El Ángel Caído

Correr es un verbo que tiene un reflexivo traicionero y es por eso por lo que yo pongo siempre mucho cuidado en advertir que voy a SALIR a correr, o que voy a correr. SIN MÁS.

Correr es una actividad física que se ha puesto muy de moda y que tiene muchas más ventajas que las obvias. Para empezar, uno puede comprarse ropa de correr sin sentirse culpable porque, eh, no es consumismo, no es vanidad, es salud y forma física. Corriendo se liga, porque los humanos tienden a sentirse atraídos por humanos afines y a imaginar idílicas carreras de la mano por el Retiro los sábados por la mañana para después desayunar tostadas con aceite y tomate en la terraza del Arcade, si el Arcade aún siguiera existiendo. A mí incluso me han aplaudido por la calle, del arte que debo de tener en plena carrera.

Yo me aficioné a correr porque un día me dio por salir y resultó que, contra todo pronóstico, aguanté bastante. Se llaman endorfinas, pero una lo que se siente es poderosa. Son ellas las responsables también de que haya tantos chicos guapos corriendo por los parques. Algunos incluso huelen inexplicablemente bien.

Me gusta correr porque salgo de casa con la cabeza como un cesto de la ropa sucia revuelto, que es su estado natural; y vuelvo con ella limpia, seca, planchada y oliendo a Mimosín. Puedo escuchar canciones pachanga sin sentirme una macarra o peor, una mainstream de pacotilla, y me imagino bailando con mis amigos en algún bareto con un punto calorro, que son los que me gustan a mí en realidad, con un gintonic en la mano. A veces incluso me marco algún paso de baile ante la mirada atónita y censora de los corredores pro, para los que todo esto es un asunto muy serio.

Cuando llevo un par de kilómetros empiezo a sentirme fuerte, y cuando voy por el quinto me veo ya imparable. Los miedos se disipan y me visualizo consiguiendo todas las cosas que quiero en la vida. Me centro en una cada día que salgo, para no abusar.

En primavera, al subir la cuesta horrible del Retiro, huele a jazmín, y yo, al pasar por la Fuente, le lanzo un beso al Ángel Caído, que es mi estatua favorita del mundo entero, a falta de poder dárselo en la boca. Y si saco fuerzas para dar una segunda vuelta es sólo para poder verlo dos veces. Y me conformo con sólo su silueta cuando ya ha anochecido.

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