jueves 31 de julio de 2008

Temas pendientes

Tengo en el tintero un post sobre los viajes organizados y en borradores las dos últimas crónicas helénicas y un par de relatos que desecho y retomo cada día (desecho uno, retomo el otro, desecho uno, retomo el otro), sin ser capaz de decidir cuál es el peor de los dos.

Con respecto a las crónicas helénicas, tal y como apuntaba Rafael en uno de sus comentarios, me temo que nunca sabremos cuál de las cuatro se emborrachó más, o si alguna tuvo un affaire con un griego. O puede que sí, nunca se sabe.

El caso es que mi periodo de meditación trascendental, después de tanto trasiego de viajes y de salidas, empieza mañana, y no sé con cuanta frecuencia tendré acceso a internet. Depende de mí, en realidad. Y no sé si querré tener acceso o preferiré descansar también un poco de esto. La verdad es que podría haber programado posts para mi ausencia o algo, pero entonces me pasaría todo el día pensando en la posibilidad de que alguien hubiese comentado, y convenciéndome a mí misma de que no, de que no merece la pena ir a un ciber sólo por eso.

Y es que, otro de los objetivos de este mes de agosto, es quitarme el mono de la satisfacción inmediata en forma de comentario o e-mail amable. Que los lectores comenten o escriban es, sin duda alguna, el mayor placer que me proporciona el blog. Si no fuera así no publicaría nada. Probablemente, ni siquiera escribiría cosas coherentes. Tal y como le decía ayer a Anarouss, mi ordenador estaría lleno de documentos de cuatro páginas sin sentido.

Esa manía que tengo de lanzarlo casi todo al ciber-espacio hace que en cada concurso literario que consulto me dé de bruces con el maldito requisito de “inédito”. Y, puesto que mi vida ya no será la misma y, probablemente, ya no parezca ni mía a la vuelta del verano, tenía la esperanza de ser especialmente prolífica durante estos meses en este sentido. Y, lo que llevo escrito (poco y malo), es como para irse preocupando ya.

Por supuesto, nada de todo esto quiere decir que no publicaré nada durante este mes (Horus dirá) y, ni mucho menos, que no prestaré la mayor atención a cualquier cosa que queráis contarme. Contestaré, pero no puedo decir cuándo. Lo único claro es que no tengo una pauta clara de actualización, o todo lo contario, durante este mes. Nunca en realidad, aunque lo haga con cierta frecuencia. Y qué viva la libertad y la falta de criterio.

En otro orden de cosas, os deseo a todos un verano magnífico y os doy las gracias una vez más por todo. Sed felices, leed muchos libros, tomad el sol, idos de cañas y, sobre todo, empapaos de toda la morralla de la parrilla televisiva estival. A mi vuelta os examinaré.

martes 29 de julio de 2008

Consejos a las mujeres

[...]Las normas sociales que rigen para las mujeres egipcias son muy distintas a las occidentales, lo cual, unido a la imagen adulterada que ofrece el cine estadounidense, crea algunos malentendidos. Por ejemplo, que una mujer viaje sola se interpreta como una evidencia de frivolidad. Si bien las agresiones sexuales graves son raras, las verbales y los tocamientos sí pueden ocurrir, pero esto suele evitarse vistiendo con cierta discreción. Póngase prendas largas y sueltas, que no se transparenten y le cubran pecho , hombros, brazo por encima del codo y piernas por encima de las rodilla. Muchas mujeres solteras lucen alianza matrimonial como señal de respetabilidad.

Guía Visual El País Aguilar. Egipto. Cuarta edición, 2007.

Mi madre: -¡Pero, hija mía! ¡Así vestida pareces una monja cooperante!

sábado 19 de julio de 2008

Corfú (Segundo destino)

A la luz del alba el mar se desperezaba alzando tersos músculos de olas azules, y la espuma de nuestra estela, tachonada de brillantes burbujas, se abría tras de nosotros como una blanca cola de pavo real. A Levante amarilleaba el cielo pálido.

