Locuras de amor

Me cuentan que una amiga se ha enamorado de un chico y se le ha ido la pinza. Se han mudado juntos, casi apenas sin conocerse y viniendo ella de una familia bastante tradicional; ya no tiene tiempo para dedicar a sus viejas amistades porque el más feliz es el que pasa con él; y ha empezado a hacer cosas que los que la conocemos bien ni en sueños nos imaginaríamos que pudiera llegar a hacer algún día.

Esto que cuento es insólito porque ya no se hacen grandes locuras por amor. No sé si es por la horquilla de edades en la que me muevo o porque la sociedad ha cambiado. Igual nunca se hicieron y lo que pasa es que he leído demasiados libros. El caso es que últimamente me da la sensación de que la gente entra en todo tipo de consideraciones antes de enamorarse, comprometerse, casarse, ennoviarse o, en definitiva, hacer cualquier tipo de locura por amor. Se sopesan los valores, se da cuenta de las relaciones anteriores como quien pide un certificado de antecedentes penales, el carácter, la afinidad, el proyecto de vida que maneja cada uno. Yo, que debo de ser una perra desalmada y calculadora, que la mayor locura que he hecho en mi vida por amor ha sido mandar algún mensaje de texto a destiempo, lo veo de lo más natural. Pero, al mismo tiempo, me da pena. Puesto que el amor en la vida real me gusta sencillo, pero en las novelas, en la música, en las películas y en las historias en general me gusta más cuanto más romántico y dramático, igual que a Angiealquezar, confiaba en que las locuras de amor las hiciesen otros, y yo pudiera participar de ellas de manera vicaria.

Me consideraba lo más reflexivo y prudente que se despachaba y, de repente, me encuentro involuntariamente acompañada por todo el mundo. Todo el mundo se ha vuelto desconfiado. Todo el mundo hace separación de bienes. Todo el mundo conserva su parcela de independencia, se hace fuerte en su individualismo arduamente conquistado. Nadie se lanza ya a la vorágine de los amores intensos y ardientes, de esos que consumen, con el perjuicio que eso supone para la literatura. Las historias bonitas de amor que nos quedan son serenas, de parejas que envejecen juntos y se cogen de la mano en el cine. En plan Up. No me entendáis mal: Ese es el amor que le deseo a cualquier amigo mío. Pero, al mismo tiempo, de manera egoísta, echo de menos en los otros esos amores un poco culpables, un poco sonados. Esos con los que en los corrillos se mueve la cabeza, desaprobando, con reproche, como diciendo "Esta se ha terminado de chiflar". Además es que los consejos que yo estaba facultada para dar, del tipo "ten cuidado, date tiempo, qué prisa tienes, piensa en ti", se han vuelto, sin preaviso, superfluos. Antes de que empiece con mi cantinela racional ya me están contestando "ya, ya...". Y, si me quitan el ser la voz de la conciencia de todas esas cabecitas enamoradiscas, es que ya no me queda misión ninguna en el negocio este del consultorio amoroso.

Lo que quiero decir, amigos míos, es: Liaos la manta a la cabeza; sed imprudentes; mudáos por amor;  idos fuera incluso, en plan Madrileños por el Mundo ("¿estás aquí por trabajo o por amor?"); casáos con precipitación vosotros, porque está en vuestro carácter y es vuestro rol. Haced locuras, como se hacían antes. O como las hacíais, vosotros que las hicisteis, cuando eráis más jóvenes e inexpertos. Porque es que ya no se hacen casi locuras por amor. Y la verdad es que me parece una pena.

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