El ballet y la neumonía

La escuela estaba, y todavía lo está, enclavada en una especie de patio, entre bloques de pisos, y se entraba por lo que parecía el acceso a un garaje. Me parece como si sólo hubiera estado allí un par de días, pero en realidad debí de ir a clase durante meses. El primer recuerdo que tengo es el del primer día, vestida con mi maillot, mis medias y con mis zapatillas de ballet, dando saltitos con un montón de niñas más, y a una profesora que me reñía todo el rato porque decía que tenía que meter la tripa hacia dentro. A mí eso me parecía una tortura, lo de meter tripa y sacar las costillas, porque me obligaba a contener la respiración. Y ya entonces era lo suficientemente lista como para entender que sin respirar no iba a durar mucho, ni en esa sala de madera barnizada y paredes cubiertas de espejos, ni en el mundo en general.  

El segundo recuerdo es de mí misma, como vista desde fuera, sentada en el suelo, las plantas de los pies tocándose, las piernas amagando un círculo, y una profesora (no sé si otra o la misma tipa sádica), explicándome que tenía que inclinarme hacia adelante y hacer como que me llevaba una cuchara a la boca, "como si estuvieras comiendo sopa". Yo odiaba la sopa por aquel entonces, con lo cual el símil no era de lo más acertado para mover a una niña de siete años a la cooperación.

El último recuerdo que tengo es en un despacho, con una mesa enorme de madera, y fotos de bailarinas en las paredes, y mi madre y yo sentadas en sendas butacas frente a una señora sonriente. Y eso es todo.

No sé cómo se le ocurrió a mi madre la idea de apuntarme a clases de ballet, teniendo en cuenta que siempre he tenido la cabeza bastante grande y bailando clásico podría haber parecido una peonza dando vueltas de manera alocada. En cualquier caso, mi breve carrera artística llegó a su fin el día en que pillé una neumonía, presuntamente por lo poco abrigada que va una a clase de danza. Cuando, años después, pasaban la hoja de las actividades extraescolares en el colegio, yo marcaba la casilla de baloncesto.

De esa época recuerdo las inyecciones diarias, que yo ya me tomaba con una cotidianidad bastante estoica, he de reconocerme. La mayor parte de las veces me las ponía mi abuelo, que venía  a casa todos los días y que no sé muy bien cómo aprendió, supongo que vacunando perros o pinchando a sus hijos (Mi familia y otros animales). Mi abuelito llegaba cada mañana de lo más animoso, desinfectaba con un poco de alcohol y pinchaba sin demora porque sabía que no hay nada peor en el dolor que la espera. Y era tan cariñoso, y tan noble, y tan justo, y representaba tanto todo lo bueno y lo que merece la pena de las personas, que ni a pinchazo diario fue posible que le cogiera manía.

Algunas veces, sin embargo, íbamos mi madre y yo a un médico. Y tengo fresco el recuerdo, como si fuera ayer, de una niña rubia, yo misma otra vez como si me viera desde fuera, con el culo en pompa en una camilla mirando despreocupada los dibujos de la parte de detrás de una película del perro Pluto en VHS. No me quedó ningún trauma, ni secuela, ni miedo a los médicos, las agujas o la enfermedad como resultado de todo aquello (más bien una cierta tendencia a la temeridad y a todo lo opuesto a la hipocondría que se pueda uno imaginar), así que imagino que no fue para tanto. Pero ahora, recordando como lo recuerdo, desde fuera, siento una gran compasión por esa niña rubia, que soy yo, precisamente porque mira una cinta de vídeo de Pluto, ajena a un pinchazo que sabe que va a llegar pero al que ya se ha acostumbrado. Y pienso en mi madre, y en cómo debía de sentirse, y se me ocurre que es comparable con lo que sentía yo cuando miraba a la niña gordita, morena y con gafas que era mi hermana a los ocho años.

El caso es que yo ahora nunca me pongo enferma y mi hermana es un bellezón y además tiene una retranca bárbara (como el marido de Soraya). Hace algún tiempo mi hermano le preguntó en broma si no había pensando nunca en vengarse de esos niños del Club que se metían con ella y la llamaban gafotas, ahora que ella era la "popular". Mi hermana hizo un gesto con la mano de espantar moscas, como diciendo "hay que dejarlo pasar", y ahí quedó la cosa. Todo apunta a que es posible que esos valores que eran todo lo mejor del ser humano pasen de generación en generación. A que se hereden, como el grupo sanguíneo (O +), y la piel aceitunada.

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