De frente, una mancha de tierra color chocolate, envuelta en nieblas y cercada de espumas en su base. Era Corfú: aguzamos la vista en busca de la forma exacta de sus montes, sus valles, sus picachos, sus gargantas y sus playas, pero sólo se distinguía una silueta. Hasta que, de pronto, el sol surgió en el horizonte, y el cielo se tornó azul esmaltado, como el ojo de un arrendajo.

Las interminables, minuciosas curvas del mar flamearon un instante, y al punto se tiñeron de oscura púrpura moteada de verde. Alzóse la niebla en jirones tenues y rápidos, y ante nosotros apareció la isla, con sus montañas como amodorradas bajo un arrugado cobertor marrón, los pliegues salpicados del verdor de los olivares. Por la costa se sucedían playas blancas como el marfil entre ruinosos torreones de brillantes rocas blancas, doradas, rojas.


Gerald Durrell, Mi Familia y Otros Animales.


Desde que de niña leí Mi Familia Y Otros Animales, coincidiendo además con el culmen de mi inquietud zoóloga, siempre quise visitar Corfú. Corfú es la isla griega más peculiar, por su clima y su verdor. No me extraña que el joven Gerry fuera el más feliz de los niños viviendo allí. Una isla que alterna lluvia y sol en las proporciones y los meses adecuados debe de ser el paraíso en a tierra para un pequeño biólogo.

Actualmente, sin embargo, y tal y como yo la vi, la isla se ha convertido es un hervidero de turistas, principalmente familias y jóvenes de viaje de fin de estudios (en nuestro albergue de estudios de bachillerato, concretamente, pero ya hablaré de ello). De vez en cuando se distingue algún abuelito de innegable estilo inglés y yo me deshago de la emoción. Juraría que se trata del propio Durrell, si no fuera porque sé con certeza que ha muerto.

Incluso la propia Sissí se hizo construir una casita allí, el Achilleon, en palabras de AngieAlquezar un pasteliche que trata de evocar el estilo clásico. Yo no pude verlo. Michael, el australiano que más se mola a sí mismo, que incluso hace una pausa después de pronunciar su nombre de forma cadenciosa, poniendo un énfasis especial en la “l” del final, consideró, sin consultarlo con ninguna de nosotras, a pesar de que éramos las que pagábamos, que merecía más la pena una hora de playa. Ya se sabe que el bronceado hay que cuidarlo, que si no se desprende del cuerpo de uno como la roña, o como el de las toallitas bronceadoras al contacto con el agua y el jabón. Le perdono la vida porque nos puso una música estupenda durante todo el trayecto y porque, a diferencia de otras experiencias con conductores de vehículos en las islas griegas que he tenido, aunque me mareé un poco, en ningún momento llegué a temer por mi vida.

Nos alojamos en el Pink Palace, muy recomendable si tienes 18 años, y un poco menos si eres algo mayor. Las habitaciones son baratas, cómodas y relativamente limpias pero, si alguna vez vas, no te dejes estafar cuando en recepción te propongan sacar dinero por ti en lugar de que lo hagas desde un cajero normal. Te cobran algo más de comisión (4 €, no es como para morirse, pero te lo venden como una gran oportunidad.) La comida es también más barata, y me atrevería a asegurar que mejor, en el pueblo que en el albergue. En Grecia, por lo general, se puede comer una pita por unos dos euros y medio. El alcohol es veneno puro, pero te dan medio litro de cerveza por un euro y medio, y está bastante buena, así que ésa sería mi bebida recomendada. El plato fuerte de las actividades programas es la llamada Fiesta de la Toga. Las malas lenguas cuentan que hay gente que, debajo de la sábana rosa que te dan en el hotel para que te la coloques al modo griego clásico, no lleva absolutamente nada de ropa. Personalmente creo que eso, además de muy poco higiénico es falso, pero no puedo asegurarlo. También se cuentan historias de folleteo clandestino y gente desnuda durmiendo en la playa. Todo para alimentar la leyenda acerca del desfase que la fiesta supone. Esa noche conocimos a un tío inglés de apenas 18 ó 19 años que se gustaba tanto a sí mismo que no creo que concibiera placer mayor que entregarse al onanismo. Cada vez que metía un gol jugando al futbolín se besaba. Ver para creer.


