Un Cuarto Propio, entre otras cosas

Hace un par de años, me dio por las escritoras femeninas malditas y suicidas (porque yo soy así de alegre a veces) y leí un libro de Virginia Woolf, que se llama "Un Cuarto Propio" (o "Una Habitación Propia"). El libro contiene una de las grandes verdades universales, magistralmente concentrada en la siguiente cita: "Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien". Yo procuro aplicarla en todo momento y, por ahora, nadie se me ha quejado de cómo pienso, amo o duermo.
Pero, en realidad, todo el librito, un ensayo, gira en torno a esta otra (y la escribo de memoria, así que puede no ser literal): "Una mujer para escribir necesita 500 libras anuales y un cuarto propio".
Sin detenernos en consideraciones feministas, que en realidad no los son, porque está fuera de todas discusión hoy en día que las mujeres pueden escribir, y todo lo demás, exactamente igual de bien que los hombres y, por eso mismo el feminismo está ya más pasado que los pantalones de campana (¡cuidado, que vuelven!), lo más curioso del libro a mi gusto es la diferenciación que hace entre las dos hermanas Brontë, Emily y Charlotte.
Hace muchos más años que un par, me dio también por las escritoras femeninas pero, en esa ocasión, Románticas e inglesas. Románticas del Romanticismo del XIX, no románticas, en plan Danielle Steel, que eso también. Mi preferida de todas era, sin duda, Emily Brontë, y "Cumbres Borrascosas" fue el libro que hice leer durante años (sin mucho éxito, por cierto), a toda la gente que me pareció digna de ello. 
Aunque para Virginia Woolf, la mejor de todas ellas era Jane Austen, y debe de ser cierto, porque sus libros son mucho más leídos, mucho más adaptados al cine, y tanta gente no puede estar equivocada, a mí siempre me pareció que abusaba del te y de las tardes de piano. ¡Emily sí que hablaba de pasiones de verdad! ¡En su libro la gente sí que sufría, que estaba atormentada, que pasaba miedo! Si bien es cierto que Charlotte y Emily tienen un punto un poco gótico común, la segunda le da a la primera sopitas con ondas en lo que a recrear ambientes tenebrosos se refiere.
Pasando entonces de Jane, que ya ha quedado claro que nunca me interesó tanto como las Brontë, como decía, Virginia Woolf coincide conmigo en el genio de Emily por encima del de Charlotte. Y lo achaca a que Emily escribe sin miedo, sin importarle los convencionalismos sociales. Charlotte escribe inhibida, y eso sella su destino de segundona (un digno puesto, si tenemos en cuenta que existía una tercera Brontë, Anne, que también escribía y a la que Virginia Woolf ni menciona, creo).
Charlotte tiene miedo, no se expresa libremente, no plasma sentimientos que la gente desprecia. Su heroína la caga un poco a veces, pero tiene una moral, la tía. Ahí, firme. Los personajes de Emily son todos un poco hijos de pura, egoístas, sádicos incluso. No digo que tenga que ser así, simplemente que admiro a la gente que escribe sin importarle lo que los demás piensan. Sin considerar las consecuencias de lo que escriben. Si la gente verá en sus personajes, o en sus páginas, algo horrible acerca de su propia personalidad, algo de lo que avergonzarse. Todos esos rasgos espantosos, como la envidia o los celos, tan desagradables y tan poco justificables. 
Emily no tiene miedo, y sus personajes se quieren o se odian como se quiere y se odia la gente de verdad, no como si estuvieran interpretando una obra de teatro de cara a la galería. Heathcliff y Catherine protagonizan una de las escenas de amor más apasionadas de toda la literatura que yo haya leído (sin sexo, eso sí, qué os vais a pensar, que estamos en el XIX) y, en cambio, Jane Eyre no puede dejar de parecernos un poquito mojigata.
Y claro, luego yo pienso que a mí, cuando me siento frente al ordenador, me cuesta teclear la palabra FOLLAR, y que así no vamos a ningún lado. F-O-L-L-A-R. Uff, qué desasosiego.

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