Averías

Cada vez que se rompe un electrodoméstico en mi casa me echo a temblar. Es algo que me produce un nerviosismo sólo justificado en parte, la verdad, un poco desproporcionado. Desde hace algún tiempo lo llevo algo mejor: simplemente asumo que voy a tener que llamar a un técnico y que este hará de mí lo que quiera. Me preparo para desembolsar la cantidad que se me diga y punto y final. Intento poner cara de póquer y mantenerme imperturbable, eso sí, porque en el fondo estoy aterrada y esta gente huele el miedo. 

Antes en cambio me emperraba en intentar arreglarlo yo, porque me daba mucha rabia que ellos cobraran de base 45 euros por desplazamiento y media hora de trabajo (materiales aparte), estuvieran en mi casa 5 minutos, hicieran un par de cosas aparentemente sencillísimas y se marcharan. Pensaba, en mi bendita inocencia o en mi increíble arrogancia, "seguro que cómo se arregla esto tiene que venir en Google". Y perdía horas preciosísimas de mi tiempo leyendo posts sobre cómo cambiar el interruptor de seguridad de un termo eléctrico. No sólo es esta, por regla general, una empresa inútil, sino que además suele ser bastante peligrosa.

Con los ordenadores me pasa un poco lo mismo. Una vez tuve un novio informático y no me fue de ninguna utilidad nunca en este sentido tampoco. De hecho, las veces que algún amigo me ha ayudado con algo relacionado con ordenadores era lego en informática en sentido estricto. A veces pienso que los informáticos están tan obsesionados con que les vas a dar la paliza, como si fueran a pasar a ser tu departamento personal de IT si acceden a echarte una mano en algún momento, que colocan una especie de muro ya de partida, y te contestan instantáneamente que no a todas las frases en las que comentes que has tenido cualquier problema con un ordenador. Ponen cara de desentendidos y sólo les falta empezar a silbar. A veces alguno incluso se ha dado media vuelta y ha echado a andar en dirección contraria. Y luego están los que esgrimen la excusa de que es que ellos son programadores. Vamos, que lo que necesitas es un técnico entonces, que debe de ser una cosa diferente. Es como si a un abogado le preguntas por la sociedad de gananciales y te dice que no puede ayudarte, que él es mercantilista, con la excepción de que la sociedad de gananciales sí que puede aprenderla uno en Google.

En realidad lo que me pasa a mí es que me gusta tener el control de todo y en este tipo de asuntos no tengo el control básicamente de nada. No puedo ni hacer una estimación de lo que me va a costar, no sé si me están diciendo la verdad o contándome milongas (por mucho que, inmediatamente después, me abalance sobre el ordenador y me enfangue en foros y en páginas de opiniones). Ese tipo de impotencia es la mar de desesperante.

Si tuviera que hacer un ranking de con qué avería he sufrido más (ranking interesantísimo donde los haya), y dejando aparte la cuestión del ordenador, que ya es otro nivel de desdicha y sufrimiento, diría, así, a bote pronto, que lo peor que le puede pasar a uno es no tener agua caliente el 23 de diciembre en Madrid. Tener la nevera rota no es plato de buen gusto tampoco si no te gusta el café solo, máxime si eres de los que si amanecen sin café más les vale volverse a la cama, como es mi caso. Bien es cierto que puedes bajarte al bar porque tienes termo y has podido ducharte pero, si me dan a elegir entre relacionarme socialmente y mi café de la mañana, yo elijo sin dudar el café, que el contacto humano está sobrevalorado y el hombre es un lobo para el hombre.

Lo que queda claro en cualquier caso es que todo es mucho más llevadero si se puede escribir sobre ello. Te pueden pasar todo tipo de putadas, que siempre consuela pensar que al menos te servirá para escribir algún post absurdo.

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