Muestra de las actividades lúdico-festivas que se ofertan en el Pink Palace

Las playas, como podéis ver en las fotos son bastante impresionantes. El color del mar es increíble, y las aguas son tan cristalinas que desde la superficie se puede ver el fondo (sé que ésto es redundante, además de obvio). Tienen el atractivo adicional de estar rodeadas de verdes montes. Uno se baña en ese mar y es como si el mundo estuviera suspendido un par de centenar de metros sobre su cabeza. Al final de la propia playa del Pink Palace hay una calita, justo detrás de unas rocas, que es una maravilla.

Vista desde la habitación en el Pink Palace

Corfú pueblo tiene el encanto un poco decadente de algunas ciudades italianas. Callejear por sus calles estrechas, jalonadas de tiendecitas de suvenires bastante típicas, es una alegría para el espíritu. Uno no puede dejar de recordarse a sí mismo la suerte que tiene de estar en una isla tan portentosa, con esos acantilados, ese verde olivo y ese azul del cielo y el mar. Es que miro las fotos y me emociono.


Uy, casi se me pasa hablar del Ferry de la Muerte. No os dejéis impresionar por la fotografía tomada al amanecer. Fue una de las noches más angustiosas de nuestras vidas. Utilizando una expresión de mi querido Charrino, si uno escupía en el interior de ese barco, el lapo se helaba antes de entrar en contacto con el suelo. Las súplicas a la tripulación para que subiera la temperatura no sirvieron de nada. Se estaba mejor en cubierta a las 6 de la mañana que dentro. No digo más. Abrigaos.

Gato en Museo Bizantino o muestra de con qué mimo preservan los griegos su patrimonio histórico.

Monopoli- Bari (Primer destino)

Nuestro primer destino fue Bari. Allí desempolvé mis rudimentarios conocimientos de italiano. No creo que sea presuntuoso decir que de algo sirvieron. Aunque puede tener algo que ver el hecho de que el italiano medio entienda bastante bien el español si se le habla despacio. Nos alojamos en un pueblecito cerca de Bari, llamado Monopoli, en un Bed & Breakfast propiedad de la signora Maria. Imaginamos que se trataría de una agradable nonna sureña, toda vestida de negro y con un pañuelo en la cabeza pero, por el contrario, no encontramos con una especie de Belén Esteban de la Italia meridional, fibrosa, tanoréxica y vigoréxica. Un poco exagerada, pero encantadora al fin y al cabo. Se jacta de que su capuccino es el mejor de Italia. Las habitaciones son un lujazo, todo estaba limpio impoluto y tomar el desayuno con ella es una verdadera experiencia.

Pasamos el día en una playa, Cala Paradiso, donde el azar nos obsequió con una buena muestra del manido estilo italiano. En un momento dado, las cuatro nos quedamos absortas en la contemplación de un joven. Él, a juzgar por sus movimientos pausados y pretendidamente sensuales, pensaba que estábamos admirando su artificialmente musculado torso. Pero la realidad era que nos encontrábamos en estado de shock, ante la visión de su absurda braga naútica, lo que en España se conocería como slips blancos marcapaquete, si es que semejante aberración existe en nuestro país, que estoy casi segura de que sí, aunque nos pese.



Mucho más que el italiano hortera despertó mi morbo una pequeña iglesia dedicada a las ánimas del purgatorio, en la que están expuestas las momias de varios monjes. Sé que yo misma me estoy exponiendo a todas las penas del Infierno, primero por fotografiarlas y luego por colgarlas aquí con total tranquilidad y sin el debido respeto, pero no puedo reprimirme.


