Amor se escribe sin hache

Hay una teoría que ha pasado a formar parte del ideario de mi grupo de amigos y de la cual, no sé si con razón o sin razón, tengo el dudoso honor de la autoría. Digo que no sé si con razón o sin razón porque, si su atribución es justa e injusta es algo que desconozco, la verdad. Puede ser que alguien la enunciara para mí y yo luego la desarrollara, o quizás, un día, simplemente, la frase se consolidó en mi cabeza, y yo me limité a soltarla en el momento más inoportuno, como de costumbre.

He estado indagando en mis razones, es decir, en el hipotético caso de que la teoría fuera mía realmente, ¿cuál ha sido el germen? (aparte de unas cuantas experiencias personales poco interesantes). Incluso, dando por hecho que se trate de una originalidad mía en mi contexto, es imposible que una teoría tan absolutamente infalible como esta, nunca se le haya ocurrido a nadie antes que a mí. También es poco probable, o una sorpresa al menos, que yo sea la responsable de una idea tan genuinamente original, y certera, además.

Por supuesto, la respuesta estaba en un libro. Amor se Escribe sin Hache, de Enrique Jardiel Poncela. Recuerdo que la historia en sí no me encantó, pero me gusta pensar que, al menos una pizca del sentido del humor que destilan algunas partes del libro, que ahora me dispongo a enumerar y diseccionar, se coló en mi subconsciente, lo absorbí por ósmosis.


Enrique Jardiel Poncela

En primer lugar, supongo que la mayoría de vosotros mis, calculo que diez, lectores fieles, sabréis la ridícula importancia que le otorgo a las dedicatorias en la valoración general de un libro. La de este es, simplemente, una genialidad romántica y canalla:

“A la maravillosa y exquisita “Nez-en Lair”, cuyo perfume predilecto compré muchas veces para poder recordar en la ausencia sus ojos melancólicos.

En recompensa a cuanto la hice sufrir; como recuerdo de los años felices en que vimos amanecer juntos y para que al leer este libro en alguna ciudad remota comprenda que no he olvidado mi promesa. 1928.”

También son geniales las notas al pie, como por ejemplo la primera: “(1) Estación de Quai d’Orsay, Yo escribo solamente “el Quai” para presumir de hombre de mundo, pues una novela de amor que no tenga algo de mundanismo es tan inconcebible como una mosca que no contagie ninguna enfermedad.”

Al final de libro, después de una relación de, al menos, quince cafeterías, entre ellas alguna muy célebre y mítica como el Café Gijón y otras internacionales como el también celebérrimo Café Sacher en Viena, cuna de la “tarta Sacher” que tanto odio por esperanza de chocolate que resulta “delusa”, y varios vagones cafetería de varios trenes (“Vagón de tercera de un corto de Guadalajara”), añade don Enrique: “El número aproximado de las consumiciones hechas hasta rematar el libro, contando que el autor al trabajar sólo toma café, alcanza a unos 112 cafés, que al precio medio de 80 céntimos, eleva la suma de gastos desembolsada a 90 pesetas con 60 céntimos. Agregando el 20 por ciento de propinaje, resulta un total de 99 pesetas, lo que prueba que la literatura no es un deporte caro.”

En la tercera página, el autor hace un ruego al lector, que yo he visto reproducido y copiado en algún otro libro menos genial cuyo título no diré porque es patético hasta para mí que me engañen para comprar algo así. Jardiel Poncela se dirige a nosotros haciendo alarde de un vasto conocimiento de la raza humana y nos dice: “Lector, lectora: algunos autores te ruegan que no prestes sus libros a nadie, porque, prestándolos, pones a tus amigos en condiciones de que no necesiten comprarlos, con lo cual el lector sale perjudicado en sus intereses.

Yo, que tengo los mismos intereses que los demás autores, te ruego todo lo contrario, esto es: que prestes en cuanto lo leas el presente libro.

Como la persona a quien se lo dejes no te lo devolverá, tú te apresurarás a comprar otro ejemplar inmediatamente.

También ese segundo ejemplar debes prestarlo y adquirir un tercero y prestarlo; y adquirir otro más y prestarlo también…

Con tal sistema, a pocos amigos que tengas a quienes acostumbres a prestar libros, yo haré un buen negocio y te quedaré agradecidísimo.”

