Riotinto

Estamos en Riotinto, un bar mítico de Chamberí, en la calle Alonso Cano. Decorado con ajados motivos taurinos, y amenizado con música flamenca está, sin embargo regentado por rumanos, eficientes y obsequiosos, que te ponen una tapa con cada consumición. Se acerca la hora de la cena y empieza a llenarse. Yo ya voy por el segundo Rueda.

Además de gente común, de bar, grupos de amigos de mediana edad, una pareja joven sentada en torno a uno de los barriles, de esos que hacen las veces de mesa, dos personas llaman mi atención.

La primera es una mujer. Le calculo unos cuarenta y muchos años (aunque siempre he sido fatal para las edades), aunque podrían ser menos porque da impresión de avejentada. Está sentada junto a la ventana y se bebe un vino tinto a traguitos cortos, sin prisa. No lee, y eso me extraña. Porque estar leyendo es la única razón sensata que encuentro para estar solo en un bar, bebiendo un vino tinto a traguitos cortos. Apura la primera copa y pide una segunda. No es una mujer muy atractiva. Lleva vaqueros y camiseta ajustados que no le favorecen y se alza sobre unos botines de tacón fino que lleva por fuera del pantalón.  Las raíces negras y un poco grasas asoman de la base de sus cabellos teñidos de rubio. De repente caigo en la cuenta de que debe de ser rumana. Una de las rumanas del local. Y la mujer pierde todo interés para mí por lo justificado de su presencia.

Al momento entra un hombre por la puerta. Uno de esos señores mayores de barrio viejo madrileño. Acicalado con esmero. Me atrevería a decir que perfumado incluso, aunque desde mi taburete no alcanzo a olerlo. Me rebasa por la izquierda y se acoda en la barra, a unos metros de donde nosotros estamos. Saluda a la camarera, amablemente, con familiaridad. Habla un poco alto, así que supongo que debe de ser algo duro de oído. Pide, como si fuera algo cotidiano. - Me vas a poner una ración de este queso de aquí.- Dice, señalando un queso curado, un poco aceitoso. -No, media mejor. Y un café con leche. La leche del tiempo.-

Empezamos a hacer cábalas sobre qué tipo de vida tiene alguien que cena, un sábado por la noche, un café con leche, con cafeína,  y media ración de queso aceitoso. Estará jubilado. Será un escritor. Imagino a un hombre mayor, dinámico, saliendo de Riotinto y entrando al poco en un portal antiguo. Subiendo en un ascensor de cable. Abriendo una pesada puerta de madera oscura lacada. Quizás con una medalla de alguna Virgen o un Sagrado Corazón. Puede que con una placa. 
-¿ Ves?- Digo.- Es así como nacen las historias.-

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