Después de un día en Monopoli nos dirigimos a Bari para, desde allí, coger el Ferry de la Muerte (ya explicaré por qué) que habría de llevarnos a Corfú. De Bari no voy a decir mucho. Es cierto que no conozco muchas ciudades italianas y que, además, las que conozco destacan precisamente por su belleza. Pero creo que me permitiré la osadía de decir que Bari es, con total seguridad, la ciudad más fea de Italia. Lo más reseñable de nuestra estancia allí es que presenciamos, en vivo y en directo, una verdadera boda barinesa, y que fue allí donde compramos nuestros sombreros Panamá-somos-las-mas-molonas (adoro ese sombrero).

Por último, como muestra de folclore barinés, este motivo decorativo en uno de sus camiones. Me hizo gracia.

viernes 18 de julio de 2008

Stanca morta

He vuelto hoy de mi viajecito y tenía pensado escribir una serie de posts, bastante inútiles para la generalidad, pero muy útiles para aquellos que planeen hacer un viaje por las islas griegas. Iba a tratar temas de interés tales como el rango de precios del yogur o cómo ahorrar dinero saliendo por Mykonos. Pero la pereza me puede. Me siento como si una pandilla de griegos me hubiera dado una paliza. No me encuentro con fuerzas para hablar de las virtudes de su bello país.

De momento, y para que mi blog aparezca el primero en los feeds de los blogs amigos que me tienen enlazada, simplemente pongo una cancioncita del año de la tana, pero de reciente actualidad con motivo de nuestro periplo griego. Vegetaré, me repondré y, si para antes de que me tenga que poner en marcha de nuevo, hacia otro destino exótico (seré vuestro corresponsal suicida en Egipto en julio), os contaré un poquino más sobre mis andanzas helénicas.

Como consejo, bebed mucha agua. Se preven temperaturas de hasta 38 º en Madrid para esta semana.



lunes 7 de julio de 2008

De Funny Games y de pinturas

Ayer fuimos a ver la película esa que es un remake de una austriaca, Funny Games. No sé si fue porque el Kinépolis me parece poco acogedor, o porque realmente es la película más angustiosa que he visto en todos los días de mi vida, el hecho cierto es que salimos a la hora de que hubiera empezado. Creo que es la segunda vez en mi vida que hago algo así, y la primera no fue por voluntad propia, sino por verdadera fuerza mayor y ajena a mí por completo.

En cuanto llegué a casa me conecté a internet y me puse a investigar, a ver si encontraba un buen Spoiler que satisficiera mi curiosidad, porque una cosa era no estar allí sufriendo y otra muy distinta no saber el final. Hasta que encontré uno medio decente leí muchas críticas sobre la película tratándola, tanto de obra de culto, como de burla a los espectadores. Cosas del destino, parece que la mejor parte, y, por ende, la que más congoja produce, es la primera hora, justo la que vimos nosotros. Luego la cosa empeora lo que, en nuestro caso, igual hubiera supuesto mejorar, en vez de volver a casa con las peores escenas bien frescas y sin certezas acerca de cómo terminaban los dos jóvenes psycokillers. He leído hasta comentarios de gente que decía que se había aburrido. Yo me pase todas la hora con las manos en la cara mirando a través de los huequecitos que quedan entre mis dedos, tal y como suelo hacer. Y se me hizo una hora eterna, pero creo que no por aburrimiento.

