear el móvil. ROOTEAR. Dos días atrás no sabía ni que existiera esa palabra. Pero, EH, que son 24 meses de permanencia y hay que ser previsor. Quién sabe si de aquí a dos años habré adquirido las habilidades necesarias para rootear un móvil. Que la vida da muchas vueltas. Y quizás entonces me arrepienta.

No tenía ni idea de nada, así que daba por hecho que a más mejor. Doble núcleo tiene que ser, por fuerza, mejor que núcleo sencillo. Cuantos más megapíxeles mejor, por supuesto. En concreto el tema de los amperios de la batería me llevaba por la calle de la amargura. Sé que es el amperio es la unidad de medida de la intensidad de la corriente eléctrica (vale, lo acabo de buscar en Wikipedia) pero no tengo ni la menor idea de con qué puede corresponderse en la realidad. Es decir, sé que es un litro porque es un brick de leche. De amperaje y otras movidas ni repajolera. Aún así, me daba pavor la idea de poder perderme en un bosque mientras hacía senderismo, aunque no he hecho una ruta en mi vida, y quedarme sin batería. Y me torturaba el pensar que podía salir una mañana de mi casa, empalmar la tarde de fiesta con la noche, como en una especie de gran juerga universitaria, irme de after y quedarme sin batería por no haber tomado la decisión acertada respecto a la elección del móvil, aunque lo de salir de día y volver a casa de día (siguiente) es sólo algo que hice aisladamente en mi vida alguna vez hace millones de años. Y todo en ese plan.

A la gente a mi alrededor la traía loca, porque resulta que para las cosas importantes soy increíblemente resolutiva pero para las paridas necesito contrastar unas veinte opiniones. Los pobres ya se desesperaban hasta el punto de que en ocasiones rozaban la crueldad: "Pero, qué más te da, si cualquier cosa va a ser mejor que ESO que tenías". Incluso empecé a sentirme un poco mal por la pobre Blackberry. Después de todo me había servido con lealtad durante más de dos años.

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