Catequistas en apuros

No sé cómo nos metimos en ese embolado, pero la cosa es que mi amiga Marina y yo terminamos dando catequesis. Dando catequesis en el sentido de impartirla. Nosotras. Activamente. No recuerdo si la Hermana se dejó seducir por nuestro conocimiento de la Historia Sagrada, que lo mismo nos podríamos haber puesto a hablarle a los niños aquellos de mitología griega, que también la dominábamos y eso sí que era una rave; el caso es que teníamos nosotras la fe nuestra como para preocuparnos por la de los demás.

Reclutó a unas cuantas para dar las clases me parece que un viernes de cada dos por la tarde en el salón de actos del colegio, y allá que fuimos. Las otras chicas fueron más avispadas y se quedaron con un grupo todo de niñas, modositas, con sus faldas de tablas azules a la altura de las rodillas y sus cintillos en el pelo. Nuestro grupo era mixto y aquello parecía Mentes peligrosas.

A mí los adolescentes se me han dado siempre bastante mal, pero es que en esa época yo era una post-adolescente prácticamente. El salto generacional era sin embargo innegable, pero no lo suficientemente grande como para merecernos el respeto de esa pandilla de macarras. Las niñas nos daban sopitas con hondas. No había viernes que una no llegara con un chupetón del tamaño de una pelota de tenis, morado pascua, que daban ganas de ponerse a sermonear sobre lo malísimo que tenía que ser tanto reventón de capilar. Pero para advertencias estaban estos. Lo apropiado hubiera sido ponernos ahí a hablar de la prevención de enfermedades venéreas y a repartir condones. Al final terminábamos atrapadas por la historia y afirmábamos convencidísimas que ese chico nos le convenía nada, como si fuera eso un cuestionario en vivo de la Vale. Pero en fin. Las niñas eran chicas al fin y al cabo. Sabíamos como manejarlas.

Los muchachos eran ya otro cantar. Los chicos en edad del pavo son una cosa peligrosa e impredecible: Un momento están quejándose, casi entre sollozos, porque les has reñido; al otro están soltando un gallo y al poco rato te da la sensación de que te están mirando insistentemente las tetas y a un tris de pegarte un pellizco en el culo.

Ni que decir tiene que no les interesaba nada de lo que les teníamos que contar. Ademas es que no puedes poner a dos chicas de bien frente a un montón de adolescentes gamberros y cabrones, chicos y chicas, chicos galleando frente a chicas, para explicar cosas que tienen difícil explicación. Tengo vivísimo el recuerdo de Marina prometiendo, desesperada, que si le dejaban explicar lo de los Sacramentos que imprimen carácter luego les hablaba de sexo. Y mientras tanto nuestras compañeras, las que nos habían vendido a los bárbaros aquellos, en la otra punta del salón de actos, como si les fuésemos a contagiar el papilomavirus, haciendo pulseras de bolitas y cantando canciones como en el campamento de Tú a Bostón y yo a Califonia o como en el puto internado Torres de Malory.

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