De vuelta en el coche, aparte de cerrar con seguro todas las puertas como simple medida de seguridad, estuvimos hablando sobre historias de terror y sobre situaciones del pasado en las que tampoco habíamos destacado por nuestra valentía precisamente. Me acordé de las historias de miedo que nos contaba mi prima mayor en el campo. En concreto una sobre un cuadro desasosegante y bien malo, supongo que pintado por algún familiar lejano y ya difunto (lo que le confiere un carácter más lúgubre aún) y que, en consecuencia, no se puede simplemente tirar a la basura, sino que lleva expuesto en una de las habitaciones desde que yo recuerdo, y supongo que allí seguirá indefinidamente. El cuadro representa una especie de paisaje, con un puente y un pueblecito a lo lejos. Un campesino con un burro parece dispuesto a cruzar el puente para llegar hasta el pueblo. El cuadro, como digo, destaca por su extrema fealdad y sus colores desagradables. Tampoco la perspectiva está muy lograda con lo cual, tanto el campesino como el burro, son algo más grandes de lo que deberían ser, de forma que parece que están un poco superpuestos sobre el lienzo. Ya os podéis hacer una idea. Mi sádica prima nos contaba, regodeándose en los detalles más aterradores, cómo, si te despertabas en mitad de la noche y mirabas el cuadro, podías ver al campesino parado a distintas distancias del pueblo, a lo largo del puente. Pero, invariablemente, a la mañana siguiente, el campesino estaba en el mismo sitio de siempre, al principio del camino.

Ignoro si mi prima lo había hecho antes que yo, pero, años más tarde, leí Las Brujas, de Roald Dahl. Y eso ya me garantizó un temor reverencial hacia los cuadros durante toda mi infancia, y un respeto heredero de aquél aún hoy.

Precisamente, en un pasaje de este libro, casi al principio, la abuela le cuenta a su nieto la historia de una niña que llegó un día del colegio comiendo una manzana que le había dado una señora muy amable. A la mañana siguiente, sus padres descubrieron con horror que la niña no estaba en su cama. Buscándola por todos lados finalmente se dieron cuenta de que había pasado a formar parte de un cuadro que tenían colgado en el cuarto de estar de su casa, y en el que, hasta ese momento, tan sólo había unos patos y una casita de campo. La niña iba trasladándose dentro del cuadro (daba de comer a los patos, miraba desde la ventana de la casita) pero siempre permanecía quieta cuando la miraban desde fuera. Además, la niña iba cambiando, envejeciendo con el paso de los años. Hasta que, finalmente desaparece.

En el pasillo de mi casa en mi ciudad natal hay una serie de cuatro láminas que creo que le regalaron a mi madre con alguna revista de decoración. Representan las cuatro estaciones. La que corresponde a la primavera me ha parecido siempre especialmente inquietante.

sábado 5 de julio de 2008

Señora

Hace tiempo ya mi madre escribió acerca de una canción, Señora, de Joan Manuel Serrat, posteriormente versionada por Los Enemigos y por Marea (bueno peña, vamos a ir finiquitando ya […] vamos a hacer una versión […], esta canción nos mola, porque es una canción de “er Serrat”, de Joan Manuel Serrat, llamada Señora, luego la hicieron Los Enemigos con un poco más de caña, y ahora la hacemos nosotros como nos sale de los güevos…)

Precisamente, en la canción, Serrat se dirige teóricamente a la madre de su novia para decirle que, sí, que vale, que la niña se ha olvidado ingratamente de sus padres para irse detrás de un desconocido melenudo que, en realidad, se ha limitado a enamorarla, sin ser en absoluto responsable de la belleza y demás buenas virtudes con las que la niña ha sido bendecida, por intercesión de sus abnegados progenitores, pero que no le queda más remedio que asumirlo. Asúmelo, mujer, tú también fuiste joven. Acuérdate de cuando estabas de buen ver. No me odies.

La canción es un poco tremenda, pero tiene bastante gracia.

Mi estrofa preferida, sin duda, es ésta:

De nada sirvieron las monjas,

ni los caprichos y lisonjas

que tuvo a granel, Señora.

No la educó, ya me hago cargo,

pa' un soñador de pelo largo.

¿Qué le va usted a hacer, Señora?