Supongo que antes de pasar al meollo del asunto, de llegar finalmente al quid de la cuestión (no sé si aún recordáis algo acerca de una teoría), tengo que hacer una breve referencia a la conclusión de libro, que es algo así como que todas las cosas importantes de la vida se escriben con hache, con lo cual, el amor no es una de ellas. Solucionado este extremo, pasemos a lo realmente interesante. Vamos allá.

En sus “8.986 palabras a manera de prólogo” don Enrique habla acerca de su vida, elabora su propio retrato físico (“Mi esqueleto está proporcionado: doce grados menos proporcionado que Apolo y veinticinco grados más proporcionado que Quasimodo”); moral (“Naturalmente que, en el fondo, como todos los románticos, soy un sensual, pues el romanticismo no es sino la aleación de la sensualidad con la idea de la muerte”); sobre sus opiniones, costumbres y creencias; sobre el humorismo y, finalmente, del amor y de las mujeres. En este epígrafe dice: “Habrá quien piense, después de leer esto, que pretendo parecer un “tenorio”; nada más lejos de la verdad y de mi intención. Al contrario; poseído de mi insignificancia física, convencido de que para las mujeres no hay mérito mayor que tener las piernas largas o la nariz grande, está por la primera vez que yo me haya dirigido a una de ellas. Y han sido ellas, “siempre y en todos los casos”, las que se han dirigido a mí. Por eso nunca he sentido el temor de que me engañasen con otro, pues aquello que hemos conquistado por el propio esfuerzo puede huir de nuestras manos, pero lo que ha venido a nuestro poder voluntariamente no se va si nosotros no nos lo desprendemos con energía y decisión.”

Esta última frase, aún cuando pienso que está sujeta a matizaciones y que, al contrario que mi teoría, tan solo tiene una fiabilidad del, pongamos el 75 % de los casos, es la madre de la idea que nos ha traído hasta aquí (¿aún seguís conmigo?), hasta la palabra 1055, y que es (wait for it…) que, en el amor, lo que empieza difícil acaba mal. Y que, en la mayoría de los casos, ni siquiera se puede decir que llegue a despegar. Garantizo que, la aplicación indiscriminada de esta frase evita horas y horas de quebraderos de cabeza y meditaciones trascendentales. Lo que no sale fácil, fluido, es que está llamado al fracaso. Y, en ocasiones pienso que esta idea, que es lógica y natural, está viciada por esa otra de la conquista romántica, tan estéril. Tan inútil.

Comentarios

  1. Buenísimo!! estoy deseando leer la dedicatoria de tu primer libro :D

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  2. El amor se escribe sin h y se hace con h.Sea como fuere don Jardiel,sonido de tango,realiza una conclusión sobre el "aquello" maravillosa.
    Y tu teoría (nadie ha reclamado su autoría) es un perfecto complemento.Pero también lo es esa otra de lo romántico,esteril por caducidad pero imposible de evitar como el propio amor.
    Un tango interminable.

    Un abrazo y es 4 de octubre y sigues escribiendo genial :) A por el libro!

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  3. Angiealquezar!!! (así que, las continuas alusiones han dado finalmente resultado, ¿no? :-p) Sí que debe de se bueno el post!! :-D
    Si alguna vez escribo un libro estarás en los agradecimientos. Sin pseudónimo.

    Ninive,después de todo, todo ese amor estéril ha dado lugar a tantos buenos libros, películas y canciones que no puedo dejar de darte la razón!! :-D Ya es casi 5 de octubre, pero sigo agradeciéndote los ánimos :-D

    Besos!

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  4. Yo aún te sigo leyendo desde la distancia, y aunque me he perdido un poco en los prolegómenos, ratifico tu teoría y añado: si empieza bien mayores las posibilidades de comer perdices. ¿válido? saludos!!!

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  5. Jajajaja, no te culpo! la introdución era innecesariamente larga y farragosa! Muchas gracias!! Yo aún tengo tu blog en el chivato de Igoogle por si se te ocurriera regresar!!! :-D

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  6. Ud sabía que Oasis ha sacado disco nuevo?

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  7. Cuando lo estudiaba en literatura de segundo de Bachiller nunca pensé que me pudiera interesar. Pero lo apunto para cuando tenga un momento.
    Un besazo!!

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