Creo que, si alguna vez tengo hijas, las llevaré a un colegio de monjas sólo para que alguien pueda decir algo así sobre ellas. Supongo que tiene un noséqué de romántico lo de terminar corriendo detrás de un poeta con greñas, después de haber sido educada con todo mimo de forma supuestamente conservadora.

Aquí la canción:


Señora.mp3

viernes 4 de julio de 2008

Recomendaciones veraniegas

Esta mañana me he levantado con el agradable sonido de la taladradora, banda sonora original de las obras para colocar un ascensor en mi edificio. Y, lo peor, es que yo no necesito un ascensor para nada. Ya me había acostumbrado, y empezaba a verle ya sólo las ventajas al hecho de no tenerlo. No he tenido las piernas tan fuertes y tonificadas desde que jugaba al baloncesto con el equipo del colegio.

Además me he despertado toda encabronada, preguntándome retóricamente cómo era posible que se tuvieran que poner a taladrar precisamente un sábado a las 10 de la mañana. Ah, claro, que no es sábado hoy. Lo que más feliz me hace de mi recién estrenado estatus vacacional (el primero propiamente dicho desde el verano de 2006 si no cuento la Erasmus, que es como vacaciones, pero de otra forma) es que el día en el que vivo no tenga ninguna importancia en absoluto. Simplemente no es relevante si hoy es martes, miércoles o jueves. Es cierto que hay días de la semana en los que hay más gente en los bares y esas cosas. A mí ya, la gente en abstracto, me importa cada vez menos, así que tampoco me parece ése un criterio válido para santificar unos días de la semana por encima de otros.

Tenía un montón de proyectos para estos dos meses de asueto, antes de encarar la dura realidad de la vida opositoril. Por cierto, un apunte. Al próximo que me mire como si fuera una marciana, o me diga que estoy loca cuando le digo qué oposición pretendo sacarme, o me hable de estadísticas, o de un primo hermano de la tía del novio de una amiga que lleva doscientos años y aún no ha aprobado el primer ejercicio, y está a punto de entrar en el Libro Guinness como el opositor más vetusto de la historia de la Función Pública española, le retiro directamente la palabra. Yo ya no me ando con chiquitas. A partir de ahora, sobre este tema en concreto, sólo admitiré mensajes de esperanza y buenos deseos. Ya es bastante duro plantearse y decidir algo así como para encima tener a una panda de cenizos induciéndote literalmente al suicidio. Éste es mi sentir.

Como iba diciendo, yo tenía un montón de proyectos. Pero temo caer en la apatía más inmunda y en la indolencia (llevo casi tres horas despierta y, ¿qué he hecho, por dios, qué he hecho?!). Tenía un montón de proyectos, pero algunos algo abstractos: Leer, ver pelis, ver series, escuchar música nueva, pasear, beber cerveza, etc. Además de mis viajes, que ésos ya están montados. Por eso, os pediría a todos vosotros, lectores manifestados, conocidos y desconocidos, y no manifestados, que me ayudéis a ocupar mis horas en cosas realmente útiles y satisfactorias (pero ociosas, eso sí, eso por supuesto). Ya sabéis que soy curiosa por naturaleza. Todo puede interesarme y, en caso contrario, lo indicaré amablemente. No temáis ponerme en ningún tipo de compromiso. Así pues, espero vuestras recomendaciones veraniegas. Se agradecerá.

jueves 3 de julio de 2008

Absurdas confusiones pre-examen

Situación:

23:30 de la notte prima degli esami de la reválida. Messenger. Hablando con Percomo sobre Ben, la canción que Michael Jackson le dedicó a Ben: Su ratón. Es ésta:

100-Ben - Michael ...

Amanda dice:
la canción que me he bajado la canta una tía
Amanda dice:
me suena mucho
Amanda dice:
creo que la he escuchado
Percomo dice:
no, no es una tía
Percomo dice:
es Michael Jackson con 9 años

miércoles 2 de julio de 2008

Cartas veraniegas


Cuando era más joven era muy aficionada a escribir cartas. Todos los veranos escribía varias a unas cuantas amigas fieles, a algún amigo que sabía que sí que contestaría y, quizás, a algún novio. Es curioso que los veranos de mi adolescencia estén desperdigados por ahí, en las “cajas de cartas” de gente. Por ejemplo, toda la maravillosa historia de mi primer novio está en poder de Marina.

Me propongo llamarla para que me lo confirme y me haga, por teléfono, un esbozo de los detalles que no recuerdo. No de los comprometidos. En esa época no los había. Todo era deliciosamente inocente. Me dará un poco de vergüenza ver cómo me expresaba y cómo sentía hace tantos años. Pero, en cierto modo, supongo que será alegremente nostálgico recuperarme sin escepticismo. Desgraciadamente no está en casa. Dejo recado de que me llame cuando vuelva.

La memoria es algo asombroso. Creo que puedo reproducir todo el iter criminis precisamente por haberlo escrito en el pasado. Si empiezo a pensar en ese verano me veo a mí misma en un autobús, en el asiento de la ventana. Veo campos verdes, tan en contraste con los ajados campos extremeños de la sequía de esos años. Percibo una cierta melancolía. No es una edad fácil. Puede que ese verano leyera El Guardián Entre el Centeno. Recuerdo haber hecho propósito de regalárselo a mi primer novio por su cumpleaños. Pero nunca llegué a hacerlo. Me hubiera gustado. Uno siempre se acuerda de quién le regaló un libro así.

Yo debía de ser de las mayores del grupo. El año anterior había estado en Hastings con dos de mis mejores amigas del mundo mundial, y la verdad es que no sé muy bien cómo me decidí a irme otro año más, recién cumplidos los 16 (que ya no es edad de Inglaterra ni de nada de eso) yo sola a la aventura, sin el apoyo de ningún conocido. Igual a vosotros no os parece tan sorprendente pero, en esa época, no se puede decir que fuera un dechado de sociabilidad. De hecho, recuerdo perfectamente que, cuando mi madre vio las fotos de ese verano (convenientemente censuradas aunque, en realidad, no había nada que censurar), exclamó con asombro y esperanza “¡Pero si pareces super integrada!”. No saben las madres lo que nos marcan con esas frasecitas aparentemente inocentes. Ahora se lamenta porque mi hermana no ha leído un libro en su vida.

Recuerdo un partido de rugby, y un placaje implacable. Ese año pusieron “My Heart Will Go On” hasta la saciedad. Me da la risa. Yo era mojigata y adorable a mi manera. La hermana de Britney Spears ya está embarazada y yo casi que debía de haber dejado de jugar a las barbies el año anterior. La mayoría de las niñas ya no son como era yo entonces. No sé decir si eso es bueno o malo.

Recuerdo un cuadro, muy oscuro, casi un poco gótico, y el sabor de mis primeros cigarrillos. Es casi dramático empezar a fumar precisamente en Inglaterra, donde el tabaco era ya entonces tan indecentemente caro. Comprábamos cajetillas de diez. Ese año estaba obsesionada con un disco de Sabina, el de “Física y Química”. En concreto con dos canciones: “A la Orilla de La Chimenea” y “Amor se Llama El Juego”. También fue el año de ese glorioso recopilatorio de Bryan Adams, “The Best of Me”, y del “Breathless” de The Corrs. Aún puedo escuchar todas esas canciones sin necesidad de exorcismos de ningún tipo, así que supongo que fui afortunada.


Hace un tiempo escribí un post (debe de ser mi post más inspirado porque, últimamente, todo el rato me refiero a él) dándole las gracias por el tipo de persona que era a un individuo. Parece que le debo agradecimientos a más gente. Y, en este caso concreto, sin ningún tipo de acritud. No rollo "gracias a ti aprendí una gran lección acerca de la vida". Más bien algo como "gracias a ti añadí otro buen recuerdo a mi lista de buenos recuerdos". No todo van a ser quejas y desengaños.